El examen del amor

Simón Pedro tenía una pena honda que no se le quitaba del todo. Jesucristo resucitado, que -dice san Ignacio- viene con “el oficio de consolar”, de traer a los suyos al gozo, quiere hacerlo también con él.
Ciertamente, desde el día de la Resurrección, cuando se apareció a él, Simón Pedro se sabe perdonado por Jesús. Pero queda dentro una espinita que no le termina de dejar: “Le negué… le negué… y eso que había prometido dar mi vida por él… y le negué… ¿pero cómo pude hacerlo?…”. Y esa espinita le tiene como inseguro respecto de su amor a Cristo: “¿Le quiero de veras? ¿O es todo una comedia, todo artificial?”. No es muy distinto de lo que podemos también vivir nosotros en un momento dado.
Las preguntas del examen
Jesús quiere consolar a Simón precisamente en este punto, de ahí el diálogo que tiene con él: el examen del amor. No es el comienzo de una conversación entre los dos. Ya llevan tres años tratándose. Este diálogo es la coronación de esos tres años de conversación. Es, podríamos decir, el examen final de un tiempo de formación. Una especie de “examen de madurez” en el amor. Y al terminar el almuerzo, Jesús le dice: Simón, hijo de Juan, ¿me amas tú más que éstos?
Si no hubiese estado escrita en el Evangelio esta pregunta, seguramente nunca la hubiéramos imaginado en labios de Jesús. Ese me amas no es sólo obedecer o cumplir sus órdenes; se refiere al amor de afecto, de corazón: “¿Me tienes más afecto que éstos?”. Precisamente ésa es la herida de Simón Pedro, su dolor. Él antes creía que sí… pero le había negado.
Simón le responde: “Señor, Tú sabes que yo te quiero”. Se confía al conocimiento de Jesús, al corazón del Señor: “Tú sabes que yo te quiero”. No quiere comparaciones. Las rehuye. ¡Cuánto bien le han hecho las negaciones que había permitido el Señor! Antes era decidido, presuntuoso, se creía el mejor de todos. Antes hubiese respondido sin titubear: “¡Claro que sí! Más que todos”; “Aunque todos te nieguen, yo nunca”; “De éstos no te fíes un pelo. Éstos te niegan cualquier día. Yo nunca. Yo estaré siempre contigo”. Ahora ha quedado humilde, dúctil, ya no se atreve a esas fanfarronadas. Ya no se fía de sí mismo.
Y Jesús le dice: “Cuida mi rebaño, apacienta mis corderos”. Le transmite ese poder. Él, que es “el gran pastor de las ovejas”, se las confía. Y le da todas las facultades para cuidar de ellas rebaño, para ser pastor.
Pedro con esto se tranquiliza. Pero al poco tiempo insiste Jesús otra vez: “Simón, hijo de Juan”. “¿Qué, Señor?”. “¿Me amas?”.
Esto a Simón Pedro le debió de costar ya un poco. Esa insistencia del Señor, ¿a qué viene? Responde lo mismo: “Señor, sí; Tú sabes que yo te quiero”. Y le vuelve a repetir Jesús: “Sé pastor de mi rebaño. Cuídalo, te lo confío”.
Bueno, aquello parece que se pasa. Pero nada, después de un rato, otra vez: “Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?”. Pedro quedó demudado. Se puso triste. Debió de pensar: “Otra vez de vuelta a las andadas. Seguro que ahora le armo otra gorda al Señor. ¿Qué le iré a hacer ahora?”. Ya no se fía nada de sí mismo. Todo lo cree posible en el campo de la traición y de la negación. ¿Veis cuánto bien le han hecho aquellas caídas, y cómo el Señor, de hecho, se había servido de la tentación del demonio para consumar el corazón bueno de aquél pastor? Y le dice: “Señor, pero si Tú lo sabes todo, Tú sabes que yo te quiero”. Y el Él le responde: “Sé pastor de mi rebaño”.
La alegría del amor
Tras las tres preguntas, sus respuestas, y el encargo subsiguiente (“apacienta mis ovejas”), Jesús “trae a Simón Pedro al gozo”.
Hay un paralelismo muy claro de las palabras de este pasaje con las de la última cena. El Señor le viene a decir: “Dices que yo sé si me quieres, pues te lo voy a contar. En verdad, en verdad te digo -declara solemnemente-. Como en la última cena te dije que esa noche antes que el gallo cantara me habrías negado tres veces, ahora te digo con la misma seguridad: cuando eras más joven tú mismo te ceñías el vestido e ibas donde querías, pero cuando seas mayor, extenderás tus manos y otro te atará y te conducirá a donde no quieres ir”. Y añade Juan: “Esto lo decía indicando con qué género de muerte había de glorificar a Dios”.
El paralelismo con la última cena es manifiesto. Entonces decía Simón: “Señor, yo te quiero más que todos. Estoy dispuesto a dar mi vida por ti”. Y Jesús le dice: “Esta noche me negarás, esta misma noche”. Ahora Pedro ya no sabe si ama al Señor. Y Jesús le dice: “Pues mira, ahora es cuando me amas. Ahora. Y me amas tanto, que darás tu vida por mí”. Es el gran consuelo para Simón Pedro.
Podemos aplicarlo a nosotros, en el aspecto apostólico de nuestra vida, y muy especialmente a los sacerdotes. El Señor, en tu oración con Él, se dirige a cada uno y le dice también por su nombre: “¿Me amas más que éstos?”. Y cada uno, consciente de sus fallos, que casi parece que no le ama, aun cuando desea amarle, se confía también a su corazón y le dice: “Señor, Tú sabes que yo te quiero”. Y Él le replica: “Cuida mis almas, sé pastor de mi rebaño”.
Le vuelve a mirar con mucho amor, y llamándole de nuevo por su nombre le vuelve a preguntar: “¿Me amas?”. Y él le dice: “Señor, Tú sabes que yo te quiero, Tú sabes. Me basta eso. Yo no lo sé. Hay momentos en que todo se me vuelve tan oscuro que ya no sé ni si te amo. Pero no importa que yo no lo sepa, basta que lo sepas Tú”. Y Jesús responde: “Sé pastor de mis ovejas”. Y por fin mirándole con infinito amor, llamándole personalmente por su nombre, le pregunta: “Pero, ¿me quieres?”. “Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que yo te quiero”. Y le dice: “Sé pastor de mi rebaño”.
No pregunta si ama a las ovejas, sino si le ama a Él, a Cristo. En cambio le dice: “Sé pastor de mis ovejas, cuídalas”. Como “de Cristo”, no como suyas. Amando en ellas a Cristo, rigiéndolas con los criterios de Cristo, no con los suyos. Como cosa suya preciosa de la que tiene que responder ante Él, porque le confía lo más precioso que Él tiene: sus almas.
Y Jesús le dice también, como a Simón Pedro: “En verdad, en verdad te digo, cuando eras joven tú ibas donde tú querías. Con excusa de servir al Señor hacías lo que te parecía. Cuando seas mayor otro te atará y te llevará donde tú no quieres ir”. ¡Qué expresión tan hermosa para expresar la obediencia sacerdotal!: “Otro te atará. Tú extenderás tus manos y otro te llevará donde tú no irías por tu voluntad”. Expresión preciosa del amor a Jesucristo dando la vida por Él.
La exigencia del seguimiento
Y dicho esto, sigue Jesús a Simón Pedro: “Sígueme, vente conmigo”. Y en efecto, el Señor se lo lleva consigo. Sin duda alguna, esa predilección a Simón Pedro le gustó. Estaban allí todos los demás y le llama a él solo, se lo lleva con Él aparte.
Lo que había empezado bastante mal (una noche sin pescar nada) resulta que se había ido enderezando, y había tenido pesca, había tenido almuerzo, había tenido la consolación de poder confesar que amaba a Jesucristo, y ahora para colmo la invitación a la intimidad del Señor: “Vente conmigo”. Estaba rebosante. Y entonces mira y ve que atrás queda Juan. Y movido por la euforia de ese momento, tan redondo, le dice al Señor casi como de tú a tú: “Señor, a mí ya me has dicho lo que va a ser de mí; pero, y éste, ¿qué?”.
Y Jesús le para en seco: “Si yo quiero que se quede así hasta que Yo vuelva, ¿a ti qué?”. ¡Cómo el Señor pone a cada uno en su sitio! Simón Pedro se creía con derecho a todo. Pero la palabra de Jesús (la última en el Evangelio según San Juan) es expeditiva: “¿A ti qué? ¡Tú, sígueme!”. Es tajante Jesús resucitado en lo que toca a su seguimiento, sin meternos en la vida de los demás.
El gran consejo de Cristo es: “Tú sígueme”. Esto es fundamental para una vida de santidad. Si queremos llegar a la santidad tenemos que ir por ahí: no andar comparándonos con lo que hacen los demás, si lo que otros hacen va a ser como lo mío. “Si yo quiero que se quede así, ¿a ti qué? Tú, sígueme”. Tenemos que aprender esto, indudablemente. Vivir en fidelidad en el seguimiento de Cristo, dejando al Señor el cuidado de todo.