Nuestras metas y la dirección del viento

, coordinador de redacción | Cuando escribo este artículo están a punto de comenzar los Juegos Olímpicos de París, donde participarán deportistas que llevan tres años preparándose concienzudamente para unos días de competición o tal vez solo para unas horas. Mes tras mes han trabajado para exprimir sus cualidades, con la incertidumbre de no saber si conseguirán una medalla o la meta que se hayan marcado. Porque, como en la vida misma, hay muchos factores que influyen a la hora de lograr un objetivo.
El deporte, con los valores universales que representa, es un ejemplo de lo que alguien es capaz de conseguir cuando se esfuerza al máximo. Y esto es aplicable a la vida personal de cada uno, a sus proyectos o a su fe, puesto que la pasividad no conduce a ningún lado. No es buena idea esperar a que las cosas lleguen por sí solas, como por arte de magia. Incluso algunos de los pequeños milagros cotidianos que suceden me da la sensación de que necesitan de nuestra aportación para poder materializarse.
En el reverso de la alta competición está esa gran presión que existe para alcanzar el éxito. Esto no es exclusivo del deporte, sino que es extensible a la sociedad en general. Pero la realidad es que en ocasiones se fracasa, aunque no sea algo que venda mucho en una historia de Instagram. Sin embargo, los tropiezos forman parte del camino, del aprendizaje necesario para seguir avanzando. Y Dios te quiere por lo que eres, consigas o no aquello que buscas.
Tal vez una de las claves para disipar la incertidumbre de saber si llegarás a esa cima que persigues esté en disfrutar de la escalada. La cima para los atletas olímpicos, si la alcanzan, será un suspiro en comparación con lo que han tenido que trabajar día a día. Pero, aparte de eso, a veces la vida te lleva por otro sitio, porque «el viento sopla hacia donde quiere». Puedes acabar en otras cimas que no es esperabas y que quizá sean mejores que aquellas con las que soñabas.