Un dios de oro (I)

Adoración del becerro de oro
Adoración del becerro de oro (Antonio Molinari)

Antonio Pavía, Misionero comboniano

“Cuando el pueblo vio que Moisés tardaba en bajar del monte, se reunió en torno a Aarón y le dijeron: Anda, haznos un dios que vaya delante de nosotros, ya que no sabemos qué ha sido de Moisés, el hombre que nos sacó de la tierra de Egipto. Aarón le respondió: Quitad los pendientes de oro de las orejas de vuestras mujeres, de vuestros hijos y vuestras hijas y traédmelos…” (Éx 32,1-4).

Hemos creído oportuno, después de dar unas breves pinceladas sobre la Teofanía y la Alianza, dar un salto sobre las prescripciones cultuales, también sociales, que el autor del libro del Éxodo nos da a conocer. Queremos fijar nuestra atención en uno de los hitos que con más fuerza marcará la religión, también la historia, del pueblo elegido: su desviación idolátrica, que se patentiza en el episodio del becerro de oro.

Quizá alguien piense que hemos dado este gran salto un poco precipitadamente, dado que la Teofanía y la Alianza deberían de haber tenido más relevancia. Por supuesto que toda importancia que demos a la Teofanía así como a la alianza de Dios con su pueblo siempre será insuficiente. La cuestión es que, tanto una como otra, serán abordadas con especialísimo interés a lo largo de los capítulos que siguen al acontecimiento del becerro de oro, al que ahora nos remitimos.

Dejando aparte este acaecimiento en el que Israel se volvió hacia la idolatría, considerando a un ser inanimado como garantía más fiable en su caminar por el desierto, nuestro punto de atención se centra en la volubilidad del corazón del hombre; cómo es capaz de apasionarse intensamente por alguien, para después quitárselo de encima como si fuese un lastre. El profeta Jeremías nos dice algo de este corazón nuestro, tan extraño a veces: “El corazón es lo más retorcido; no tiene arreglo: ¿quién lo conoce?” (Jr 17,9).

Retorcido, inconstante, débil y hasta caprichoso. Así es como vemos el corazón de Israel ante la tentación. Aún resuena en nuestros oídos la confesión de fe y amor que hicieron los israelitas al aceptar la alianza que Dios les proponía. Recordémosla: “…Todo el pueblo a una respondió diciendo: Haremos todo cuanto ha dicho Yahveh. Y Moisés llevó a Yahveh la respuesta del pueblo” (Éx 19,8).

Lo dicho. Aún nos suenan estas palabras, tan sentidas como profundas. De ahí nuestra sorpresa al ver a estos hombres inquietarse por el simple hecho de que Moisés tarda en bajar del monte donde Dios le ha convocado. La inquietud sorpresivamente se convierte en zozobra. Moisés no aparece, se han quedado sin guía; miran al horizonte y solamente ven dunas y más dunas. No pudiendo más, se dirigen hacia a Aarón a quien le proponen, quizá no de muy buenas maneras: “haznos un dios que vaya delante de nosotros”.

Esta catequesis es fortísima. Señala la raíz, al mismo tiempo que la falacia, la mentira que toda idolatría lleva consigo. Resulta que se hacen un dios, obra de sus manos, para, después, en la más infantil de las posturas habidas y por haber, darle el nombre de guía. El planteamiento ha sido más o menos el siguiente: Hagámonos un dios al que podamos someter, manejar a nuestro antojo, lo colocamos a la cabeza del pueblo… “para que nos conduzca”.

Es cierto. Nada empequeñece al hombre tanto como la mentira. Deciden caminar por donde les venga en gana, sin someterse a Moisés a quien ya han descartado, y tienen la desfachatez de llamar al becerro obra de sus manos: su dios, su liberador y su pastor. Mentira que infantiliza al hombre porque -como bien sabemos- en realidad es el pueblo quien carga sobre sus espaldas al becerro de oro. La Libertad se ha convertido en Carga.

Este es el problema y también el dilema: llamar dios a la obra de nuestras manos. Es una tentación que acompaña a Israel y, por supuesto, a todo hombre a lo largo de la historia. Los idólatras del siglo XXI no somos originales en nuestras idolatrías. Nos miramos en el espejo de Israel y constatamos que se nos adelantaron.

Débil es el corazón de Israel, del hombre, y falto de amor consistente. Fuerte es, sin embargo, y abundante el amor que brota del corazón de Dios. Fruto de este su amor incondicional, envía a su pueblo profetas que les abran los ojos, a fin de que vean el poder destructor que supone el arrodillarse ante las obras de sus manos: “Has desechado a tu pueblo, la Casa de Jacob, porque estaban llenos de adivinos y evocadores, como los filisteos, y con idólatras chocan la mano; se llenó su tierra de plata y oro, y no tienen límite sus tesoros; se llenó su tierra de caballos, y no tienen límite sus carros; se llenó su tierra de ídolos, ante la obra de sus manos se inclinan, ante lo que hicieron sus dedos” (Is 2,6-8).

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