Orar en la noche

Fr. , OCD | Jesús nos enseña a rezar al Padre con todo su ser; mientras un día está orando en compañía de sus discípulos, uno le dice, “Maestro, enséñanos a orar, como enseñó Juan a sus discípulos” (Lc. 11,1). Y Jesús, que ve sus rostros fijos en Él y sus corazones abiertos de par en par esperando calmar sus dudas, y sobre todo su sed de orar como el mismo Maestro ora al Padre, lo que hace es orar en voz alta delante de ellos. Ora con ellos al Padre diciendo: Padrenuestro que estás en los cielos… Obra y palabra se unen de tal manera que lo que parecía algo tan difícil queda todo envuelto en una oración sencilla, pero llena de contenido. Todo se dice con el corazón puesto en el Padre. Así reza Cristo al Padre y así rezamos nosotros. Y así tenemos que enseñar a rezar a los que vienen detrás de nosotros.
No olvidemos que estamos en el año jubilar de San Juan de la Cruz. También el santo abulense nos enseña a orar. Lo hace siguiendo los pasos de Cristo, abriendo su corazón al Padre y dejándonos oraciones vivas que brotan de lo más profundo de su ser. Y si vamos más allá nos damos cuenta que todo lo que vive lo hace poesía: recorramos su vida y entenderemos mejor los poemas de San Juan de la Cruz. Son todo oraciones sublimes que van desde lo más hondo del alma hasta lo más alto de la gloria del Padre. Así es San Juan de la Cruz, un enamorado de Jesucristo que pasa “fuertes y fronteras” y todo lo que sale en su camino con tal de llegar al encuentro con el Amado.
Podemos tomar cualquier poema, pero dadas las fechas del año, cuando tanto calor hace y las noches invitan a no descansar sino a hablar en familia o con amigos en el pueblo o allí donde vayamos antes de volver al trabajo, nos viene muy bien aprender de San Juan de la Cruz a orar en la noche. Una cosa es la noche natural y otra la noche espiritual, que es el proceso de purificación del alma para llegar a la unión con Dios. El místico doctor, con su maestría sin par, une ambas realidades en un poema muy difícil de superar: Noche oscura. Ha pasado por la persecución y cárcel conventual en Toledo y ya está libre y renovado por los campos de Andalucía cuando pone en verso esa vivencia tan dura, amarga y dolorosa de la negación espiritual que no se entiende sin el amor singular de Dios a la persona. Cuando Dios quiere a un alma y la quiere unir de tal manera a él, le quita todo para que pueda llenarla después de su amor. Es algo que cuesta entender, que cuanto más quiere Dios a alguien más difícil y dolorosa es su vida; pero ahí está lo que no se puede olvidar nunca: es una historia de amor de Dios con el alma. El alma busca a Dios y Dios busca al alma. Y el encuentro se produce en la noche, cuando no se ve nada, cuando parece que Dios no está, cuando estamos solos, cuando el sufrimiento nos domina, cuando nos quedamos ciegos del todo…
Esa experiencia si la afrontamos con ojos de fe, esperanza y caridad nos lleva a descubrir a Dios en nuestro corazón de una manera totalmente diferente. Es Dios que quiere hacernos unas criaturas nuevas llenas de su amor. Pero para eso nos tiene que labrar y vaciar del todo. Y eso duele, pero luego… ¡Llega la luz del día! Y ahí volvemos a la noche natural que sigue al día. ¿Por qué no aprovechamos las noches de verano para escondernos en un lugar donde abrimos nuestro corazón a Dios y le dejamos que nos llene de su amor? Eso hacía San Juan de la Cruz en el convento de Segovia, salía a la huerta, se escondía en una pequeña cueva que hay y dejaba que la noche, el silencio y el lejano rumor del río le llevaran de nuevo a Toledo, donde vive lo mismo, pero de otra manera, estando encerrado en una celda del convento. Entonces sufre lo que sólo él sabe, pero cuando sale, su corazón no para de dar gracias a Dios. Clama con fuerza diciendo “En una noche oscura/ con ansias en amores inflamada/ ¡oh dichosa ventura!/ salí sin ser notada/estando ya mi casa sosegada”. Ha salido, ya es libre, está lleno del amor de Dios. Vive de otra manera. Y mira al cielo sabiendo que todo es pura providencia divina para él.
Pero lo que nos deja muy claro es que todo sucede en medio de la noche, cuando todo calla y Dios habla. Dios habla en la noche…: “¡Oh noche que guiaste!/¡Oh noche amable más que el alborada!/ ¡Oh noche que juntaste/ Amado con amada/ amada en el Amado transformada!”. Ahí quería llegar, a la noche, la media noche, a esas noches de verano cuando en la montaña, recordando a mi querido padre San Juan de la Cruz, salgo de casa, busco un lugar donde recogerme y abro mi corazón a Dios en medio de la noche. Es algo… ¡Hay que vivirlo! ¡Es pura presencia de Dios! ¡Todo es luz en la noche! Pero… eso es la noche natural, la noche espiritual es la que une al alma de Dios quitándole todo y dejándola de noche por dentro…
Pero sabemos que después llega el día, o mejor dicho el amanecer que es algo muy diferente al mediodía, es empezar a ver poco a poco lo que antes no veías porque queráis ver tú mismo, y no lo que Dios quería para ti. Cuando todo el proceso de purificación espiritual termina, el gozo, la alabanza y el descanso es de tal grado que el alma es otra. Todo esto sucede porque es Dios quien ha transformado el corazón de su amada y ha terminado su obra. Por eso podemos decir ahora, escondidos en una noche de verano, aquello que San Juan de la Cruz vive, escribe y nos deja como herencia para aprender a orar en medio de la noche:
“Quedéme y olvídeme,
el rostro recliné sobre el Amado,
cesó todo y dejéme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado” (San Juan de la Cruz, Noche oscura).