Santa Teresa del Niño Jesús

Santa Teresa del Niño Jesús

César Ruiz, Misionero comboniano

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Santa Teresa del Niño Jesús

Santa Teresa del Niño Jesús

Nació en Alençon (Francia) el 2 de enero de 1873. Sus padres Luis Martín y María Celia Guérin tuvieron nueve hijos: cuatro murieron a temprana edad, y las cinco hijas que les quedaron se hicieron religiosas. Teresa era las más pequeña y, cuando tenía 4 años, perdió a su madre y quedó al cuidado de su padre y de sus hermanas. Entonces el Sr. Martín y su familia se trasladaron a Lisieux. En esta ciudad había un convento de Carmelitas de clausura y en él ingresaron las dos hijas mayores. Luego, en un convento de la Visitación, ingresó la tercera. Más tarde, cuando Teresa cumplió 14 años le comunicó a su padre su deseo de hacerse carmelita; contando con su apoyo, y después de sortear diversos obstáculos, el 9 de abril de 1888 pudo ingresar en el Carmelo de Lisieux, a la edad de 15 años, para «salvar almas y rezar por los sacerdotes».

El 8 de septiembre de 1890, fiesta de la Natividad de la Virgen María, hizo su profesión religiosa con el nombre de Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz y renunció a todo lo que no fuese Dios, para consagrar su vida a «amar a Jesús y hacerlo amar».

El 9 de junio de 1895, fiesta de la Santísima Trinidad, se ofreció como víctima de holocausto al Amor Misericordioso de Dios, para amarlo y hacerlo amar y trabajar por la salvación de las almas.

Durante la Cuaresma de 1896, Teresa sufrió la primera hemoptisis y, en septiembre de ese año, notó que su vocación de “carmelita, esposa y madre” ya no le bastaban. Durante su oración, se sintió identificada con Cristo y experimentó grandes deseos de ser sacerdote, profeta, misionero y mártir. En la primera carta de san Pablo a los Corintios, en el pasaje que habla de la caridad, encontró la respuesta a sus inquietudes: «La caridad me dio la clave de mi vocación… Entendí que sólo el amor es el que impulsa a obrar a los miembros de la Iglesia y que, si faltase este amor, ni los apóstoles anunciarían el Evangelio, ni los mártires derramarían su sangre. Reconocí claramente y me convencí de que el amor encierra en sí todas las vocaciones, que el amor lo es todo, que abarca todos los tiempos y lugares, en una palabra, que el amor es eterno. Entonces, llena de una alegría desbordante, exclamé: “Oh Jesús, amor mío, por fin he encontrado mi vocación: mi vocación es el amor. Sí, he hallado mi propio lugar en la Iglesia, y este lugar es el que tú me has señalado, Dios mío. En el corazón de la Iglesia, que es mi madre, yo seré el amor; de este modo lo seré todo y mi deseo se verá colmado”».

Su vida religiosa la vivía haciéndolo todo con mucho amor. Evitaba entrometerse en discusiones comunitarias que perturban la paz, prestaba pequeños servicios a las demás y procuraba pasar desapercibida. Aceptaba en silencio las críticas que pudieran ser injustas y favorecía a las hermanas que eran desagradables con ella.

Pensaba que «el celo de una carmelita debe abarcar todo el mundo» y decía: «Quisiera ser misionera, no sólo durante algunos años, sino haberlo sido desde la creación del mundo y seguir siéndolo hasta la consumación de los siglos».

La idea de hacerse hermana espiritual de los misioneros le atraía enormemente; por eso le concedieron ofrecer sus sacrificios y oraciones por el joven seminarista Mauricio Bellière, de los Padres Blancos, que luego sería misionero en África. Más tarde, también le confiaron otro misionero: el P. Adolfo Roulland, de las Misiones Extranjeras de París, que fue destinado a China. La correspondencia con estos misioneros mantenía siempre vivo el celo que la consumía por la evangelización de los pueblos que todavía no conocían a Cristo. Por todos ofrecía oraciones y sacrificios. Para ella ser religiosa significaba ser «esposa de Jesús y madre de las almas».

Pero la tuberculosis que padecía se fue agravando. Un día, cuando ya se encontraba muy enferma, estaba dando un pequeño paseo por el jardín y, al verla caminar con tanta dificultad, una hermana de comunidad la invitó a sentarse. Ella le dijo: «¿Sabe lo que me da fuerzas? Pues bien, ando por un misionero. Pienso que allá muy lejos puede haber uno casi agotado de fuerzas en sus viajes apostólicos, y para disminuir sus fatigas, ofrezco las mías a Dios». También dijo: «Estoy convencida de la inutilidad de los remedios que tomo para curarme. Pero me las he arreglado con Dios para que se aprovechen de ellos los pobres misioneros, que no tienen tiempo ni medios para curarse. Pido a Dios que los cuidados que a mí me prodiguen les curen a ellos».

Unos meses antes de dejar este mundo dijo: «Siento que pronto va a empezar mi misión de hacer amar a Dios como yo le amo, y de enseñar a muchos el camino espiritual de la sencillez y de la infancia espiritual. El deseo que le he expresado al buen Dios es el de pasar mi cielo haciendo el bien en la tierra, hasta el fin del mundo».

Finalmente, el 30 de septiembre de 1897, por la tarde, estando ya en agonía, dijo a la madre priora: «¡Ay, Madre! Le aseguro que el cáliz está lleno hasta los bordes… jamás hubiera creído que era posible sufrir tanto… No puedo explicármelo sino por mi deseo máximo de salvar almas». Sus últimas palabras fueron: «Dios mío, te amo», y mirando el crucifijo que apretaba entre sus manos expiró.

Teresa falleció a los 24 años, y, en los nueve años que pasó en el convento de Lisieux, escribió su obra principal «Historia de un alma», y también algunos poemas, obras de teatro, cartas y oraciones. Ella, en sus escritos, dio a conocer el “caminito” de la infancia espiritual. El camino de la confianza y del total abandono en Dios. Para avanzar en este camino de santidad no se necesitan acciones heroicas, sino hacerlo todo con sencillez y amor.

Santa Teresa del Niño Jesús nos invita hoy a apoyar las misiones con nuestras oraciones y sacrificios y a ser en el mundo testigos y apóstoles de Jesucristo, misionero del Padre.

El 17 de mayo de 1925, Teresa del Niño Jesús, fue canonizada por Pío XI. En 1927, el mismo pontífice la nombró «Patrona de las Misiones» junto con san Francisco Javier. En 1997, en el centenario de su muerte, san Juan Pablo II la proclamó «Doctora de la Iglesia». Se le representa como religiosa carmelita, abrazando un crucifijo envuelto en rosas. Su fiesta se celebra el 1 de octubre.

Santa Teresa del Niño Jesús


Frases

«Para mí, la oración es un impulso del corazón, una simple mirada dirigida al cielo, un grito de agradecimiento y de amor, tanto en medio del sufrimiento como en medio de la alegría».

«La santidad no consiste en esta o la otra práctica, sino en una disposición del corazón que nos hace humildes y pequeños entre los brazos de Dios».

«La bondad y el amor misericordioso de Jesús son poco conocidos… Pero para disfrutar de estos tesoros hay que humillarse, reconocer nuestra nada, y esto es lo que muchas almas no quieren».

«Una sola cosa deseo: la voluntad de Dios… Quiero todo lo que Dios me dé».

«Yo no puedo tener miedo a un Dios que se ha hecho tan pequeño por mí… ¡Yo lo amo! Pues Él es sólo amor y misericordia».

«Todos nuestros pecados, si confiamos en la divina misericordia, son como una gota de agua arrojada a un gran horno encendido».

«Yo nunca aconsejo nada a nadie sin haberme encomendado a la Virgen Santísima. Ella es la que hace que las palabras que digo tengan eficacia en los que las escuchan».

«Creo que siempre he buscado la verdad».

«Después de mi muerte, haré caer una lluvia de rosas».

«Quiero pasar mi cielo haciendo el bien en la tierra».


Santa Teresa del Niño Jesús (1873-1897)

Patrona de las misiones y doctora de la Iglesia

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