Los otros evangelios (los apócrifos)

Evangelio de Tomás
Evangelio de Tomás

Francisco Castro, Diácono permanente | La Biblia católica está compuesta de 73 libros en total, dividida en dos grandes grupos: el Antiguo Testamento (con 46 libros) y el Nuevo Testamento (con 27 libros). Pero ¿Cuándo y quién decidió que fueran estos los libros que componen la Biblia y no otros? ¿Y qué ha pasado con aquellos que no entraron a formar parte de la Sagrada Escritura? ¿Acaso son secretos y nadie los conoce?

La respuesta a estas interrogantes la encontramos en las primeras prácticas de las comunidades cristianas. Fueron las propias comunidades cristianas las que determinaron que libros deberían formar parte de la Biblia, es decir de la lista oficial, o “canon” de la Escritura. La palabra “canon” designaba en griego a una vara de medir, de ahí que el vocablo haya terminado por significar “regla” o “medida”. De esta forma, el “canon” de la Escritura se refiere a la lista oficial de los libros que forman la Biblia. Existen otros “cánones” diferentes al de nuestra Biblia; como el hebreo y el griego que se diferencian de la Biblia católica por el número de libros que los componen, así como el orden de los mismos.

Pero volvamos a la primera pregunta ¿Cuándo y por quién se decide la lista oficial de la Biblia? Su origen está en el “canon hebreo”, que estaba formado por tres grandes colecciones de libros: la primera parte la forma “La Ley” o “Torá” compuesta por los cinco primeros libros de la Biblia (Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio). Una segunda parte formada por “Los Profetas” o “Nebiim” (que comprende algunos libros históricos, como el de Josué, Jueces, Samuel o el libro de los Reyes, Isaías, Jeremías, etc.…) y una tercera colección que reúne unos cuantos escritos (“Ketubim”), como los Salmos, el Cantar de los Cantares, etc… De forma paralela a este primer “canon hebreo” se fue formando el conocido como “canon griego”. En éste “canon” se encuentran los textos de la traducción griega conocida como la “Septuaginta”, realizada en el s. III a.C. Este “canon griego” incluía algunas nuevas incorporaciones como los libros de Tobías, Judit, Esther o el Eclesiástico. Estos libros recibieron el nombre de “Deuterocanónicos”, por ser inscritos en el segundo “canon”. Y es aquí donde llegamos al “canon cristiano”, que es el que utilizaron los primeros cristianos, que era la traducción griega de la Biblia, conocida como la ”Septuaginta”, que como he indicado contenía los libros del “canon hebreo”, el “canon griego” y los libros “Deuterocanónicos”. Todos estos libros componían lo que conocemos como Antiguo Testamento, a los que posteriormente se les añadió los libros que componen el “Nuevo Testamento”, que contiene todos los libros referentes a Jesús y sus enseñanzas. (Los cuatro Evangelios, los Hechos de los Apóstoles, las cartas de varios apóstoles, principalmente de San Pablo y el libro del Apocalipsis). Y aquí es donde llegamos a la respuesta de quien y cuando se forma definitivamente los libros que componen la Biblia: fue en el Concilio de Trento en el s. XVI cuando fue reconocida por los Padres Conciliares la Biblia que todos conocemos.

Como hemos visto tuvieron que pasar muchos siglos antes de que el Concilio declararse cuáles eran los libros que para la Iglesia eran considerados “sagrados” y en este largo proceso se fueron incluyendo, pero también se excluyeron algunos libros que no fueron considerados “sagrados” en el Nuevo Testamento, que son conocidos como los “evangelios apócrifos”

Junto a los “Evangelios oficiales”: Mateo, Marcos, Lucas y Juan, desde los primeros tiempos circularon junto a ellos, otros textos que narraban episodios de la vida de Jesús. En muchos casos no coincidían con lo narrado en los Evangelios “auténticos”. A estos se les denominó “apócrifos”, es decir “ocultos”, en alusión a que eran de origen dudoso, incluso en algunos casos eran verdaderas falsificaciones de los evangelios “auténticos”. En los últimos tiempos se ha despertado una gran curiosidad por lo que narran estos apócrifos, llegando a decirse que la Iglesia los ocultaba a los creyentes. Nada más lejos de la realidad. Quien quiera leer estos aproximadamente cincuenta evangelios apócrifos, sólo tiene que acudir a este libro: Los Evangelios apócrifos, de D. Aurelio de Santos Otero, publicado por Biblioteca de Autores Cristianos. 2003.

Estos textos apócrifos son todos más tardíos que los canónicos se incluyen elementos manifiestamente legendarios, por lo que no pueden considerarse como fuentes directas de la vida de Jesús ni de la vida de las primeras comunidades cristianas. Aunque no es menos cierto que algunos han tenido una transcendencia importante para la historia de la teología, de la liturgia y de la Iglesia en general. Sirva como ejemplo los relacionados con la Virgen María que abordan su muerte o dormición.

Los estudiosos de estos textos los han clasificado de diversas formas (natividad de Jesús, su infancia, su crucifixión, vida de la Virgen María…), que intentan llenar con su historia los huecos sobre la vida de Jesús que no se narran en los Evangelios canónicos. Entre estos evangelios están los denominados evangelios gnósticos. Los gnósticos eran una corriente filosófica que afirmaba que la salvación no se conseguía a través de la muerte y resurrección de Jesús en la Cruz, sino que se conseguía por la fe y el conocimiento revelado (la gnosis) que Cristo compartía con algunos escogidos. Entre estos evangelios están los de Tomás, los de Felipe y los de Judas. En el caso del de Tomás se trata de una recopilación de 114 dichos de Jesús. El de Felipe tiene una especie de iniciación al bautismo gnóstico. En el caso del evangelio de Judas, a éste no lo presenta como el discípulo traidor, sino que lo presenta como el discípulo que mejor entendía al Maestro. A parte de estos evangelios que podemos calificar de gnósticos, existen otros como el de Nicodemo quien nos revela que el centurión que estaba al pie de la Cruz se llamaba Longino. En otros nos aparecen los nombres de los padres de la Virgen María (Joaquín y Ana), o los nombres de los tres Magos (Melchor, Gaspar y Baltasar).

A pesar de no ser reconocidos por la Iglesia como Evangelios canónicos, es indudable que han influenciado de una forma importante en la piedad y en la iconografía cristiana. Y desde luego no han sido como he indicado, ocultos por parte de la Iglesia. Les invito si quieren ampliar su conociendo sobre estos evangelios, se hagan el libro del profesor D. Aurelio de Santos Otero (BAC) citado anteriormente y disfruten de su lectura.

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