Luis Gonzaga: un joven de Dios

San Luis Gonzaga

Jesús García Gañán, Presbítero | La vida de San Luis Gonzaga, santo al que dedicamos estas páginas de nuestra revista, tiene mucho que decirnos, sobre todo a los jóvenes de este siglo XXI en el que nos encontramos y de los que él es patrón. Vamos a adentrarnos en algunos acontecimientos importantes de su vida que nos ayuden a ser cada día mejores cristianos.

Dios le quiso para la Compañía de Jesús

El día de la fiesta de la Asunción de María del año 1583, en el momento de recibir la sagrada comunión en la iglesia de los padres jesuitas de Madrid, Luis oyó claramente en su interior una voz que le decía: Luis, ingresa en la Compañía de Jesús. Primero, según se nos cuenta, comunicó sus proyectos a su madre, quien los aprobó en seguida, pero en cuanto ésta los participó a su esposo, montó en cólera a tal extremo, que amenazó con ordenar que azotaran a su hijo hasta que recuperase el sentido común. A la desilusión de ver frustrados sus sueños sobre la carrera militar de Luis, se agregaba en la mente de Don Ferrante la sospecha de que la decisión de su hijo era parte de un plan urdido por los cortesanos para obligarle a retirarse del juego en el que había perdido grandes cantidades de dinero. Pero pronto su padre tuvo que advertir que, detrás de ese deseo, solamente estaba Dios, que quería a su hijo para ser soldado suyo, parte de su Compañía.

Un niño distinto a los otros

Pero si nos remontamos unos años hacia atrás, en su vida, nos daremos cuenta de cómo Dios ya venía trabajando en el corazón del joven Luis. Apenas contaba siete años de edad cuando experimentó lo que podría describirse mejor como un despertar espiritual. Siempre había dicho sus oraciones matinales y vespertinas, pero desde entonces y por iniciativa propia, recitó a diario el oficio de Nuestra Señora, los siete salmos penitenciales y otras devociones, siempre de rodillas. Su propia entrega a Dios en su infancia fue tan completa que, según su director espiritual, San Roberto Belarmino, y tres de sus confesores, nunca, en toda su vida, cometió un pecado mortal.

En el año 1577 su padre lo llevó con su hermano Rodolfo a Florencia, dejándolos al cargo de varios tutores, para que aprendiesen el latín y el idioma italiano puro de la Toscana. Todo esto no impidió que Luis avanzara a grandes pasos por el camino de la santidad y, desde entonces, solía llamar a Florencia, “la escuela de la piedad”. Un día que la marquesa contemplaba a sus hijos en oración, exclamó: Si Dios se dignase escoger a uno de vosotros para su servicio, ¡qué dichosa sería yo”. Luis le dijo al oído: Yo seré el que Dios escogerá. Desde su primera infancia se había entregado a la Santísima Virgen. A los nueve años, en Florencia, se unió a Ella haciendo el voto de virginidad. Después resolvió hacer una confesión general, de la que data lo que él llama «su conversión».

“Aquí habitaré, porque lo deseo”

Fue el 25 de noviembre de 1585, dos años después de escuchar esa voz interior, cuando Luis ingresó al noviciado en la casa de la Compañía de Jesús. Acababa de cumplir los dieciocho años. Al tomar posesión de su pequeña celda, exclamó espontáneamente las palabras del salmo: Este es mi descanso para siempre; aquí habitaré, pues así lo he deseado. Seis semanas después de su ingreso en el noviciado murió su padre. Desde el momento en que su hijo Luis abandonó el hogar para ingresar en la Compañía de Jesús, había transformado completamente su manera de vivir. El sacrificio de Luis había sido un rayo de luz para el anciano.

Pocos años después, en 1591, atacó con violencia a la población de Roma una epidemia de fiebre. Los jesuitas, por su cuenta, abrieron un hospital en el que todos los miembros de la orden, desde el padre general hasta los hermanos legos, prestaban servicios personales. Luis iba de puerta en puerta con un zurrón, mendigando víveres para los enfermos. Muy pronto, después de implorar ante sus superiores, logró cuidar de los moribundos. Luis se entregó de lleno, limpiando las llagas, haciendo las camas y preparando a los enfermos para la confesión. En estas condiciones, no tardó en contraer la enfermedad. Había encontrado un enfermo en la calle y, cargándolo sobre sus espaldas, lo llevó al hospital donde servía. Pronto, Luis vio que su fin se acercaba y escribió a su madre: Alegraos, Dios me llama después de tan breve lucha. No lloréis como muerto al que vivirá en la vida del mismo Dios. Pronto nos reuniremos para cantar las eternas misericordias. En sus últimos momentos no pudo apartar su mirada de un pequeño crucifijo colgado ante su cama, ese crucifijo con el que siempre se le representa. Entregó su alma a Dios con tan solo 23 años y repitiendo las palabras de otro precioso salmo: Qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor. Su vida fue corta pero podía irse en paz porque había dado una gran lección a todos sus contemporáneos.

El deseo de toda la Iglesia

La vida de los santos siempre nos estimula a ser cada día mejores amigos de Jesús, buscando en todo momento cumplir su voluntad. Con la Iglesia entera pidamos al Señor que ya que no pudimos imitar a San Luis en la inocencia, que por lo menos lo logremos imitar en la penitencia. San Luis Gonzaga: ruega por nosotros y por los nuestros.

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