A cualquier hora

Fr. , OCD | Muchos dicen que no tienen tiempo para rezar, que están muy ocupados con los quehaceres diarios, que el domingo sí que van a misa, pero que rezar todos los días no pueden, que… Así un largo número de disculpas que caen por su propio peso cuando un corazón orante sabe bien lo que es la oración y los maravillosos frutos que de ella manan. El que de verdad quiere conocer y amar a Cristo no duda si tiene que rezar todos los días. Todos los días nos espera algún sagrario para hacerle una visita, ¿qué cuesta al pasar por una iglesia abierta entrar y ponernos de rodillas para saludar a Jesús Eucaristía su madre María y su padre San José? Bien poco, ¡eso lo podemos hacer todos! ¡Cómo cambia la vida cuando esto va más allá y de un par de minutos pasamos a 15 y luego a 30 y…! ¡Cuánto más rezamos, más queremos estar en oración! ¡Y también podemos rezar fuera de una iglesia!
Es algo que brota del corazón porque nos damos cuenta que estamos en trato directo con Dios, ¡el que vive para siempre!, el que nos muestra lo que es la eternidad y nos ha dicho que está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. ¿Y ahora qué excusa podemos poner?
Sin embargo cuando llegan las angustias ahí sí que enseguida buscamos tiempo para pedir ayuda al que todos los días nos está esperando… Toda tormenta espiritual o humana se calma en oración. Eso lo puede afirmar mucha gente porque en esos casos sí que se reza y más de lo normal.
No podemos quedarnos en esto, sino dar el paso a lo más importante, tenemos que ver que nuestra vida está puesta en las manos de Dios. Al ser conscientes de esta realidad que trasciende toda vida nadie nos tiene que decir que es bueno rezar, desaparecen todas las excusas y nos metemos en el Corazón de Cristo, donde toda tempestad se pasa y toda alegría crece. ¡Es el mismo Dios el que nos ama y quiere darnos todo! ¡Es la providencia! ¡Es su presencia real!
Y por si alguien todavía pone algún reparo porque no ve la grandeza de rezar a cualquier hora y sin tener que estar en una iglesia, que atienda a lo vivido la noche y la mañana previa a escribir este artículo:
Un joven de 21 años tenía un examen esta mañana. Era muy difícil. Lo había preparado a conciencia estudiando toda la semana, pero sin dejar de ir a misa el domingo ni el sábado por la noche orar un rato en una capilla de adoración perpetua. La víspera del examen, por la noche, habíamos quedado para hablar y rezar por videollamada. Ponemos el estudio y el examen en manos de Dios y rezamos con fe por ello, para que se cumpla la voluntad de Dios. Le doy la bendición y nos vamos a dormir. Por la mañana se prepara para ir al examen, vamos los dos juntos, él físicamente caminando hasta su facultad universitaria y el que esto escribe, espiritualmente, al terminar de rezar laudes con la comunidad. ¡Es la maravilla de la oración que une a las personas a pesar de la distancia!
Termina el examen y no sale muy contento, pero me dice, con esa alegría y fogosidad que siempre le caracteriza, algo crucial: “antes del examen he entrado a rezar en la capilla que hay en la facultad y al salir he vuelto para dar gracias”. Eso lo hace siempre, sin que nadie se lo pide, y es más, según las clases que tenga, si puede va también a misa, aunque sea un día entre semana.
¿Quién dice ahora que no se puede rezar un poco cada día? Esto lo experimenta un joven que empieza a vivir de otra manera desde que ha descubierto la fuerza tan sobrenatural que recibe en la oración. Y reza en cualquier lugar, en la habitación de su casa, camino de un examen, dando un paseo, hablando con sus amigos… Eso marca y mucho. Orar cambia el corazón de una persona y puede ser que ayude a otros a rezar. Así es Dios, quiere que le busquemos en la oración, da igual la hora y la ubicación, se puede rezar las 24 horas del día y en todas partes. ¡No hay excusas! ¡A rezar! ¡A abrir el corazón al Sagrado Corazón!
¿Y si hacemos una prueba para poner todo esto en práctica? Vayamos a Belén, a las afueras, de noche, a una cueva corral donde un joven de unos 20 años y una chica con pocos años menos acaban de ser padres. Rezan a esas horas y en esas condiciones. Les da igual todo, rezan que es lo importante. Unámonos a ellos, los que buscamos lo que muchos no quieren ver ni asumir, que podemos rezar siempre. ¡Siempre!, sin importar la hora ni el lugar; y hacerlo de corazón:
“Me figuro que estarás extasiada contemplando en el portalito de Belén al Niño Dios, que es Jesús, aquel que viene del cielo no sólo para ser nuestro Salvador, nuestro hermano, nuestro amigo… sino nuestro celestial Esposo. Digamos pues, con júbilo santo: entendimiento mío, ya tienes en quien pensar; corazón mío, ya tienes a quien amar; imaginación mía, ya tienes en quien extasiarte; manos mías, ya tenéis a quien servir; vida mía, ya tienes en quien emplear todas tus aptitudes y energías” (Carta de la Beata María Pilar Izquierdo).