Corazón de Jesús, magnánimo con todos los que te invocan

Las Bodas de Caná
Las Bodas de Caná (M. I. Rupnik y Taller de Arte del Centro Aletti)

Pablo Cervera Barranco | El profeta Joel lanza una exclamación con efecto de futuro: «Y sucederá que todo el que invoque el nombre de Yahvé será salvo» (3,5). Surgirá un pueblo en los últimos días, al llegar la época mesiánica. Joel no desciende a detalles pero proclama el hecho.

Será Pablo, a partir de la declaración del profeta, quien en la plenitud de los tiempos escriba a los romanos: «No hay diferencia entre judío y griego, porque Él es el Señor de todos, rico para todos los que le invocan»; «todos los que invoquen el nombre del Señor se salvarán» (Rom 10,12-13). Pablo hace el salto de invocar a Yahvé a invocar el nombre de Jesús, fuente de riqueza y generosidad permanente. San Pablo, efectivamente, se acercó a las riquezas del Corazón de Cristo, su bondad, su gracia, su misericordia, su gloria. Se sabía elegido para predicar «la riqueza insondable de Cristo» (Ef 3,8). Cristo es la riqueza y la distribuye a quien se acerca a Él: «Siendo rico se hizo pobre por vosotros, para que vosotros os enriquezcáis con su pobreza» (2 Cor 8,9). También a los de Corinto les decía el apóstol: «Doy gracias continuamente por vosotros…. porque en Cristo Jesús habéis sido enriquecidos, con toda palabra y toda vivencia» (1 Cor 1,4-6); «con Él nos ha mostrado la sobreabundante riqueza de su gracia por su bondad hacia nosotros en Cristo Jesús» (Ef, 2,4-7).

Las enseñanzas del apóstol de los gentiles son inmensas e inagotables: «Las insondables riquezas del misterio de Cristo» (Ef 3,9); «La riqueza de la gloria de este misterio entre los gentiles, que es Cristo entre nosotros» (Col 1,26-27); «Dar a conocer la riqueza de su gloria sobre nosotros» (Rom 9,23); «Por eso doblo las rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra, pidiéndole que os conceda, según la riqueza de su gloria, ser robustecidos por medio de su Espíritu en vuestro hombre interior; que Cristo habite por la fe en vuestros corazones; que el amor sea vuestra raíz y vuestro cimiento; de modo que así, con todos los santos, logréis abarcar lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo, comprendiendo el amor de Cristo, que trasciende todo conocimiento. Así llegaréis a vuestra plenitud, según la plenitud total de Dios» (Ef 3, 14-19). «Mi Dios, por su parte, colmará toda vuestra indigencia, según su riqueza, con la gloria en Cristo Jesús» (Flp 4,19).

El Corazón rico y enriquecedor que revela san Pablo es también manifestado, por ejemplo en Caná, de manos de María. San Juan Pablo II nos lo recordaba al explicar esta letanía: «Tú, María, dijiste a Jesús: Hijo, “no tienen vino” (Jn 2, 3). Tú conocías su corazón. Sabías que es generoso para aquellos que lo invocan. Con tu oración en Caná de Galilea hiciste que el Corazón de Jesús se revelase en su generosidad. Este es el Corazón generoso, puesto que en Él habita efectivamente la plenitud: la plenitud de la divinidad habita en Cristo verdadero hambre; y Dios es amor. Es generoso porque ama, y amar quiere decir prodigar, quiere decir dar. Amar quiere decir ser don. Quiere decir ser para los demás, ser para todos, ser para cada uno. (…) La generosidad del Corazón da testimonio de que el amor no está sometido a las leyes de la muerte, sino a las leyes de la resurrección y la vida. Da testimonio de que el amor crece con el amor. Esta es su naturaleza» (Juan Pablo II, Ángelus (3 de agosto de 1986).

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