El marco de la letanía (2)

El llanto de Pedro
Ilustración: Marko I. Rupnik – El llanto de Pedro
Sacristía Mayor, Catedral de Ntra. Sra. la Real de la Almudena (Madrid)

Pablo Cervera Barranco | Todas las letanías del Corazón de Jesús están enmarcadas con dos expresiones: «Corazón de Jesús» y «Ten misericordia de nosotros». La invocación «Corazón de Jesús» nos catapulta confiada e insistentemente hacia la misericordia divina. La petición gravita en torno a la impotencia humana y al poder divino: sale del hombre y se dirige directamente a Dios.

El Antiguo Testamento está transido de esa invocación que se hace en favor propio, en favor del pueblo… Se trata, por una parte, de un grito de angustia, pero que también encierra una honda carga de confianza. Los profetas lanzaban la invocación cuando el pueblo estaba al borde de la ruina (Is 33,2; Jud 7,20; Ecl 36,1).

La súplica se repite con insistencia casi obsesiva en el libro de los salmos, la mayoría de las veces de modo individual. Sal 123,3 es la excepción. Las circunstancias en la que se apela a Dios con angustia y confianza son muy variadas: cuando el enemigo persigue la propia vida (Sal 4,2), cuando los amigos huyen, cuando falta el apoyo social (Sal 86,3), en casos de enfermedad, calumnias, conjuras, (Sal 6, 3; 31, 10, 56,2), sentimiento de culpabilidad por el pecado (Sal 41,5).

«Ten misericordia» es una llamada que, en el Antiguo Testamento, parte de lo profundo del corazón humano hacia el Corazón del Padre. La presencia de Cristo en la plenitud de los tiempos (Gal 2,22) reconduce esa invocación al Corazón amoroso del Hijo. Él mismo nos invitará a dirigirnos a su Corazón: «Venid a mí… aprended de mí que soy manso y humilde de Corazón» (Mt 11,28ss). El Corazón personifica a Jesús y lo hace como símbolo del amor. Los evangelistas recogen multitud de ocasiones en las que los interesados urgen la compasión del Señor para que cure (Mt 20,34), «ponga su mirada sobre el hijo» (Mc 9,22; Lc 9,38). Todas ellas evocan el «ten misericordia de mi hijo» que recoge san Mateo (17,15). «Ten misericordia de mí» brota de la boca de la cananea (Mt 15,22), del ciego de Jericó (Mc 10,48; Lc 18,38), los dos ciegos, los diez leprosos (Mt 9, 27, 20,30; Lc 17,13).

«Ayúdanos», «pon tu mirada sobre nosotros», «ten misericordia de nosotros»: siempre invocamos el poder de quien es Señor y Maestro, Samaritano de la humanidad: «Él, en su vida terrena, pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el mal. También hoy, como buen samaritano, se acerca a todo hombre que sufre en su cuerpo o en su espíritu, y cura sus heridas con el aceite del consuelo y el vino de la esperanza» (MISAL ROMANO, Prefacio común VIII).

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