Consagrar la familia al Corazón de Jesús

Familia

Luis Mª Mendizábal

Descubrir a Dios como amigo de la familia

“Corazón de Jesús” significa la presencia de Cristo Vivo. Pensemos en una representación de Cristo conversando, por ejemplo, con la Samaritana. Dirigiéndose a ella, mirándola. Es un gesto con una indicación y un signo de un amor personal y verdadero.

Y esto es fundamental: “caer en la cuenta”. Hay un momento en nuestra vida misma, y en esto no valen los años, en que uno cae en la cuenta de su encuentro con Cristo. Lo suelen llamar los escritores “conversión afectiva”. Es como un ver de manera nueva la propia vida, por esa presencia de Cristo, del Corazón de Jesús, que es Jesucristo resucitado vivo, que me ama personalmente y que me implica con Él en la salvación de la humanidad.

Esto vale de la persona y vale de la familia. Pero la familia no es lo mismo que los miembros de la familia. No puede reducirse a la suma de los miembros de la familia. Por tanto tiene que ser la familia, como familia, la que se encuentra con Cristo Jesús. El Corazón de Jesús, llama a la puerta de una familia, y no busca simplemente que cada uno le reconozca, sino su invitación es: “¿me recibís en vuestra familia?”. Hay algunos que son amigos de la familia y no sólo del padre o de la madre. Jesús llama, y hay un momento en que la familia se encuentra con Cristo, que le pide sitio: ¿Me admites en la familia?

El acto de «acoger» a Cristo

En esta llamada a la familia como familia radica la consagración. Es una decisión de la familia: “lo acogemos”. La familia recibe al Corazón de Jesús como familia y toda ella se encuentra con Cristo, con Jesús, Vivo, Resucitado, que llama a la puerta, porque él se invita.

Recordemos el caso de Zaqueo (cf. Lc 19, 10). Sentía admiración por Cristo, deseaba verle, y se subió a aquella higuera. Jesús se para a los pies de la higuera, levanta la mirada y le dice: Zaqueo, baja, que hoy voy a hospedarme en tu casa. En tu casa.

No vamos a ir juntos a otro lugar. Es en tu casa donde quisiera estar. Él lo recibió encantado. Y le entregó su casa, se la abrió, e hizo un banquete. Y Jesús, en ese momento, dice: “hoy ha entrado la salvación en esta casa”, en esta familia. Y en efecto, Zaqueo se levantó en pie y dijo: “Señor, la mitad de mis bienes para los pobres, y si a alguien he defraudado en algo, le devolveré cuatro veces más”. Jesús no ha hablado. No ha dicho nada de los bienes, nada, pero apenas entra esa amistad familiar de Cristo, pone en orden la casa. Y eso le sale de dentro por la presencia amigable de Cristo. En esta manera quisiera Jesús ser recibido en cada casa por la familia que la habita.

“¿Me recibes?”. Aquí radica la consagración de la familia al Corazón de Jesús. La respuesta a esta pregunta que Cristo hace a cada familia presupone un encuentro personal con Él. Consagrar a las familias es llevar a las familias hacia un encuentro personal con el Señor que no podemos producir. Tiene que ser Él mismo el que se abra y comunique como en Damasco a Pablo, o cuando se para bajo el árbol donde estaba Zaqueo. Pero nosotros podemos, como los apóstoles, llevarlos donde Jesús.

Ese encuentro con Jesús, deseo y aceptación de su invitación, lo puede hacer una familia que comienza o una familia ya constituida, ya desarrollada, pero que se encuentra con Él. El proceso será distinto.

En el caso de que la familia todavía sea un matrimonio que es fuente de vida, de verdadero amor y entrega como fuente de vida, puede entregarse al Señor, y lo que nazca de ese matrimonio se irá integrando en la entrega de amor de la familia. Va haciéndose connaturalmente.

En el caso de que la familia esté formada y a veces destruida, es distinto. Es posible que los padres encuentren así a Cristo. Es posible que deseen entregarle su familia, pero es posible también que ellos no puedan hacerlo porque la familia se ha disgregado, porque hay hijos que no están de acuerdo con ello. Ellos siempre podrán entregarse, confiarles su familia a su amor, a su misericordia, confiárselo, pero no diríamos de consagración de la familia. Se trataría de un deseo de entrega. Se prepara para entregarse. Se le ayuda en esa preparación, en el conocimiento más profundo de Cristo y en la renovación de la familia, porque la presencia de Cristo, como hacía con Zaqueo (“la mitad de mis bienes para los pobres”), la entrada de Cristo en la familia, la ilumina y la regula y la ordena, y hace de la familia esa maravilla que es en el plan de Dios.

El corazón de Jesús nos descubre la hermosura natural de la familia

Es misterio de amor conyugal y verdadero. El amor verdadero se da, se entrega, y el amor cristiano es una entrega mutua de verdad, una verdadera donación de sí mismo en amor, en la fuerza del amor. El amor nunca domina, nunca se impone, eso sería desfigurar el amor. El amor tiene una postura de seguir, de servir, de ayudar, de entregar, como Cristo, que vino a servir. La carta a los Efesios nos habla de cómo tiene que ser el matrimonio cristiano, y dice: “Someteos uno al otro” (5, 21), no dice unilateralmente, sino dice “uno al otro” por el amor en el temor de Dios. Y realmente ese es el prodigio del amor.

Cuando se expone así tan bellamente, porque realmente la familia cristiana es una maravilla de delicadeza y de elevación impresionante, siempre tendemos a confundirlo con una especie de “dominio”, y el amor no es así. El amor cristiano es “someteos mutuamente el uno al otro”. La mujer al marido, el marido a la mujer, como Cristo ama a la Iglesia y dio su vida por ella para tenerla Santa e Inmaculada.

Cristianamente hablando, los padres no engendran al hijo para ellos, para la actividad de ellos, sino es verdadero amor gratuito. Por amor, dan vida, y dan vida a un ser que es otro que ellos y que lo quieren como otro. Continuamente tenemos la insidia de lo que destruye el amor, el egoísmo, la posesión, el dominio, a lo que llamamos a veces amor.

Los padres aman tanto a su hijo, lo quieren tanto que no le dejan que madure ni que crezca porque lo quieren tener siempre como niño, cuando en realidad deben cuidar y procurar amarlo para que madure y se autonomice de ellos, porque lo quieren, le aman, y desean que él sea maduro y sea fiel. Pero eso requiere un amor muy puro, que no se canse adulterándose en egoísmo, que no se enrarezca fácilmente, en el dominio, en el poder, en el imponer que el otro sea como yo lo quiero, y que haga lo que yo quiero, como yo quiero, sino enderezarlo en amor.

Cuando ahora se piensa en hacer un niño y se habla del derecho a tener un niño se va por el camino de la satisfacción propia. Eso no es el amor gratuito. Por eso la familia es una catedral del amor. Es maravillosa, pero requiere la obra de Dios, y el Corazón de Jesús viene a entrar en la familia para iluminar lo que es la familia. Para ser el centro en esa familia, ayudar y llevar a plenitud el amor.

La voluntad de aceptar a Jesús se convierte en la Consagración. La consagración es el acto de admitirlo en la familia. Y la imagen es significativa de la presencia del amor del Señor Vivo en medio de la familia.

La imagen, «Corazón» de la familia

La Eucaristía es sacramento, pero en cierta manera es el signo de esa presencia que uno cuida, cultiva, tiene presente… No se puede tener el Santísimo en casa, pero en torno a la imagen, signo de la presencia de Cristo en el centro de la vida familiar puede girar todo. Se le saluda al marchar y al entrar…

Esto comienza en el matrimonio y va moldeando a los hijos enseñándoles, no como una cosa especial, sino casi sin quererlo. La gran y verdadera educación se hace así, connaturalmente. Y en esa catedral del amor que es el matrimonio, el niño aprende a amar. Y ¿cómo aprende? Recibiendo amor y amando, pero nadie le da unas clases de cómo se ama.

Si hay amor en los padres, verdadero amor, sin pretenderlo ellos, están transmitiendo amor. Es muy curioso ese dato. Cuando los padres están enamorados de verdad, una madre enamorada de su marido, o un marido enamorado de su mujer, a los niños les transmiten amor al otro cónyuge.

Una gran parte de la educación cristiana, y de la educación en el Corazón de Jesús está en hacerlo “como a lo tonto”, simplemente. Saludamos a Jesús cuando salimos, y va aprendiendo el niño, que lo hace también. Luego pedimos a Jesús que nos ayude en esta necesidad. Así van captando a Jesús como centro de la vida de familia.

Aquí aparece la importancia de la imagen. En ese misterio de amor, que es la familia. Amor del matrimonio, amor de la generación de los hijos, no sólo de la generación física, sino de educación, de formación, de enseñanza. Amor de evangelización, de ayuda a los demás, de transmisión de ese misterio de amor profesándolo en medio de un ambiente que no lo favorece, de un ambiente que tiende a mundanizar y materializar, de manera que esa concepción mundana o materialista trata de inculcarse en nuestra propia vida, y quitarle la riqueza del misterio de amor que el Corazón de Jesús transmite con su presencia.

El Papa Pío XII dijo en una audiencia a los recién casados: “Conviene que la imagen de su Corazón, que ha amado tanto al mundo, sea expuesta y honrada en vuestra casa como la del pariente más estrecho, más amado, y que derrame sus tesoros, los tesoros de sus bendiciones, sobre vuestras personas, sobre vuestros hijos, sobre vuestras empresas”.

“Expuesta y honrada” quiere decir que esa imagen del Corazón de Jesús, signo de que lo admitimos, no está escondido en un salón oscuro, sino que está presente como centro de la casa. No sólo debe velar vuestro descanso en una habitación privada, sino tenerlo realmente en sitio de honor. En la puerta de entrada, en la sala de comer o de recibir o en otro lugar de frecuente paso. “Honrada” quiere decir que ante esa imagen, una mano cuidadosa pondrá al menos de vez en cuando, unas flores, encenderá una vela, o también mantendrá como signo constante de fe y de amor, la llama de una lámpara y en torno a ella se reunirá la familia cada noche, cada tarde, para un acto de homenaje, una expresión humilde de arrepentimiento, una petición de nuevas bendiciones.

En una palabra, el Corazón de Jesús es honrado debidamente en una casa cuando es reconocido como Rey de Amor, que se expresa diciendo que la familia está consagrada a Él, ya que el don total de sí, hecho a una causa o a una persona santa se llama Consagración, y el Corazón de Jesús se ha comprometido a colmar con gracias especiales a quienes de esta manera se darán a Él.

Decía Santa Margarita: “Nuestro Señor me ha prometido que los que se consagren a este Corazón Divino no perecerán nunca”. Quien se consagra así debe cumplir las obligaciones que derivan de tal acto. Cuando reina verdaderamente en una familia, hace falta que haya una atmósfera de fe y de piedad que envuelva esa casa bendita, personas y cosas. Manteniendo fuera de ella cuanto podría entristecer al Corazón Sagrado: placeres peligrosos, infidelidad, libros, revistas, figuras hostiles a la religión o a las enseñanzas de Cristo. Y cuidar esto, es el compromiso con que uno se ata, teniéndole de verdad al Señor como huésped perfecto de la casa y honrado como huésped digno y deseado

Anterior

¿Quién eran los Reyes Magos?

Siguiente

Sagrado Corazón en Badalona