El camino a Belén

En vísperas del nacimiento de Cristo
En vísperas del nacimiento de Cristo (Michael Rieser)

Luis Mª Mendizábal | Si hay algo por lo que destacan María y José en el momento previo al nacimiento del Señor, es el abandono a la providencia de Dios, abandono sencillo y confiado. Si vamos con mirada penetrante al relato del evangelio, advertimos un abandono heroico a la providencia de Dios.

Se acerca el día del nacimiento del Niño. Ellos saben que es el Mesías que debía nacer en Belén, y no hay el menor signo de que vaya a nacer allí. Estas son pruebas también de la fe. Juan Pablo II habla en su encíclica Redemptoris Mater, de la oscuridad de la fe de la Virgen, de la fatiga de su corazón. Esto es para ellos una prueba verdadera. María confía en el Señor. Se le ha dicho simplemente que Jesús será el descendiente de David, que ocupará el trono de su padre, será el Mesías.

Se acerca el nacimiento y están en Nazaret. ¿Cómo es que va a nacer en Belén?, ocupados sin duda en preparar las cosillas más necesarias. No podrían estar cruzados de brazos. Preparan lo que saben y pueden. Y así, esperándolo todo del Señor, abandonados a su providencia, aparece el decreto del emperador romano: que cada uno se inscriba en el lugar de origen de su familia. ¡Qué caminos del Señor!, ¡cómo nos cuesta reconocer los caminos de Señor! A María y a José les costó muy poco reconocer en este decreto el dedo de Dios.

Si uno pondera esto en un nivel puramente racionalista, tendría muchas cosas que decir, porque la orden venía de un emperador pagano que no pretendía en nada buscar la voluntad de Dios ni había pensado en ello ni de lejos, quizás ni creía en Dios. Da esa orden por intereses humanos, para enriquecerse, para imponer impuestos. Pero es orden válida, y esa orden es la que Dios quería que sirviera a María y a José como indicador de su camino hacia Belén. ¡Cómo el Señor juega con los elementos humanos! ¡Cómo ordena todas las cosas para nuestro bien!

Ellos lo reconocen, es el dedo de Dios. Jesús proclamará: “bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios” (Mt 5,8). Y lo verán no sólo al morir, llegando a la visión de Dios, sino que también verán a Dios en los detalles de cada día. El que tiene el corazón limpio, reconoce a Dios en todas sus presencias. María y José, corazones puros que sólo buscan el agrado de Dios, notan inmediatamente la mano de Dios y obedecen. Reconocen con espíritu de fe la voluntad del Padre y se ponen en camino, es una obediencia difícil, costosa, en circunstancias especiales y dificultosas, pero no dudan un momento en emprender un camino largo de unos 120 km.

Fijémonos en esto, porque en los misterios de Cristo, no sólo se nos revela el misterio concreto y el corazón del Señor, sino también se suelen manifestar los caminos para llegar a ese misterio, a vivir ese misterio. ¿Qué dispone Dios que hagan la Virgen y San José para prepararles al éxtasis del nacimiento? Porque Él los prepara para el momento cumbre, el éxtasis del nacimiento. ¿Cuál es el camino? Es obedecer, con sumas dificultades, renunciar a lo poco que habían preparado en Nazaret, ciertamente era poco, pero lo habían preparado con el amor más grande del mundo. Por amor a ese Jesús que iba a nacer y, sin embargo, Dios les pide que aun eso lo dejen.

¡Cómo nos cuesta esto a nosotros!, con decir que hacemos las cosas por amor de Dios, nos pegamos tanto a eso bueno que queremos hacer, que nos parece que Dios mismo no nos puede pedir que renunciemos a lo que estamos buscando por amor de Él. Ese es nuestro mal. Y sin embargo no conocemos los caminos que tienen que llevarnos al éxtasis del nacimiento. El camino va por ahí, renuncia, desprendimiento, abandono a la providencia de Dios.

Esta es la llamada de Juan Bautista: “yo soy la voz del que clama en el desierto, preparad el camino del Señor” (Jn 1,23). En el despego de las cosas de este mundo, preparad los caminos de Señor. Esto es lo que hacen la Virgen y San José, renunciar a lo poco que habían preparado, y así Dios los prepara para el éxtasis del nacimiento.

Quizá si nos hubieran preguntado a nosotros nuestro parecer de cómo prepararse para un acontecimiento tan único y tan extraordinario, les hubiésemos aconsejado que se retirasen de toda preocupación, que se aislasen de todo, que lo dejasen todo, se fueran a un lugar solitario, allí a una montaña, a una ermita, para estar allí en contemplación, en oración intensa, esperando ese momento para vivirlo con todo fervor y entusiasmo.

Pues no era ese el plan de Dios. Los prepara con un viaje duro, haciéndoles salir de su casa, inquietarse, caminar días enteros, la verdadera preparación está en esto: abandono a la voluntad de Dios, obediencia, renuncia, ahí están las tres virtudes que van apareciendo. Esto tenemos que aprenderlo porque no hay otro camino para abrazar en nuestro espíritu a Cristo, no hay otro camino: abandono, obediencia, renuncia.

La Iglesia el día del Corpus, en uno de los himnos inspirados de santo Tomás de Aquino, dice: “por tus caminos llévanos a donde vamos”. “Por tus caminos”, no por los míos. Este es el contraste; Señor llévame por tus caminos a donde voy. Por tus caminos que para mí son muchas veces incomprensibles, insospechados. Por tus caminos: obediencia, abandono, renuncia.

¿Y para qué todo esto? San Ignacio en esto hace una observación cuando habla de este “trabajar” de Jesús, ¿para qué hace todo esto?; dice: “caminar y trabajar para que el Señor nazca en suma pobreza”, y luego añade: “y al final de tantos trabajos de hambre y sed, de calor y de frío, de injurias y afrentas, para morir en cruz, y todo esto por mí”.

Todo esto es para nacer en suma pobreza y llegar hasta la cruz. Lo ve como una proyección hacia la cruz. Es su ofrecimiento al entrar en este mundo, lo que busca es morir por nosotros. Va a nacer para morir por nosotros. Para nacer en suma pobreza es para lo que el Señor les hace trabajar a María y a José. Para ser pobre hay que trabajar.

En este mundo se trabaja para adquirir dinero, para asegurarse el porvenir, la jubilación, los años de vejez, para disfrutar más delante de la vida, nunca para ser pobre, sería incomprensible. El Señor hace abandonarse, obedecer, renunciar a María y a José para nacer en suma pobreza, y después de los trabajos de la vida, morir en la cruz. Ahí tenemos el estilo de Cristo. En estos detalles vamos adquiriendo el conocimiento interno del Señor, entrar en su corazón, entrar en su interior, es lo que quiere y busca.

En una ocasión, el Padre Nadal le preguntaba a san Ignacio, -era compañero, pero se había adscrito al grupo un poco tarde, y era mayor-: “padre Ignacio, deme una fórmula para llegar pronto a la santidad”, y san Ignacio le contestó: “Padre Nadal, mirad lo que hace el mundo, y haced vos lo contrario y llegaréis enseguida a la santidad”. Es una frase que no se puede tomar al pie de la letra, pero es un principio que nos indica algo de mucho valor: que el camino de Dios no va por el camino del mundo y que es necesario tener el valor de romper con los caminos del mundo.

Pensemos en esto; Jesucristo les hace trabajar para nacer en suma pobreza, dándonos ejemplo de dónde están los verdaderos valores. Muchas veces, casi siempre, tendréis que trabajar para vivir en suma pobreza, no os dejarán, tendréis que fatigaros. Haced la prueba, pretended vivir en suma pobreza y veréis cuánto os dificultan por todas partes.

Podemos fijarnos en ese camino, que con tanto cariño describe san Ignacio cuando dice: “hacerme esclavito indigno, como si presente me hallara, sirviéndoles en sus necesidades, haciéndome yo un pobrecito y esclavito indigno”, se ve todo el cariño de san Ignacio a este misterio. Contempla a la Virgen recogida, llevando en su seno al Hijo de Dios. Me enseña el modo de caminar a través del mundo, como Ella camina ahora, para lo cual necesitamos el recogimiento de los sentidos, lo necesitamos mucho.

Recogimiento de los sentidos no significa no usar de los sentidos, significa llevar los sentidos con brida, es decir, dominar el uso de los sentidos, aplicarlos a lo que conviene aplicarlos, eso es recogimiento de los sentidos, los llevo recogidos.

La Virgen no se prepara al éxtasis del nacimiento retirándose a una soledad. Pero a través de ese recogimiento, camina en medio del mundo. Y ese recogimiento es fácil cuando se lleva una riqueza interior como la Virgen, cuando lleva en su seno al Hijo de Dios. Espontáneamente recoge los sentidos porque hay un peso interior. El recogimiento se hace fácil así, cuando llevamos la presencia del Señor.

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