El Saena herido

Podría comenzar la historia…
En un lugar desconocido de un mundo soñado hace miles de años y donde el primer reino era dominado por dragones. Pero no, esta historia comienza, hace tan solo unos meses, en un pequeño mundo, su mundo, donde el sol se oculta suavemente a su belleza para no herirlo con la furia de su resplandor.
Un ave, tan solo un ave protagoniza la historia que cautivó al joven Gabriel. Pero todo esto no tendría sentido se este joven no hubiese tocado fondo ya y la droga no se hubiese instalado en su cuerpo como compañera inseparable en su camino.
Aquella tarde Gabriel había caminado sin rumbo hasta la otra puerta de la ciudad amurallada. De pronto, un brillo cegador transformó todas las calles en las que tantas veces había trapicheado. una imagen tan ideal del lugar le hizo pensar que quizás se había pasado con la dosis. Ya nada tenía valor para él y esos momentos de falsa ilusión le hacían recrearse interiormente sin que eso le llevase a más ni le diera más valor a su vida.
Absorto en esos pensamientos y sin saber hasta qué punto la realidad se hacía presente, se encontró cara a cara con un hermoso e impresionante ser, no solo por su tamaño -tan grande como 30 aves juntas- sino porque encontrarse con un ave similar a un águila con cabeza de perro, garras de león y cola de pavo real, en pleno siglo XXI en las calles de una ciudad civilizada, no era lo más esperado ni habitual.
¿Pero qué demonios es esto? -se preguntaba asustado el joven. Mi querido Gabriel -dijo el ave- te estaba buscando, pero podía imaginar que estarías aquí. ¡Y, encima, habla y me busca a mí! -se sorprendió Gabriel- creo que debería controlarme más.
Gabriel se dio media vuelta y echó a correr tan rápido como sus pies se lo permitieron, pero el ave interceptó su paso. Gabriel cayó al suelo anonadado al tiempo que el ave lo cogía entre sus garras. ¿No me has oído? -preguntó el ave- he venido a por ti, soy la verdad y estoy aquí para ayudarte.
– Veo que no escuchas, joven. Soy la verdad desde el momento en que quieras creer en mí -dijo satisfecha el ave-. Mi nombre es Saena y mi poder y sabiduría son sobrehumanos. Tengo el poder de curación y soy mediador entre la Tierra y el Cielo.
– ¿Y qué quieres de mí? -le interrogó Gabriel más asustado que nunca-. Ninguna droga había conseguido llevarle a este estado de miedo e ilusión ante lo que le esperaba.
– Ven y lo verás -contestó-.
El Saena montó a Gabriel sobre él, pegó un salto y empezó a batir sus alas. Se elevaron del suelo haciendo piruetas y gritos en el aire has alcanzar un punto del ancho cielo desde el que todo a sus pies se hacía virutas de chocolate que se disolvían al alcanzar mayor altura.
– ¿A dónde me llevas? -preguntó Gabriel-.
– Quiero llevarte al pasado, a la tierra donde todo empezó.
Continuaron el vuelo a gran velocidad dejando que el aire refrescara sus mejillas cada vez más sonrojadas por la emoción. Cuando empezaron a descender, Gabriel divisó un monte en el que había tres grandes piedras colocadas de tal manera que, desde el cielo, dibujaban la silueta de una hermosa cruz.
Al descender, Saena se paró ante la piedra mayor y se inclinó ante ella como si estuviera ante un altar. Fijó su mirada en Gabriel y comenzó a explicar: «Hace muchos años mi morada estaba en aquel hermoso árbol que puede verse a lo lejos, el Árbol de la Vida. Cada mañana batía mis alas para diseminar las semillas que hacían crecer toda la vegetación de la Tierra. Un día, ante el revuelo que se estaba creando en la Tierra, me fue encomendada la misión de traer la paz al mundo. Confiaban en mí, en el valor y gallardía que poseía mi poca edad, para traer la esperanza a este mundo abocado a su propia destrucción. Después de varios años de intenso trabajo entre los distintos pueblos, fui traicionado por mi hermano el cual había sido cegado por el poder que veían perder entre sus manos. Los Saenas que habían creído en mí, de repente se volvieron furiosos e incontrolados. Me trajeron a este lugar y sobre esta piedra llagaron todo mi cuerpo hasta que mi último aliento llegó en oración hasta el cielo».
El Saena había emprendido de nuevo el vuelo hasta llegar a un pasado muy cercano en el que Gabriel pudo reconocerse.
– Ahí estás tú, Gabriel, -señaló Saena- tan valiente y orgulloso de tu vida como lo estaba yo. Hasta que ese torpe día hizo que creyeras que consumir droga era la solución a tus problemas. Como yo también, te fuiste guiando hasta tu propia piedra de la aniquilación, pero la diferencia estaba en que tú te dirigías a ella en completa libertad. Yo luchaba y creía en los demás y tú solo has sabido quejarte y pensar en ti.
– ¡Volvamos al presente, quiero irme de aquí! -gritó cobardemente Gabriel- ¿Qué significa todo esto? ¿Cómo es que estás vivo todavía?
– Gabriel, yo sigo vivo para todos aquellos que quieren creer en mí, para todo aquel que quiera nacer a una nueva vida, darle un nuevo sentido. Curar sus heridas, ese es mi poder. Tú tienes que llenarte de nuevo de la esperanza que tenías años atrás. Tu vida sigue colmando la de los demás, no lo olvides nunca.
– Dime que no estoy alucinando de nuevo -replicó Gabriel- ¿Qué debo hacer entonces?
– Levántate de nuevo, lucha por tu vida y deja que yo te sane. Aprende de mi sabiduría y resucitarás conmigo. Yo soy tu verdad, Gabriel, y hoy he venido a recogerte y curarte.
Diciendo esto el Saena se despidió mostrando su hermosa cola de pavo real al tiempo que desaparecía. Gabriel, de regreso a casa y al igual que los dos de Emaús, fue comprendiendo todo lo que Saena le había dicho. Poco a poco, dio un definitivo adiós a las drogas y su mundo se convirtió en ese hermoso «árbol de la vida» desde donde pudo sembrar el amor y el bien a todos los que le rodeaban.