María en Caná, modelo de intercesión

| Después de contar el llamamiento a los primeros discípulos pasamos al segundo capítulo con estas palabras: “Tres días después se celebraba una boda en Caná de Galilea” (v.1). Apenas llama a los discípulos, los coloca bajo la guía de la Virgen. Parece que el enfoque de San Juan es poner a los discípulos bajo la acción maternal de María, educadora del discípulo. A ella se le confía. Gracias a la intervención maternal de María los discípulos pueden ver el signo. Y viendo el signo, “creyeron”. No necesariamente significa que por primera vez creyeron. Puede tratarse de que se afianza la fe en aquel a quien han comenzado ya a seguir –eso incluía ya un acto de fe en Él-.
El signo en San Juan
San Juan llama a esto el “primer signo”. A través de estos signos vemos el misterio. Todos los signos de San Juan hacen referencia al gran signo que es la cruz. María estaba al pie de la cruz del Señor y ahora también se recalca que estaba.
Los signos son obras de amor. En ellos se revela el amor de Dios por los hombres que hace redención. Y María actúa siempre en plena sintonía con el Corazón del Señor. Ha existido siempre: El primer latido del Corazón de Jesús fue: “Aquí vengo para hacer oh Dios, tu voluntad” (Hb 10, 7). Coincide con la ofrenda de la Virgen que decía: “He aquí la esclava del Señor” (Lc 1, 38). Esta sintonía se mantiene, se va haciendo más honda. Es la que aparece aquí. Tenemos que sintonizar con ellos como una invitación a vivir lo mismo.
Jesús presente
La presencia de Jesús y María en este hecho real indica algo importante: El Señor nunca viene a quitar los sanos goces humanos. El Señor nunca aparece como aguafiestas. Ofrece mayores. Su deseo es ser invitado a todo lo nuestro. Nuestro mundo necesita aprender a acoger a Jesús en sus alegrías y gozos. Y que sus alegrías sean tales que soporten la presencia del Señor.
Y en medio de esa boda empieza a faltar el vino. En esto se ve lo que es la realidad de las alegrías puramente humanas. Que con el uso se deterioran. Podríamos llamarla la ley de la degradación de la alegría.
La figura de María
Aquí aparece admirablemente. Percibiendo rápidamente el problema busca solución en Jesús: “Como faltaba el vino, le dice su madre a Jesús: ‘No tienen vino’” (v. 2). Resulta preciosa la figura de María que tiene una postura tan discreta… Generalmente las mujeres solían estar sirviendo. Estaría también ayudando a una cosa y otra, pero siempre en ese servicio escondido.
Aparecen los aspectos de la redención en este protosigno: Aparece Jesús, la Virgen, los servidores que representan a los apóstoles –instrumentos del Señor-.
María en su puesto esencial pero con una intervención sencilla que la retrata. Discreta, pero no rara, ni retraída, ni tímida, ni escondida. Participa sencillamente de la fiesta que se está celebrando con una postura vigilante. Y cae en la cuenta de lo que pasa y lo siente mucho. Se pone en el lugar de los novios y aquello le llega al corazón.
Por su cuenta, sin que nadie la mueva. Movida por su corazón de madre al que le ha afectado lo que entrevé. Haciendo suya la humillación de aquellos pobres esposos, quiere remediar la necesidad.
Consciente de que esto, como tantas cosas, sólo tiene remedio en Jesús, acude a Él. Discretamente le dice: “Señor, no tienen vino”.
La oración de exposición
Una petición que solo muestra la necesidad. No es súplica ni lamento solo dice: “remedia esta necesidad”. Pero no solo exposición de algo que Jesús ya conoce. María muestra su corazón afectado. La verdadera intercesión brota de un amor al que le llegan los males del otro. Su palabra invita a poner remedio. Si no lo llevara en su corazón, no tendría esa eficacia. La novedad y la eficacia están en presentar lo que ocurre en su corazón de madre. Esto le llega a Jesús.
Es como con aquella cananea que se acercó al Señor diciendo que tuviese compasión de ella (cf. Mc 7, 25). No dijo que la tuviera de su hija. Era la hija quien tenía un demonio. Pero como el dolor es suyo, por eso dijo que tuviese compasión de ella.
Nosotros tenemos que llevar en el corazón las necesidades de la gente al orar por ellas. El amor lleva a asimilarlas y sentirlas, de modo que el Señor vea que nuestro corazón está afectado. Los deseos del corazón son oración ante Dios y no tanto las palabras pronunciadas. Lo mismo ocurre en el mensaje de las hermanas de Lázaro: “El que tú amas está enfermo” (Jn 11, 3).
La verdadera petición: Dios cuenta con nuestra colaboración
La oración no es para informar al Señor de algo que Él no sepa. Tampoco es para forzarle a hacer lo que no quiere hacer. A eso se refiere Jesús cuando dijo “cuando oréis, no charléis mucho, como los gentiles, que se figuran que por su palabrería van a ser escuchados” (Mt 6, 7). Como si a fuerza de pesadez, repitiendo peticiones, movieran a Dios.
Hubo un tiempo en que se puso en duda la oración de petición. El argumento era el siguiente sofisma: primero, no es necesario informar a Dios de lo que sabe; segundo, que si Dios quiere hacer algo, aunque yo no pida, lo hará, y al revés.
Este sofisma es grave. A veces no pensamos suficiente en ello, pero se da. ¿Dónde está el engaño? En primer lugar podemos recurrir al evangelio donde Jesús nos invita a pedir. Segundo, lo grande es que Jesús nos dice: “Rogad al Señor de la mies que envíe operarios a su mies” (Lc 10, 2). No le dice: ¡hombre!, si quiere enviar… ¡No! “Rogad al Señor de la mies que envíe operarios”. A la hora de salvar, Dios cuenta con nuestra mediación. Esta lógica vale en todo. De lo contrario no tendríamos que ir a predicar, ni a confesar, ni a bautizar…
El Espíritu Santo nos mueve a pedir
La oración es la primera colaboración a la realización de la vida eterna. Por eso el Espíritu Santo viene a nosotros y pide en nosotros lo que no nos atrevemos a pedir (cf. Rom 8, 26). Es Él quien nos infunde la petición y el deseo de obtener esa petición. Y cuando somos movidos por el Espíritu, esa oración es eficaz. En el fondo toda oración nuestra es “hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”.
Esta es la razón por la que debemos dar mucha importancia a la petición. Es falso que cuando se llega a un cierto nivel de perfección ya no se pide nada. Cuanto más santos, más somos movidos a pedir: “Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre” (Jn 16, 24). Es el Espíritu el que nos hace capaces de pedir en su nombre. “Y todo lo que pidáis en mi nombre Yo lo haré” (Jn 14, 14).