Corazón de Jesús, fuente de vida y santidad (2ª parte)

Cristo con la Samaritana
Cristo con la Samaritana (M. I. Rupnik y Taller de Arte del Centro Aletti)

Pablo Cervera Barranco | El evangelista san Juan era un gran conocedor de toda la revelación del Antiguo Testamento, no sólo en lo que eran referencias a las prescripciones respecto al cordero pascual, sino también de los libros proféticos, especialmente Zacarías y Ezequiel, libros a veces difíciles de comprender pero necesarios para acercarnos a descubrir la plenitud de la revelación ya anunciada y realizada en Jesucristo.

El profeta Zacarías dice: «Aquel día no habrá ya luz, se hizo tinieblas, terremoto, sino frío y hielo. Un día único será, no habrá día y luego noche, sino que a la hora de la tarde habrá luz. Sucederá en aquel día que saldrán de Jerusalén aguas vivas, mitad hacia el mar oriental, mitad hacia el mar occidental, las habrá tanto en verano como en invierno» (Zac 14, 6-8).

«Os rociaré con un agua pura» (Ez 36,25). Este es el rocío, la fuente, el espíritu de gracia, el don del Espíritu. «Brotaran de su interior ríos de agua viva. Y esto lo decía referido al Espíritu» (cf. Jn 7,38ss): es el don último.

Acerquémonos por último a unos textos de Ezequiel que son muy conocidos pero que ayudan a comprender el alcance de esta escena. De ahí que el evangelista diga: «El que lo vio da testimonio y sabe que su testimonio es verdadero». En la noche de Pascua, solemos cantar «Vi un agua que manaba del lado derecho del Templo» (Ez 47, 1).

«Me llevó a la entrada de la Casa (el Templo) y he aquí que debajo del umbral, debajo del umbral del Templo, salía agua en dirección a Oriente porque la fachada del templo miraba hacia Oriente. El agua bajaba de debajo del lado derecho del Templo». Es el Corazón, el lado derecho. «Luego me hizo salir al pórtico y he aquí que el agua fluía y seguía creciendo hasta un agua que no se podía pasar a nado y vi que a la orilla del torrente había gran cantidad de árboles»: es la fecundidad de esta agua. «Este agua sale hacia la región oriental desemboca en el mar, y en el agua hedionda, el agua queda saneada. Todo lo que toca esta agua queda saneado y purificado por donde quiera pase el torrente, todo ser viviente que en él se mueva, vivirá. Si es ser viviente, revivirá de la nueva creación. Los peces serán muy abundantes porque allí donde penetra esta agua lo sanea todo. Y la vida prospera en todas partes a donde llega el torrente, etc.» (Ez 47,1ss).

El agua del lado derecho, el torrente que todo lo sana, ese torrente que todo lo fecunda a orillas del torrente, a uno y otro margen, hace que crezca toda clase de árboles frutales. Es la fecundidad del Espíritu, en todo tipo de dones, de carismas, de gracias: no se marchitarán, sus frutos no se agotarán, producirán todos los meses frutos nuevos porque esta agua viene del Santuario. «Hablaba del Santuario, del Templo de su Cuerpo» (cf. Jn 2,21).

«Todos deseamos beber del Corazón divino, que es fuente de vida y de santidad. En Él nos ha sido dado el Espíritu Santo, que se da constantemente a todos aquellos que con adoración y amor se acercan a Cristo, a su Corazón. Acercarse a la fuente quiere decir alcanzar el principio. No hay en el mundo creado otro lugar del cual pueda brotar la santidad para la vida humana, fuera de este Corazón, que ha amado tanto. “Ríos de agua viva” han manado de tantos corazones… y ¡manan todavía! De ello dan testimonio los Santos de todos los tiempos» (Juan Pablo II, Ángelus, 19 de agosto 1986).

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