Pequeño coraje. Evangelizar, poner Norte a la vida

Brújula

Ana Isabel Carballo

-¡Venga, rápido! Quiero todas esas larvas fuera de este hormiguero. Pronto crecerán y serán mis nuevas esclavas.

Todas obedecimos sumisas ante la nueva amenaza. En un día, las hormigas amazonas habían hecho una incursión en nuestra colonia y habían destruido todo devorando a muchas de nuestras pequeñas larvas. Nuestra Reina había ofrecido su vida por nosotros en un sacrificio cruento pero esperanzador, pues con su muerte había conseguido salvar a todas las que quedábamos aún con vida.

Desde muy pequeñas habíamos aprendido a vivir según sus mandatos y habíamos encontrado el sentido de trabajar por los demás, para la comunidad. Cada una de nosotras tenía su tarea que, con esfuerzo y alegría, cumplíamos, pues sabíamos que la recompensa era la felicidad y el buen clima para nuestra colonia, que había crecido en número poco a poco.

Sentí un escalofrío y un escozor llegó hasta mi corazón.

Eso es lo que sentí cuando aquella hormiga pasó a mi lado: “¿No me habéis oído?”, gritó la hormiga, al tiempo que hacía sonar su látigo: “Menudo cuento os habéis montado con esa idea de ayudaros unas a otras. Yo os enseñaré a quién tenéis que alimentar y servir. Todo lo que hagáis será por y para mí. Ja, ja, ja, ja, ja”.

El desprecio ante tanta violencia e indiferencia ante nuestro modo de vida me llevaba a saltar y defenderme, pero el miedo impedía que mi cuerpo respondiese a ninguna señal que yo le enviase.

Como en una marcha militar después de una gran batalla en la que los prisioneros avanzan derrotados, con la mirada inútil sin conocer el destino que les tocará vivir a partir de ese momento, me vi avanzando en medio de mis compañeras hacia un territorio desconocido. Al llegar al lugar elegido por nuestras adversarias, nos obligaron a cavar las galerías que formarían el nuevo hormiguero.

“Si al menos nuestra Reina estuviese viva… ¡Ha muerto para nada!”

Así se lamentaba mi compañera. Durante días todas trabajamos sin descanso hasta formar la nueva colonia. Sin embargo, nuestro entusiasmo de años anteriores, ese deseo de corresponder y ayudarnos unos a otros se había apagado. Nuestro resultado era igual de eficiente que antes, pero ya no teníamos un motivo, salvo el de la obligación, que nos animase a hacerlo con alegría. Trabajábamos como autómatas por conseguir el alimento que nos correspondía, pero ya nadie pensaba en el otro. Actuábamos como antes, pero ya no había vida en nosotros. Volvimos a recuperar nuestros hábitos, esos los teníamos bien aprendidos, pero muchos no eran, ni siquiera, sinceros.

Un día la hormiga amazona realizó una inspección por nuestra galería. Al llegar a la estancia donde nos encontrábamos almacenando el grano dijo:

“Veo que os habéis acostumbrado rápido a vuestra nueva colonia. Nuevos tiempos y nuevos modos. A todo hay que acostumbrarse… Al fin y al cabo, ¿qué os ofrecía vuestra Reina por todo vuestro eficiente trabajo?”, preguntó entre risas la hormiga al tiempo que se alejaba.

Amor.

“Amor, nos ofrecía amor para dárselo a los demás. Y ahora, ¿quién piensa en el que tiene al lado?”, respondió mi compañera a pesar de que sus palabras ya no eran escuchadas, salvo por mí.

Algo me sacudió por dentro. Sus palabras llevaban la esencia de nuestro motor. Así que exclamé:

“¡Ya, pero nosotras tenemos el coraje suficiente para atrevernos a transitar por este nuevo camino llevando esa verdad! ¿Acaso te vas a echar atrás? ¿No es eso lo que nos enseñaba la Reina, llevar nuestro amor y nuestro modo de vida allá donde estuviéramos? ¿A qué esperamos entonces? Vayamos junto a nuestras compañeras y recordémosles lo que durante tantos años hemos aprendido; y a las más jovencitas les contaremos lo a gusto que trabajábamos todas por nuestra colonia, en definitiva, por el Reino del que tanto nos habló nuestra Reina.

“¡Tienes razón! Yo sé que su fuerza nos guiará. Ahora me doy cuenta de que su muerte tenía un sentido y nosotras debemos proclamarlo hasta el último rincón”, afirmó la otra hormiga. ”¡Pues vayamos a ello!”, grité con audacia.

Día tras día.

Fuimos acercándonos a nuestras hermanas hormigas. Les hablábamos de la Reina, de cómo su vida había sido todo un ejemplo para todas nosotras:

“Os habéis olvidado de lo que creíais, de en quién creíais y os habéis enfrascado en una repetición de actos sin sentido, sin corazón”, les decíamos cuando se paraban a escucharnos al caerla tarde.

Pero lo más importante era nuestra labor en cada jornada. Habíamos abandonado nuestro “hacer por hacer” y habíamos inyectado felicidad en nuestro trabajo.

¡Es sorprendente con qué alegría trabajan esas dos!, observó una hormiga que había visto completar nuestro trabajo.

¡Me maravilla su esfuerzo incondicional! -exclamó su vecina al tiempo que se recostaba para descansar ¿Por qué lo hacéis?, nos preguntó confusa.

Porque así soy feliz, soy muy feliz -le respondí- y lo mejor es que puedo hacerte feliz a ti también. Cuanto más sentimiento pongo en lo que hago sé que puedo dar más amor y así demostrar que te quiero. Si esto mismo lo hiciera sin pensar en cada una de vosotras, ¿de qué me serviría? ¿No sería en vano mi esfuerzo? El valor más grande en esta vida es darse a los demás y yo quiero engrandecer nuestra colonia con mi pequeña, pero sincera, colaboración.

Y de esta forma nos enfrascamos en el mayor trabajo que podíamos realizar en nuestra vida. Pero lo más maravilloso de todo fue ver cómo, poco a poco, la colonia encontraba de nuevo el sentido de su esfuerzo. La alegría que se sentía bajo tierra hacía despertar un temblor en la superficie que se convertía en un nuevo cosquilleo para el hombre. ¡O, por lo menos, eso intentábamos estas humildes hormigas!

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