Orar con Cristo sacerdote y víctima

Fr. , OCD | Jesús reza al Padre. Nos enseña a rezar. Y no de cualquier manera, lo hace como sacerdote. Ofrece todo al Padre en esa preciosa plegaria recogida en Juan 17, la oración sacerdotal de Cristo en el momento clave de su vida cuando habla de corazón a corazón con sus discípulos más queridos, los 12, antes de entrar en la Pasión. Entremos más adentro en la espesura del Corazón de Cristo que se entrega al Padre para salvar a la humanidad.
Nos encontramos de lleno con Jesucristo como Sumo Sacerdote. Termina su vida en este mundo y no puede olvidarse de los que deja; por eso pide al Padre, como buen sacerdote y lo que es más, como el Sumo y Eterno Sacerdote, que cuide de todos los que le ha dado para que estén unidos como ellos mismos viven en unión plena. Y esa unión con el Padre tan intensa se muestra a todos con su sacrificio en la Cruz; se entrega como víctima al sacrificio. Se va con el Padre, dice todo para que escuchando esta despedida tengan alegría suma. Dar todo para un día estar todos con Dios en la eternidad. Pero no se puede negar el sacrificio. Si quitamos de nuestras vidas el sacrificio en la eucaristía, perdemos el sentido de lo que vivimos cada vez que vamos a misa. Es unirnos al sacrificio de Cristo como paso hacia el Padre que acoge todo para bien de las almas. El Padre entrega al Hijo y los hijos nos santificamos en la verdad, en la libertad de tomar siempre parte en este mundo por defender la verdad en Cristo. Así queda consumada la consagración al Padre.
¿Y nosotros qué hacemos cuando leemos la oración sacerdotal de Cristo?
¿Y cuando entramos en la iglesia a celebrar el misterio de la Eucaristía?
¿Y nos unimos al sacrificio o nos quedamos en una fiesta o banquete?
Cristo nos deja un camino preparado para que entremos jubilosos en el amor de Dios y no nos perdamos por no saber por dónde tenemos que seguir.
¡Sigamos a Cristo!
¡Vivamos de verdad la Eucaristía!
¡Hablemos del sacrificio de Cristo que se ofrece en cada misa!
No hay que temer ni esconderse de nada ni de nadie. Cristo es el camino que nos lleva al Padre. Tenemos la gracia de la eucaristía y la intercesión poderosa del Cordero que se inmola por la salvación del mundo. Ser cristianos es ser seguidores de Cristo hasta el final, como lo han hecho tantos mártires a lo largo de la historia, y otros muchos, que sin llegar al martirio, han vivido de tal modo que su vida y sus escritos son un reflejo de esta vivencia tan íntima con Cristo sacerdote y víctima, que da todo por la unión de los hombres en este mundo como deseo del Padre y del Hijo, y así pregustar los gozos del cielo en la vida eterna.
Si damos un paso más, entramos en el corazón del beato Lucas de San José, un carmelita descalzo que vive el sacrificio en su propio cuerpo como mártir en Barcelona el 20 de julio de 1936. Antes de derramar su sangre por ser fiel a la verdad, nos deja un legado muy enjundioso y completo sobre la vivencia de la cruz. Entre sus escritos encontramos unas meditaciones majestuosas sobre la Cruz, La santa imagen del Crucifijo y El espíritu del Crucifijo; también en su libro más famoso, La santidad en el claustro, nos introduce con ardor en la vivencia de la cruz de manos de Cristo sacerdote y víctima:
“Nuestro Señor Jesucristo fue puesto en la Cruz para que, con un amor infinito y unos sufrimientos que jamás el hombre podrá sondear, redimiese al mundo. Desde entonces la cruz ha venido a ser el símbolo del amor y del dolor. Y por esto tiene un atractivo irresistible para las almas grandes. San Pablo lloraba cuando pensaba que había hombres que eran enemigos de la Cruz de Cristo. Nuestro santo Padre no sabía vivir sin cruz, esto es, sin dolores” (Lucas de San José, Santidad en el claustro, p. 354).