El viento de Dios (II)

Nubes

Antonio Pavía, Misionero comboniano

Para ser libres nos liberó Cristo, anuncia Pablo a todos aquellos hombres y mujeres de Galacia que habían acogido el Evangelio (Gá 5,1). Ya que hemos entrado en el tema inagotable de la libertad, dejemos que sea el mismo Jesús quien nos diga primero, en qué consiste la libertad, y segundo, saber reconocerla como don suyo: “Decía, pues, Jesús a los judíos que habían creído en él: Si os mantenéis en mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Jn 8,31-32).

Su proclamación cae como un jarro de agua fría sobre los escribas y fariseos, que parece que, cuando iban a escuchar a Jesús, no tenían otra intención o propósito que el de desautorizar su predicación. Enfurecidos y fuera de sí a causa de la indignación que había provocado en sus corazones sus palabras, se enfrentan a él desafiantes, y le sueltan a quemarropa: “Nosotros somos descendientes de Abrahán y nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: Os haréis libres?” (Jn 8,33).

Esta respuesta nos parece bastante irónica. ¿Cómo pueden decir que nunca han sido esclavos de nadie? ¿Acaso se han olvidado ya de las denuncias de sus profetas acerca de sus esclavitudes cuando se sometieron a la idolatría? Denuncias que sólo recordarlas hacen aflorar la vergüenza más humillante, ya que, dejando al Dios vivo, consintieron en atar su mente, corazón y alma a objetos de piedra, madera, bronce, etc. Recordemos, por ejemplo, la denuncia de Jeremías: “Cual se avergüenza el ladrón cuando es sorprendido, así se ha avergonzado la casa de Israel: ellos, sus reyes, sus jefes, sus sacerdotes y sus profetas -falsos-, los que dicen al madero: Tú eres mi padre, y a la piedra: Tú me diste a luz” (Jr 2,26-27).

Pues no parece que el recuerdo de tanta profecía en su contra les lleve a aceptar la verdad que Jesús está poniendo delante de sus ojos. Éste no está por la labor de discutir mucho con ellos respecto a este tema. Bien saben, porque son doctores de la Escritura, las esclavitudes que han cargado una y otra vez sobre sus espaldas, de forma que se limita a proclamar: “Sí, pues, el Hijo os da la libertad, seréis realmente libres” (Jn 8,36).

Larga ha sido la noche, más que larga, interminable. No es una noche como las demás: ¡Es la noche en la que Dios no está! Esto es lo que pasa, como un puñal de acero, por el corazón y la mente de los israelitas. Han oído a Dios, aun a regañadientes han terminado por hacerle caso; son testigos de que se ha portado maravillosamente bien con ellos, mas ahora les da la impresión de que ha desaparecido. Pasan las horas lentamente dejando tras ellos un mar de suspiros, ayes y miedos, hasta que llega la cuarta vigilia, la última, aquella en la que rompe la alborada.

Con los primerísimos rayos de sol, Dios, como despertando de su sueño, abre sus ojos y mira a los egipcios que, con sus carros y caballerías, se aprestan para asestar el golpe de gracia sobre su pueblo elegido, la niña de sus ojos (Dt 32,10). Entonces, tal y como hemos leído en el texto, sembró la confusión en el ejército egipcio.

Nos preguntamos: ¿Por qué Dios hizo esperar con la angustia a flor de piel a su pueblo tan querido, prácticamente la noche entera? La respuesta es bien sencilla; aunque parezca un juego de palabras, hemos de decir, expresándonos en términos de fe, que sólo el que tiene confianza en Dios sabe esperar en Él; y que, por la misma razón, sólo el que sabe esperar en Dios, ve crecer su confianza en Él.

Saber esperar a Dios, he ahí la escuela en la que el hombre se adiestra hasta llegar a ver con sus propios ojos que Dios es fiable, que se puede confiar en Él. Es ahí donde el hombre entiende que es Dios el que debe marcar los tiempos de nuestro crecimiento en la fe y en el amor, y que es por ello que a Él le toca decidir cuándo manifestarse, cuándo es el momento oportuno; oportuno para nosotros, ya que está en razón de nuestra madurez.

Bienaventurados los que saben esperar a Dios, grita Isaías al pueblo que casi ha perdido ya la esperanza de ser rescatado de Babilonia. El profeta le despierta de su letargo-tentación de inmovilismo, levanta su ánimo con este grito: Sí, Dios se acuerda de nosotros y nos rescatará, se levantará para compadecernos: “Sin embargo, esperará Yahvé para haceros gracia, y así se levantará para compadeceros, porque Dios de equidad es Yahvé: ¡bienaventurados todos los que en él esperan! Sí, pueblo de Sión que habitas en Jerusalén, no llorarás ya más; de cierto que tendrá piedad de ti, cuando oiga tu clamor; en cuanto lo oyere, te responderá” (Is 30,18-19).

Dios que, como hemos dicho, marca con sabiduría sus tiempos, se levantó y miró a Egipto, sus ejércitos que, como aves de presa, cernían sus garras sobre Israel, este pueblo suyo a quien llamaba “mi tórtola”: “¿Por qué has de rechazar, oh Dios, por siempre, por qué humear de cólera contra el rebaño de tu pasto? Acuérdate de la comunidad que de antiguo adquiriste, la que tú rescataste, tribu de tu heredad, y del monte Sión donde pusiste tu morada. Guía tus pasos a estas ruinas sin fin… No entregues el alma de tu tórtola, no olvides para siempre la vida de tus pobres, piensa en tu alianza” (Sl 74,1-3 y 19…).

Dios, que ama a su tórtola con todo su corazón y con toda su alma, hizo valer su predilección. Se interpuso entre Egipto e Israel. Hizo esperar a su pueblo para que su corazón pudiese vaciarse hasta el fondo de toda esperanza humana. Sólo así podría tenerlo lo suficientemente limpio como para reconocer que había sido Él quien les había salvado.

Tiempo tendremos más adelante para sondear detenidamente el cántico de alabanza y acción de gracias que todo Israel, a una sola voz, hizo resonar a lo largo y ancho del mar al contemplar con sus propios ojos la prepotencia de Egipto, sus carros, caballos y caballerías, derrotados ante sus pies.

Éste es un memorial que acompañará a Israel a lo largo de toda su historia. Incluso cuando se desvía, cuando su obediencia y fidelidad a Dios se quiebran como una caña cascada, sus voces siguen cantando a lo largo de sus liturgias las hazañas que Dios hizo con él, sobre todo ésta del paso del mar Rojo: “¡Aleluya! ¡Dad gracias a Dios, porque es bueno, porque es eterno su amor…! Partió en dos el mar Rojo, porque es eterno su amor; hizo pasar por medio a Israel, porque es eterno su amor; y hundió en él al Faraón con sus ejércitos, porque es eterno su amor” (Sl 136,1…13-15).

Con mano fuerte y tenso brazo libró a su pueblo; eso sí, a la cuarta vigilia, en la misma en la que Jesús se manifestó como Señor sobre las aguas ante sus discípulos: “La barca se hallaba ya distante de la tierra muchos estadios, zarandeada por las olas, pues el viento era contrario. Y a la cuarta vigilia de la noche vino él -Jesús- hacia ellos, caminando sobre el mar…” (Mt 14,24-25). A la cuarta vigilia, en la alborada, Jesús se levanta del sepulcro y… ¡creó la fe en el corazón de sus discípulos de todos los tiempos!

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