San Juan Bautista: ser precursor del Señor

| San Juan Bautista aparece ya en el prólogo mismo. Se nos dice que se le llamaba “el enviado por Dios” cuyo nombre era Juan. Un personaje al que Dios da una función que cumplir. Dando la vida en ella, una vez hecho lo que tenía que hacer, desaparece y muere en pocos años. Resulta admirable su nobleza, su rectitud de intención y la limpieza de corazón con que actúa. Nos detenemos en él porque es la introducción hacia Jesús. También porque es ejemplar para nosotros. A nosotros también nos toca muchas veces ser “precursores del Señor”. Y nos conviene repetir muchas de las cosas que él hace: “Yo no soy el Mesías, yo no soy un profeta, yo no soy el que pensáis vosotros que soy”; “Él tiene que crecer, yo tengo que disminuir”. Son un conjunto de actitudes anticipadamente cristianas que nos enseñan mucho.
En torno al Bautista se abre el primer tema después del prólogo: la preparación para recibir al Mesías. Se nos presenta como aquel que viene del desierto llevando una vida muy austera. Jesús irá contraponiendo su vida y la de Juan: “Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: ‘Demonio tiene’. Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: ‘Ahí tenéis un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores’” (Mt 11, 18-19).
Este, que vivía pobremente, atrajo a mucha gente. ¿Qué es lo que atraía en Juan? ¿La austeridad? Es posible, porque a nosotros las austeridades llamativas nos atraen. Parece que la persona que las hace queda aureolada de una cierta luz de santidad. Sin duda le daba una gran autoridad. Pero posiblemente lo que más les atraía era su amabilidad. Es un fenómeno muy curioso que suele servir como señal de que las austeridades son de Dios. Aquellos monjes del desierto, famosos por sus penitencias, eran amabilísimos. San Onofre, por ejemplo, no se cortó el pelo ni la barba en toda su vida, ni se arregló, ni se cortaba las uñas… Y destacaba en su amabilidad. Atraía a la gente no por las cosas extraordinarias, sino por la amabilidad que tenía.
Vino para dar testimonio
“Hubo un hombre enviado por Dios llamado Juan… este vino para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él” (Jn 1,6-7). No era él la luz, eso lo recalca, sino que debía dar testimonio de la luz. La Palabra era la luz verdadera. Se recalca una misión venida de Dios. E invita a los que lo siguieron a unirse a Jesús, pues este era el fin natural de su misión. Esto costó. El mismo san Juan evangelista puede decir esto con autoridad, ya que antes fue discípulo del Bautista. San Lucas habla de un ángel para anunciar. San Juan resalta la figura de esta mediación humana.
San Juan “vino para dar testimonio” (v. 7). El evangelio presenta la vida pública de Jesús como un juicio que termina en Pilatos en el cual hay testigos y acusadores. Cuando dice que Juan vino para dar testimonio, no quiere decir que vino para dar ejemplo o con la finalidad de que él proceda para dar ejemplo.
Al respecto Jesús decía que no hagáis las cosas para ser vistos por los hombres. Los fariseos hacían muchas cosas para ser vistos: para que vieran cómo había que dar, cómo había que ser fieles en el cumplimiento de la religión… Lo hacían para dar testimonio en el sentido de ser vistos por los hombres.
Nunca debemos hacer nada para dar testimonio en ese sentido. Tenemos que hacer lo que el Señor quiere de nosotros. Si hacemos lo que Dios quiere de nosotros, ya se encargará el Señor de que eso no quede oculto y resulte de provecho para otros. Por eso, lo anterior no está en contradicción con: “Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras” (Mt 5, 16). Haced lo que debéis hacer y eso será lo más saludable para los demás. Una cosa es hacer para dar testimonio y otra cosa es que la vida santa, de hecho, es muy luminosa, da luz y brilla. Uno no se debe considerar a sí mismo suficientemente importante para dar testimonio a nadie de lo que debe ser y de lo que debe hacer. Sería tentación querer autoerigirse en ejemplo de la comunidad o de sus autoridades.
San Juan tiene esas dos cosas. Primero, da testimonio con su vida. Es ejemplar, coherente y amable. Eso impresiona y atrae. Además, da testimonio diciendo quién es él y diciendo que Jesús es el Cristo. Él anuncia que él no es el Mesías, que Cristo es el Mesías que viene. San Juan suele repetir que muchos de nosotros tenemos que ser testigos. En la última cena, por ejemplo, dice: “Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí. Pero también vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio” (Jn 15, 26-27).
Juan es testigo porque «ha visto»
San Juan recalca que para ser testigo como él dice, hay que haber visto. “El que vio da testimonio” (Jn 19, 35). Primero es vivirlo y verlo. Puede hablar el que lo vio. En el comienzo de su primera carta dice: “Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida, pues la Vida se manifestó, y nosotros la hemos visto y damos testimonio y os anunciamos la Vida eterna, que estaba vuelta hacia el Padre y que se nos manifestó lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos” (1 Jn 1, 1-3). Ahí está la posesión de esa realidad o verdad y luego su expresión: “lo que hemos visto lo anunciamos”. Esto también es necesario para nosotros. Verlo para anunciarlo. Muchas veces aquí está la clave de nuestra superficialidad.
El Espíritu Santo puede tocar los corazones, pero lo hermoso es que hayamos “visto” lo que anunciamos. Retransmites una vida, ¿qué es Jesucristo? El amor a una persona se transmite con el calor de quien ha vivido el contacto y la amistad con ella.
Dice haber visto como si viera al invisible. Así se nos dice de Moisés y Abraham. Estaban en ese contacto con Él, viendo no con los ojos corporales, pero viéndole de una manera verdadera. “Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero vosotros sí me veréis, porque yo vivo y también vosotros viviréis” (Jn 14, 19). Se refiere a la resurrección, pero también a su presencia interior en nosotros porque está resucitado. Hemos de vivir nuestra vida como resultado de ver al Padre en Cristo: “El que me ve a mí, ha visto al Padre” (Jn 14, 9). Esto hace que un cristiano pueda llegar a tener una gran fuerza espiritual.
Y esto se da en la vida diaria. En lo ordinario de cada día. Muchas veces pensamos que para ser santos tenemos que estar en otras situaciones o, al menos, tenemos que añadirle cosas. Sólo hay que añadir amor, delicadeza, comunión con Dios en esa vida de cada día, no cosas. En Jesús encontramos esa vida común de los hombres, pero muy distinta. Distinta por la elevación de su vida, de tal manera que producía esa impresión que les hacía preguntar: “Tú, ¿de dónde vienes?”. Pero tú, “¿dónde vives, maestro?” (Jn 1, 38). San Juan recalca mucho esa actuación de los sentidos espirituales: lo que hemos visto, lo que hemos oído, lo que hemos sentido del Verbo de la vida.
Solemos presentar la fe como creer lo que no se ve. Esto tiene mucho de cierto. Pero la presentación de la fe en san Juan sería más bien ver más allá de lo que captan los sentidos. Cuando él dice que vio el costado de Cristo abierto y el agua y la sangre que brotaban, no se refiere a que vio eso que veían también los soldados. Sino que vio el misterio que ahí se expresaba del amor de Cristo que daba su vida y daba el Espíritu, el amor del Padre que se revelaba en esa muerte de amor de su Hijo. “El que lo vio da testimonio” significa que el que tiene esa experiencia de fe, da ese testimonio. Por eso la fe, en ese sentido, va más allá. Hace referencia a los sentidos corporales pero indicando en ellos una penetración más honda.
Yo no veo el misterio sino en la medida en que Él se me da a ver. Y en ese sentido decimos que la Palabra de Dios penetra en nuestro corazón y cuando ha penetrado puedo hablar de un “ver”. Por eso podemos decir que es propio de la vida espiritual desarrollada el “ver” al Hijo de Dios.
Juan el Bautista es un testigo fiel y leal
Ahora Juan viene a dar ese testimonio. Jesús mismo habla de testimonio. Dice que las Escrituras dan testimonio de Él. “Vosotros investigáis las escrituras, ya que creéis tener en ellas vida eterna; ellas son las que dan testimonio de mí; y vosotros no queréis venir a mí para tener vida” (Jn 5, 39-40). Pero hay otro testimonio que son sus obras: “Las obras que yo hago dan testimonio de mí” (Jn 5, 36 y 10, 26). En otro momento dice: “El Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí. Pero también vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio” (Jn 15, 26-27). Tenemos una diversidad de grados en el testimonio.
El primer grado de ese testimonio sobre Jesús lo da san Juan el Bautista. Por eso en el comienzo, después del prólogo aparece el esperado. Y cuando llega después de la preparación de aquel pueblo y empieza a predicar, la gente va tras él. No era un rabino, no era un maestro de la ley, y sin embargo, es seguido por multitudes gracias a su finura, austeridad humilde, lealtad y coherencia. Juan subía como la espuma y los fariseos se consideraron en el derecho y en el deber de investigar quién era: ¿qué títulos tenía para predicar de esa manera, para bautizar en el Jordán?, ¿con qué autoridad hacía eso? Dice san Juan en el evangelio: “Cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a preguntarle” (v. 19).
Luego también lo harán con Jesús. Y entonces se acercan y le preguntan directamente, con toda autoridad: “¿Tú quién eres? ¿Por qué te arrogas esos poderes y esas facultades? ¿Qué garantías nos das de que puedes hacer esto legítimamente?” (cf. v. 21). Ante esta pregunta él confiesa y no niega. Da testimonio con lealtad, sin negar lo incómodo, pero sólo como simple precursor. Se presenta simplemente como la aurora que anuncia la llegada del sol.
Juan estaba rodeado de alabanzas y adulaciones. Ahí suele estar muchas veces la tentación de aprovecharse de eso para desviarse, centrarse en sí mismo y perder la lealtad. A Jesús también le tentaban así: “Sabemos que no tienes respeto humano ninguno, que dices la verdad a toda costa y delante de cualquiera…” (Mc 12, 14). Cuando a uno le atribuyen algo extraordinario y sabe que no es verdad, cuesta decir que no es verdad. Y solemos reconocerlo pero sólo a medias, de forma que quede la duda. Tendemos a esa deslealtad. Y él dice claramente: “No, yo no soy el Cristo” (v. 20). Así como Jesús dirá: “Tú lo has dicho: Yo soy” (Jn 18, 37). “‘¿Qué, pues? ¿Eres tú Elías?’. Él dijo: ‘No lo soy’. ‘¿Eres tú el profeta? – ‘Profeta’ es una manera de llamar al Mesías- ’ Respondió: ‘No’”. (v. 21).
A Jesús después de la multiplicación de los panes le querían hacer rey. “Entonces le dijeron: “‘¿Quién eres, pues, para que demos respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?’. Dijo él: ‘Yo soy la voz del que clama en el desierto: Rectificad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías’. (v. 22 y 23). Yo estoy preparando el camino del Mesías que viene ya.
Juan el Bautista prepara las conciencias para el reconocimiento del propio pecado y la consiguiente purificación para que llegue el tiempo de Cristo, el tiempo de la gracia. También en esta época cada venida del Señor suele estar precedida de una gracia que nos prepara, que nos suele llevar a la purificación, y eso hay que aprovecharlo. Generalmente viene como una toma de conciencia de lo que nos falta aquí, y de lo que requiere el paso que tenemos que dar, incluso de los estorbos que ponemos.
Y así el Bautista lleva a los suyos a Cristo. Ellos no lo tienen muy claro, pero Juan Bautista deja claro que tiene una misión, que la está cumpliendo y que ya le toca desaparecer. A los suyos los envía “al Cordero de Dios” que quita el pecado del mundo. ¡Qué hermoso es saber desaparecer a tiempo para no detener las personas en nosotros! ¡Qué importante es en la vida apostólica tener bien asimilado que “yo tengo que disminuir, y Él tiene que crecer” (v. 30)!