Una visita que llena de vida nueva

La visitación
La visitación (Gerónimo Antonio de Ezquerra)

Silvia María Alfonso (artículo recuperado del número 92 de la revista)

“Sin más obligación que amar”

El amor del Señor es siempre nuevo, ocurrente y contagioso… por eso María, llena de alegría y de esa íntima Compañía que lleva consigo después de la Encarnación, alegra, revitaliza y arroja nueva luz en la vida y en el hogar de su pariente Isabel, ¡cuando sólo iba a acompañarla, a ayudarle con las tareas de la casa! ¡Cómo se transforman los gestos ordinarios cuando Dios los hace extraordinarios en el secreto de su amistad!

A menudo nos imaginamos las escenas del Evangelio de una manera estática y un tanto fría y sin embargo ¡no es eso lo que nos enseña el propio Evangelio! Vemos a María que acaba de recibir en su seno al Hijo de Dios y, acto seguido, se pone en camino y se presenta en casa de Isabel de modo que la criatura de Isabel salta en su seno de alegría. María no se deja llevar por una corriente espiritual extraña o abstracta sino por el impulso vigoroso del Espíritu Santo, por una caridad exquisita y, por tanto, urgente, gozosa, llena de esa sonrisa que se le escapa sin querer a quien guarda un secreto que le alegra la vida de tal manera que lo transmite espontáneamente.

¡Bonita lección que aprender! La vida cristiana no es lánguida, ni fría, sino repleta de una alegría a la vez inexpresable e imposible de ocultar, porque es vida de quien lleva consigo la Compañía íntima de Cristo vivo que abre en lo cotidiano nuevas perspectivas, que te presta sus ojos para mirar con ellos cada situación y a cada persona, que te llena de un deseo de amar y ayudar tal que, cuando te quieres dar cuenta, tus pies ya están en marcha hacia tu hermano que te necesita. María no va a casa de Zacarías por la obligación familiar, sino por la exigencia de ese amor a Dios que se derrama a raudales sobre los demás… no sé si María conoce otra “obligación” que la de amar y, conociendo ésa, no necesita ninguna otra.

Este “camino” de María hacia la montaña ¡es la historia de quien ama a Cristo y lo pone en el centro de su vida real! Ésta es la vida sin más de un cristiano, hijo de María, hermano y mensajero de Cristo, que vive en su pueblo, en su ciudad, en su trabajo, familia o donde quiera que esté, pero en movimiento hacia el cielo. Quien acoge así a Cristo, cambia la propia vida sin darse cuenta y, además, lleva la salvación, la alegría, la bondad y la verdad a los que tiene alrededor, empezando por los cercanos y siguiendo por los que están algo más alejados (que, por cierto, dejan de ser “lejanos”: ya lo sabemos, el amor a Dios hace familia, hace Iglesia).

El amor te hace “un más”

Pero el Lucas puntualiza que María se pone en camino “a la región montañosa” (Lc 1,39), y sabemos que nada en el Evangelio es gratuito o de relleno. María conoce su tierra, conoce las dificultades que le esperan, pero eso no la echa para atrás, sabe que se embarca estando embarazada a un viaje fatigoso y con los peligros a los que se exponían todos los que viajaban, ¡pero allá va! Y es precioso que habiendo dicho un sí a Dios de tal magnitud, no le exija ahora unas condiciones especiales de cuidado, de un poco más de comodidad o de rapidez, o de sin problemas ni parafernalias, sin tristeza ni pereza a los cansancios y peligros ¡como todos los demás!, como una más… del mismo modo que su Hijo Jesús, siendo Dios, prefiere pasar por uno de tantos para estar con todos.

¡Cuántas veces nos encontramos queriendo ser especiales o especialmente bien tratados o considerados para no pasar desapercibidos… quizá por eso podemos decir con verdad que Sus caminos y los nuestros no coinciden!

El secreto quizá no sea tanto el mirar si me miran o no, si me consideran o no, sino amar, entregarme a Dios y a los demás. El resto, ¡que sea lo que Dios quiera!: si hay que reconocer que el Señor ha hecho en mi vida maravillas ante todas las naciones, lo reconozco, y si toca guardar en silencio y desde el anonimato esas maravillas, ¡pues fenomenal! En el Corazón del Señor quedan esos regalos que sólo Él conoce, también esos otros que conocen sólo los más cercanos y también aquellos que están destinados a ser luz de muchos.

María comprende muy bien que eso es tarea de Dios, ¡que es Él quien sabe! y por eso vive libre y confiada a su voluntad dejando que sea Él quien ponga cada cosa en su momento y en su lugar.

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