Madre, quiero el bautismo

Madre Teresa
Fotografía: Lawrence OP (Flickr)

Ana Isabel Carballo | Comenzó el día como siempre; al mismo tiempo que se desperezaba el sol, nos desperezábamos también nosotros y nos dirigíamos a la capilla de Casa Madre en el nº 52 de Circular Road; nos esperaba la oración y posteriormente la Eucaristía, en la cual, Madre Teresa recogía las fuerzas que luego le permitían reconocer el cuerpo llagado de Cristo, en los cuerpos llagados de los pobres de Calcuta diseminados por las aceras de esta gran ciudad.

Después del desayuno y tras ofrecer el trabajo de ese día a la Virgen de Lourdes, cuya gruta está en una réplica en el patio de la casa; salimos como cualquier día a recorrer las calles de la ciudad en busca de todos aquellos que necesitaban la compasión de Cristo.

Estaba concluyendo la mañana cuando el Señor nos esperaba bajo el disfraz de un pobre andrajoso, para darnos una bella lección de cómo la misericordia del corazón abre todas las puertas. En el recodo de una calle cualquiera divisamos un montón de andrajos y cuál fue nuestra sorpresa, cuando fijándonos en ellos, nos dimos cuenta, ¡que los andrajos se movían!; acercándonos, nos percatamos que debajo había un hombre agonizando; que tenía la espalda hecha una llaga de pus y el pus, se lo estaban comiendo las ratas. Era un espectáculo dantesco, un hombre comido por las ratas. Lo que a nosotros no puede parecer imposible en Calcuta es posible: hombres, perros y ratas, peleando por la misma comida.

Lo cogimos y lo llevamos a la “Casa del Moribundo”. Lo lavamos y le limpiamos los gusanos que tenía en las heridas, le pusimos ropa limpia y le tendimos en uno de los camastros; una cosa me llamó poderosamente la atención; en su rostro no había rencor, ni resentimiento. Solo se atisbaba alguna reacción de contener el dolor cuando hurgábamos en la herida con las pinzas o echábamos el desinfectante; pero nada de odio ni amargura contra nadie. Más bien su rostro era de agradecimiento y sorpresa por lo que hacíamos con él.

Intentamos darle de algo de comer pero su estómago no recibía ya nada; ¡muchos debían de haber sido los días que llevaba sin llevarse nada a la boca!; siendo así, lo dejamos para que descansara y durmiera un poco.

Por la tarde nos acercamos para ver si vivía porque estaba prácticamente expirando y cuando nos vio, dijo: “Denme un poco de agua”. La Madre Teresa respeta siempre la última voluntad de un moribundo; pero en este caso dijo: “tráiganle un poco de leche”. Cuando se lo acercamos a los labios, la escupió y volvió a decir: “Denme un poco de agua”. La Madre Teresa dijo: “le hemos querido dar algo mejor pero si quiere agua, traerle agua”.

Cogía una mano la Madre Teresa y la otra yo; entonces, cuando le acercamos el agua para darle de beber, dijo el moribundo: “ahora Madre, bautíceme porque sé que su Dios es Verdad”. Necesitó el signo de misericordia de aquella, que movida por un amor más grande, se abaja al que está necesitado, siendo trasparencia del amor de Cristo.

Algo más tarde comentaría: “He vivido como un perro en la calle pero muero como un ángel, acompañado y querido”. Este ser humano, por el amor y la delicadeza de la Madre Teresa entendió que por encima de ella hay Alguien que se preocupaba por él, que lo amaba y compartía sus sufrimientos: Jesús. Unos años antes, en lo profundo del corazón, le había dicho a la Madre Teresa: “Los pobres no me aman porque no me conocen”. Prueba de ello inexplicable es que al experimentar el amor de Cristo en las manos y en los labios de la Madre Teresa, quiso unirse a Aquel que inspiraba y fortalecía este estilo de vida, su estilo de vida; el que todos estamos llamados a reproducir en nuestra existencia.

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