Arde el mundo y el corazón

Icono de la Virgen María y el Niño

Fr. Rafael Pascual Elías, OCD | ¡Orar! ¡Orar siempre! ¡Orar constantemente! ¡Orar dando gracias a Dios! Orar… Estar siempre en oración con el corazón encendido por puro amor de Dios. Es algo que tenemos que vivir en primera persona si de verdad nos hemos encontrado con Cristo y descubierto las maravillas que manan de su Sagrado Corazón. Y cuando oramos, no hemos de hacerlo solos, que también, sino unidos a los que más cerca tenemos, nuestros familiares y amigos. Así sentimos la fuerza de la unión. ¡Orar en familia! ¡Orar con los amigos! ¡Orar con toda la Iglesia! ¡Orar movidos por el Espíritu Santo! ¡Oremos! ¡Clamemos al Padre! ¡Busquemos al Amor hecho carne!

No podemos callar ante la necesidad tan urgente de oración en nuestros días y nuestro mundo. Y esto no es de ahora, del siglo XXI; ya lo promovía Santa Teresa entre sus monjas cuando inicia el Carmelo Descalzo allá por los años finales del siglo XVI en un rincón de Ávila, cuando escribe su Camino de perfección. En toda época histórica hay momentos clave donde la oración es algo que no puede faltar. Y si falta las consecuencias se notan y se sufren.

Es lo mejor que podemos hacer ahora que comienza el curso y queda atrás el verano. ¡Tenemos que romper con perezas y desganas y ponernos manos a la obra! ¡Es tiempo de caminar como diría la Santa de Ávila! ¡Vamos! Nos abrimos a un momento de gracia para orar con el corazón por un mundo que arde en llamas de conflictos, divisiones, peligros,… Y si oramos como pide Santa Teresa a sus monjas, surgirá otra llama, la que arde en cada corazón que ora con ardor y pone todo ante el sagrario para que llegue la calma y el mundo mire a su auténtica meta, al Dios vivo y verdadero que nos ha prometido la eternidad.

Y para todo ello es necesario algo muy importante, el motor de toda oración es el amor. Sí, el amor a Dios y a los hombres. Un amor humilde, confiado y perseverante que nos abre las puertas del cielo para pedir al Padre eso que arde en nuestro corazón por el bien de la humanidad. Puede parecernos algo complejo, pero, si seguimos los consejos de la Madre Teresa de Jesús, seguro que todo es más fácil y hasta cogemos carrerilla y rezamos cada vez más veces y con más intensidad a lo largo del día. Aprovechemos el libro que escribe cuando sus primeras hijas, las carmelitas descalzas de San José de Ávila, le piden que les enseñe a rezar. Como castellana recia es directa, va al corazón. Les dice que para rezar lo mejor es seguir la oración que nos enseñó nuestro Señor Jesucristo, el Padrenuestro; y así se pone a orar en voz alta, mejor dicho por escrito, comentando cómo reza ella cada una de las sentencias de dicha oración, pero antes les hace una aclaración, que también la necesitamos nosotros: de nada nos vale rezar si antes no vivimos el amor, el desapego de todo lo mundano y la humildad. Así ya podemos empezar. ¿Lo intentamos? ¡Encendamos en amor nuestro corazón! ¡Veamos cómo arde el mundo! ¡Lancémonos a orar como la gran maestra de oración! ¡Llega nuestra hora! ¡Oremos con fe!:

“¡Oh hermanas mías en Cristo! ayudadme a suplicar esto al Señor, que para eso os juntó aquí; éste es vuestro llamamiento, éstos han de ser vuestros negocios, éstos han de ser vuestros deseos, aquí vuestras lágrimas, éstas vuestras peticiones; no, hermanas mías, por negocios del mundo; que yo me río y aun me congojo de las cosas que aquí nos vienen a encargar supliquemos a Dios, de pedir a Su Majestad rentas y dineros, y algunas personas que querría yo suplicasen a Dios los repisasen todos. Ellos buena intención tienen y, en fin, se hace por ver su devoción, aunque tengo para mí que en estas cosas nunca me oye. Estáse ardiendo el mundo, quieren tornar a sentenciar a Cristo, como dicen, pues le levantan mil testimonios, quieren poner su Iglesia por el suelo, ¿y hemos de gastar tiempo en cosas que por ventura, si Dios se las diese, tendríamos un alma menos en el cielo? No, hermanas mías, no es tiempo de tratar con Dios negocios de poca importancia” (Camino de perfección 1,5).

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