Bendito silencio

Silla

Francisco Castro, Diácono Permanente | Hace unos días entré en una iglesia con la intención de orar unos minutos. En las tres naves del templo resonaban cantos gregorianos con un volumen más que aceptable. Pregunté al sacerdote porque tenían tan alta la música y me contestó que los feligreses se lo habían pedido, porque en esa iglesia tan grande si no ponían música se escuchaba el silencio. Este hecho es el que me hizo recapacitar sobre el silencio, no en la vida cotidiana, pues ese análisis lo dejo para los sociólogos, sino en la vida del cristiano en relación con la oración y la liturgia.

Es cierto que una de las realidades que caracteriza al mundo que nos ha tocado vivir es la ausencia del silencio en nuestro entorno. En reuniones, comidas y cualquier otro tipo de relaciones humanas, el levantar la voz para hablar se ha convertido en algo natural. De hecho, los extranjeros que nos visitan dicen sobre los españoles que parecemos siempre estamos enfadados, porque hablamos gritando entre nosotros. Pero lo más preocupante no es el tono elevado de las conversaciones animadas, sino el miedo al silencio que parece se ha apoderado de nosotros. Es como si el silencio nos aislara del resto del mundo. De hecho existe un estudio que afirma que la mayoría de los hogares tienen encendida la televisión o la radio con el único fin de que la casa no esté en silencio, porque ello es sinónimo de soledad.

Pero el templo no es una casa cualquiera, es la casa de Dios (Catecismo de la Iglesia Católica n.2691), y cuando acudo a una iglesia lo que intento es poder escuchar al Señor, y personalmente para ello necesito el bendito silencio. Ese silencio que nos permite llegar a escuchar los latidos de nuestro corazón. Esa calma auditiva que conecta con la oración personal y comunitaria.

La constitución del Concilio Vaticano II sobre la Sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium (30) afirma que el silencio es parte integrante de la oración y de la celebración litúrgica. Para el salesiano y profesor D. José Aldazábal el silencio no es sólo ausencia de ruido o de palabras. No es pasividad, ni indiferencia o ausencia. Es presencia, acogida, atención, reflexión, resonancia, asimilación, personalización de lo que se celebra, interiorización de misterio, espacio de libertad para que actúe el Espíritu. Desde el silencio es cuando se puede escuchar. Del silencio salen las mejores palabras. Por eso, a veces, se nos invita al silencio para que sepamos escuchar y para que sepamos decir nuestra palabra desde lo profundo de nuestro ser.

Esa invitación al silencio para orar ya nos la hizo Jesús cuando nos dijo: “retírate a tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto” (Mt 6,6). Efectivamente, el silencio para el cristiano tiene una importancia especial por estar presente en la oración personal. Porque el primer paso para orar es el silencio, el bendito silencio. No podemos presentarnos frente al Señor si no practicamos el silencio interior y exterior. Decía San Ambrosio: “a Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos cuando leemos sus palabras” pues para ello necesitamos el silencio, para poder escuchar a Dios.

El silencio es condición indispensable para hablar y escuchar a Dios. Jamás le escucharemos si estamos sumergidos en el oleaje de la palabrería y de la agitación. El encuentro con Dios como dice Santa Teresa de Jesús en su libro Camino de Perfección (28,9), se encuentra en el alma: “Pues hagamos cuenta que dentro de nosotras está un palacio de grandísima riqueza, todo su edificio de oro y piedras preciosas, en fin, como para tal Señor; y que sois vos parte para que este edificio sea tal, como a la verdad es así, que no hay edificio de tanta hermosura como un alma limpia y llena de virtudes, y mientras mayores, más resplandecen las piedras; y que en este palacio está este gran Rey, que ha tenido por bien ser vuestro Padre; y que está en un trono de grandísimo precio, que es vuestro corazón”.

Para la beata Madre Teresa de Calcuta el silencio interior es muy difícil de conseguir, pero hay que hacer el esfuerzo. Porque en el silencio tendremos la energía de Dios para hacer bien todas las cosas, así como la unidad de nuestros pensamientos con sus pensamientos, de nuestras oraciones con sus oraciones.

Pero el silencio no sólo está presente en la oración personal, también lo está en la oración comunitaria, en la adoración ante el Santísimo y de forma especial en la liturgia. Antes de la misa o de cualquier celebración litúrgica (bautizos, bodas…) deberíamos reflexionar desde el silencio ¿Qué vamos a hacer? ¿Qué me pedirá Dios a mí en esta celebración? ¿Cómo debo vivir esta ceremonia?

Durante la Eucaristía son varios los momentos en los cuales el silencio tiene una especial importancia tal y como nos indica la Ordenación General de Misal Romano (n.45 ed. 2002): “el silencio sagrado también es parte de la celebración eucarística. La naturaleza de ese silencio depende del momento de la Misa en que se observa. Así, en el acto penitencial y después de la invitación a orar, los presentes se recojan en su interior; al terminar la lectura o la homilía, mediten brevemente sobre lo que han oído; y después de la Comunión alaben a Dios en su corazón y oren.”

No tengamos pues miedo al bendito silencio porque ¡Dios nos habla en el silencio del corazón!

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