En el camino del Jordán

| Habíamos vuelto a aquel lugar en donde todo había comenzado. El recuerdo se hacía ahora tan presente como tan real. La frescura del río calmaba nuestros pies cansados del camino. ¡Como aquel día!
¿Te acuerdas, Juan? Llevábamos ya un rato siguiéndolo y hacía como que no nos veía. Incluso pensamos que nos habíamos equivocado cuando aquel Juan, el Bautista, lo señaló. Pero no, no, había algo en Él que me atraía. Estaba seguro de que era Él. ¿Acaso no habíamos andado 150 Km hasta llegar al Jordán para encontrarnos con Él?
El caso es que sentí una alegría interior al seguirlo y miedo, mucho miedo, ¡claro! Habíamos dejado nuestra familia y nuestro trabajo por seguir a ese hombre que no sabíamos quién era. ¡Menuda aventura! ¿Y si era uno más de los muchos cabecillas que habían surgido hasta el momento en Galilea?
Su pregunta al pararse delante de nosotros fue directa. ¿Que qué buscábamos? ¿No era Él conocedor de todas las cosas? ¿No sabía, por tanto, qué buscábamos, mejor dicho, a quién buscábamos? No teníamos el coraje para capitanear nosotros solos nada, pero sí, seguiríamos a alguien que nos propusiera una meta alta y grande.
“Maestro, ¿dónde vives?” y allí nos llevó. Eran las cuatro de la tarde. Estuvimos hablando largo rato hasta que oscureció, alrededor de las diez de la noche. Lo recuerdo perfectamente. Nos preguntó por nuestro trabajo, por nuestra familia. Se preocupó especialmente por cada una de nuestras vidas, por nuestros proyectos, nuestras necesidades. como lo sigue haciendo aún ahora por cada uno de los hombres. Luego nos habló de Él, de su vida en Nazaret, de su mensaje, y así hasta que llegamos a la orilla del río, al lugar donde vivía.
Cuando nos acostamos, tú te quedaste enseguida dormido, pero yo no podía conciliar el sueño. Deseaba comunicar a todos que, por fin, lo habíamos encontrado. Imaginaba la cara de envidia de mi hermano. Simón siempre había sido mucho más impulsivo que yo y estaba decidido a ser el primero en encontrar al Mesías y, sin embargo, lo habíamos encontrado nosotros: tú, Juan, casi un niño y yo, maduro y fornido sí, pero menos decidido.
Por la mañana temprano, antes de que ninguno de los dos os despertarais, salí corriendo para contarles a todos lo que festejaba mi corazón. Por el camino me encontré con Simón, el nuevo Pedro, como Jesús le había nombrado aquella mañana.
Fuimos creciendo en número: Felipe, que no dudó ni un instante; Mateo, el publicano; Tomás, apasionado en el amor por su Dios y Señor; Bartolomé, “¿de Nazaret puede salir algo bueno?” se preguntó enseguida. Siempre he deseado preguntarle qué había pasado debajo de aquella higuera y, lo que más me impresionó, ¿cómo podía saberlo Jesús si aún no lo conocía? Pero aquellas palabras le hicieron proclamar la mayor verdad que habíamos oído hasta el momento.
Cuando volvimos a casa, a nuestro trabajo, ya nada era lo mismo. Nuestro corazón latía con amor, con un deseo ardiente de seguirlo, pero el miedo anidaba junto a él. ¿Y la familia y los lazos que nos unen? ¿Y la seguridad de siempre? ¿Dejarlo todo por Él? ¿Y a dónde? ¿Y hasta cuándo? Jesús quería jugar limpio con nosotros, de nada serviría ese primer impulso del corazón encendido, por eso nos dejó volver a la rutina.
¡Qué paz sentí cuando Él se acercó a nuestra barca! Cada uno de nosotros estaba afanado en sus cosas, pescando, cosiendo redes, cobrando impuestos, pero ya ninguno temió seguirlo. Contábamos con el apoyo de nuestras familias. No permitiría nunca que lo siguiéramos si a cambio dejábamos dolor en ella.
Pasado un tiempo, el Rabbí hizo su elección por los doce. Aquella noche también la pasó orando. Porque no fuimos nosotros los que le elegimos, fue Él quien nos eligió.