Hemos encontrado al Mesías: el llamamiento a sus primeros discípulos (I)

| El Señor suele llamar por pasos. Es un llamamiento progresivo. Primero a la unión con Él, al contacto con Él. Luego, en el caso de los apóstoles, a una más estrecha compañía dejándolo todo. Esto es, cuando les llama “para que estén con Él y para enviarlos a predicar” (Mc 3, 14). Toda llamada del Señor requiere un proceso y tenemos que seguirla respetando ese proceso.
El primer encuentro
Continuamos en el capítulo 1 de San Juan, donde aparece el llamamiento de Juan y Andrés, primeros discípulos del Bautista. Estando ellos con el Bautista pasa Jesús y él les dice: “He ahí el Cordero de Dios” (v. 36). “Cordero de Dios” hace referencia a una rica imagen, doble en su significado: el Siervo de Yahvé de Isaías que carga con el pecado del mundo, y el Cordero Pascual.
Encuentran con gran emoción al Mesías de carne y hueso. ¡lo tienen delante de ellos! Se acercan indecisos y Él se vuelve preguntando: “¿Qué buscáis?” (v. 38). Una cosa es “¿qué esperáis?” y otra es “¿qué buscáis?”. Lo primero puede ser algo para el futuro, pero este segundo implica algo que está presente.
Jesús abre la conversación y se adelanta. Cuando ellos van indecisos Él toma la iniciativa y les abre el camino hacia sí mismo. Llama la atención esa delicadeza de Jesús en el primer encuentro con Él. Cada uno es recibido de manera apropiada a su persona y circunstancias. No tiene una forma estereotipada, sino que se acomoda a cada uno. Así, acogiendo a los indecisos abre el diálogo y ellos le contestan: “Maestro, ¿Dónde vives?” (v. 38) “¿Dónde vives?”, es decir, “venimos a estar contigo porque queremos aprender de ti”. Y Él les contesta: “Venid y lo veréis”. Los invitó a que vayan con Él. Fueron pues, vieron dónde vivía y se quedaron con Él.
No nos dice el contenido de esa conversación. Lo que le queda a Juan como recuerdo es el encanto de aquél encuentro. Quizás no se acuerda de qué habló. Pero se quedaron encantados con Él, no con sus palabras, sino con su persona. Se adhirieron a Él. “Era más o menos la hora décima” (v. 39), como las cuatro de la tarde. Y salen entusiasmados y encendidos del encuentro con la luz y la vida como los dos de Emaús: “¿No es verdad que ardía nuestro corazón mientras nos hablaba?” (Lc 24, 32). Esto es propio de Jesús: enardecer el corazón. Encandila y queda uno pegado a Él. Parece que salen diciendo: “al primero que encontremos nos lo traemos”.
Un fuego que va prendiendo en Pedro
Ese espíritu es propio del verdadero encuentro con el Señor. Cuando se lo encuentra desea que otros lo encuentren. Esto es signo de su veracidad. Uno que no ha encontrado al Señor, que se ha encontrado a sí mismo, por ejemplo, no tiene afán de llevar a otros a Cristo. Se queda él contando de lo suyo, colocándose a sí mismo en el centro. En cambio, el que ha encontrado al Señor, desaparece él porque está continuamente señalándolo a Él. ¿Verdad que nuestra lección apostólica no es simplemente adoctrinar? Es llevar a Jesús.
Así encuentran a Simón Pedro y le dicen: “Hemos encontrado al Mesías” (v. 41). El grito es “¡hemos encontrado!”. Advirtamos que no se trata de que hayan hecho una opción sacrificada y abnegada. Han “encontrado”, como se encuentra un tesoro. E inmediatamente lo llevan donde Jesús.
Andrés sabía que con discusiones y convencimientos no conseguiría demasiado. Se conocían bien los dos hermanos. Y previendo lo que podía ser una discusión, le llevan directamente a Jesús. Eso hay que utilizarlo apostólicamente. Hemos de ser conscientes de que nuestra tarea es llevar y llevar pronto a Jesús, sin buscar convencer ni admirarles por lo que sabemos de Jesús. Se fijarían en nosotros.
Jesús fijó su mirada en Pedro (cf. v. 42), dice expresamente San Juan. Existe una especie de batalla de miradas. Pedro lo encuentra y le mira. Pero puede más Jesús, que mirándole fijo le dice: “Tú eres Simón, el hijo de Juan. Tú te llamarás Roca” (v. 42). Y le gustó. Lo ganó: se queda con Él y trata con Él.