Me verás entre tinieblas (I)

Nubes en el desierto

Antonio Pavía, Misionero comboniano

“Dijo Yahveh a Moisés: Mira: Voy a presentarme a ti en una densa nube para que el pueblo me oiga hablar contigo, y así te dé crédito para siempre. Moisés refirió a Yahveh las palabras del pueblo… Al tercer día, al rayar el alba, hubo truenos y relámpagos y una densa nube sobre el monte y un poderoso resonar de trompetas; y todo el pueblo que estaba en el campamento se echó a temblar. Entonces Moisés hizo salir al pueblo del campamento para ir al encuentro de Dios…” (Éx 19,9-25).

Voy a presentarme ante ti en una densa nube entre brumas y tinieblas, le dice Dios a Moisés. Con estas palabras, el autor del libro del Éxodo nos abre la puerta a lo que se podría considerar la cima de la espiritualidad judeocristiana. Dios afirma que se dará a conocer a este hombre allí donde las tinieblas son más espesas.

Efectivamente, hemos visto que el pueblo que ha acampado en la ladera del monte, goza de la luz natural del día y de la seguridad que llamaremos corporativa por el hecho de estar juntos; digo esto porque ante cualquier eventualidad, peligro o situación imprevista se tienen los unos a los otros para protegerse.

Moisés no. Sube solo hacia la cima del monte en la que Dios dice que le espera. Conforme va ascendiendo, la luz natural va menguando, pues empiezan a predominar las nubes. Nos imaginamos a nuestro buen amigo mirando hacia lo alto y constatando que la cima está cubierta de nubarrones; no parece que esté muy tranquilo al percibir que, cuanto más se acerca a la cúspide donde Dios le espera, más densa es la oscuridad.

Intenso y profundo el debate que se abre ante la experiencia hecha por Moisés. Señalamos que por ahora este tema lo vamos a tratar por encima, ya que nos saldrá al encuentro con frecuencia en los próximos capítulos. Sí nos parece bien volver a decir que esta experiencia lleva consigo la plenitud de la espiritualidad judeocristiana, y también que Moisés se está adelantando  proféticamente al Hijo de Dios cuando marcó las pautas del seguimiento de sus discípulos en estos términos: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará” (Mc 8,34-35).

De hecho esto es lo que estamos viendo en cada paso que Moisés da hacia la cumbre. Mira a lo alto y no ve nada, y peor aún, a nadie. Podría esperar una especie de luz o resplandor como cuando se le apareció en forma de fuego en la zarza ardiente (Éxo 3,1 ss). Pues nada, ni luz, ni resplandor, ni fuego, ni fenómeno alguno que se le parezca. Bueno, sí, fenómeno sí: oscuridad, vacío y tinieblas. Lo más parecido a lo que precedió a la creación: “La tierra era caos, confusión y oscuridad por encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas” (Gn 1,2).

En el caos que precede a la creación, un viento de Dios aleteaba sobre las aguas. Lo que aletea sobre Moisés es una invitación que encierra una promesa: sube a la cima del monte, allí me encontrarás, hablaré contigo y me podrás conocer no ya “de oídas” como tus antepasados, sino que podrás verme cara a cara como cuando un amigo está y habla con su amigo (Éx 33,11).

Como ya he afirmado, no quiero agotar este tema de la soledad/tinieblas y visión del rostro de Dios, cosa que, por otra parte, sería una prepotencia ya que es inagotable. Sí quiero ofrecer el paralelismo desmesuradamente bello de Moisés -a quien vemos subiendo al monte rodeado de tinieblas- con Jesús, quien se dejó cercar por éstas, las tinieblas, en otro monte: el Calvario: “Era ya cerca de la hora sexta cuando, al eclipsarse el sol, hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora nona. …y Jesús, dando un fuerte grito, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu y, dicho esto, expiró” (Lc 23,44-46). Se dejó aprisionar por las tinieblas y rompió para siempre su abrazo mortal, de forma que todo el que busca a Dios sepa que “… y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron” (Jn 1,5).

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