Dios está aquí

| ¡Cuántas emociones estamos experimentando en este tiempo de Pascua! Jesús resucitó, estuvo con sus seres queridos y ahora ha ascendido al cielo. Esto puede sonar a despedida, como un fin de vacaciones en buena compañía. Sin embargo, el Evangelio nos dice que los discípulos “se volvieron a Jerusalén con gran alegría” (Lc 24, 52). Para ellos nunca fue un adiós porque ellos sabían que Dios estaba con ellos. ¿Y nosotros? ¿Podemos verlo a nuestro lado?
Suele ser más fácil sentirlo en la iglesia, pero hay tantas formas de rezar… comulgar, hablar con Él, recitar oraciones, ponerse de rodillas ante el Santísimo, cantar en un coro… Es importante que nos conozcamos y sepamos qué nos hace volver a casa con la alegría de los discípulos. Si volvemos con una sonrisa y paz en el corazón, no es casualidad… es Dios.
En los malos momentos, Él se acerca aún más a nosotros. Nunca los pasamos solos. Pensemos en todos aquellos que, aun cargando su propia cruz, nos han ayudado con la nuestra cuando lo hemos necesitado. De todas las personas del mundo, Dios ha querido que justo ellas estén en nuestra vida en ese momento y han encajado a la perfección. Pensemos también en las palabras que llegan justo a tiempo, en los abrazos que recargan pilas, en las sonrisas que se contagian, en la esperanza de cuando desconocemos qué pasará, en los “sabía que podías” que resuenan en el corazón cuando todo pasa, incluso en la calma de cuando entendemos por qué pasó de esa manera. Todo eso nos acaricia el alma porque detrás de ese amor está el que es Amor… Dios.
En los buenos momentos tampoco nos deja de lado… pero a veces nosotros sí lo pasamos un poco por alto. Él está cuando cantamos la canción de moda y todos se van uniendo a nuestra actuación, y cuando queremos tanto a alguien que no somos capaces de expresarlo. También nos acompaña en los reencuentros con los de siempre y cuando conocemos a una de esas personas cuya energía hace sonreír a todo aquel que la mira. Va de nuestra mano cuando visitamos a nuestros mayores y nos miman como si todavía fuéramos niños, y en los “estoy orgulloso de ti”. Cuando somos felices, pero felices de verdad, Dios está en nosotros, porque la energía que desprendemos no es humana, viene del cielo.
Lo podemos sentir incluso en las acciones más cotidianas. Por ejemplo, cuando paseamos y cerramos los ojos para disfrutar de la naturaleza o cuando vamos con prisa y pillamos todos los semáforos en verde. Podemos verlo cuando nos despertamos y pensamos en la “suerte” que tenemos de estar vivos o cuando la vecina nos para en las escaleras para desearnos buen día y, de paso, contarnos su vida. En las charlas eternas, en las miradas donde las almas hablan, en los “rezo por ti”. Y, sobre todo, está en ti y en mí cuando cerramos los ojos y sabemos que no hay nadie más, pero no nos sentimos solos.
A veces el mundo enmascara su presencia. Unos lo llaman casualidad, otros amor, otros suerte o fortuna… pero su nombre es Dios. Él sigue a nuestro lado a cada paso que damos porque nos mandó su Espíritu Santo. ¡Ojalá volvamos igual de felices que los discípulos de encontrarnos con Él! Empecemos el tiempo ordinario buscándolo en todas partes porque sí, ¡Dios está aquí!