La Eucaristía, encuentro con Cristo y los hermanos

, Misionero comboniano
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La Eucaristía, encuentro con Cristo y los hermanos
Cada domingo, millones de fieles cristianos de todo el mundo se ponen en camino para participar en la Misa, también conocida como Eucaristía, un rito religioso que se remonta a la Última Cena de Jesús de Nazaret con sus discípulos. La celebración consiste en la lectura de unos textos de la Sagrada Escritura, la consagración de un poco de pan y de vino, y la participación, si el fiel está preparado, en la Comunión del Cuerpo de Cristo.
Para conocer mejor la importancia de esta celebración, me he dirigido a varias personas que frecuentan la Iglesia y a cada una le he preguntado: ¿Por qué viene usted a Misa? La mayoría ha respondido: «La Misa da sentido a mi vida, y, cuando por alguna causa no he podido venir, entonces he notado como si me faltara algo».
El domingo, para los cristianos, es considerado como el «día del Señor» porque en él resucitó Cristo, y, lo mismo que la primera comunidad de Jerusalén, los fieles de hoy se reúnen ese día para escuchar la palabra de Dios, compartir sus bienes con los necesitados y encontrarse con Él en la Eucaristía.
¿Qué es la Eucaristía?
Según el Compendio del catecismo de la Iglesia: «La Eucaristía es el sacrificio del Cuerpo y de la Sangre del Señor Jesús, que Él instituyó para perpetuar en los siglos, hasta su segunda venida, el sacrificio de la Cruz, confiando así a la Iglesia el memorial de su Muerte y Resurrección. Es signo de unidad, vínculo de caridad y banquete pascual, en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la vida eterna» (CCEC 271).
La institución de la Eucaristía
«Jesucristo instituyó la Eucaristía el Jueves Santo, ‘la noche en que fue entregado’ (1Co 11,23), mientras celebraba la Última Cena con sus Apóstoles» (CCEC 272). Y les ordenó celebrarla hasta su vuelta, «constituyéndolos entonces sacerdotes del Nuevo Testamento» (Cc. de Trento: DS 1740).
La Eucaristía, memorial del sacrificio de Cristo
«La Eucaristía es memorial del sacrificio de Cristo, en el sentido de que hace presente y actual el sacrificio que Cristo ha ofrecido al Padre, una vez para siempre, sobre la Cruz en favor de la humanidad. El carácter sacrificial de la Eucaristía se manifiesta en las mismas palabras de la institución: “Esto es mi Cuerpo que se entrega por vosotros” y “Este cáliz es la nueva alianza en mi Sangre que se derrama por vosotros” (Lc 22, 19-20)» (CCEC 280).
El sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son un único sacrificio, pues la víctima, que se ofrece en el altar, por el ministerio de los sacerdotes, es la misma que se ofreció a sí misma en la cruz. Sólo difiere el modo de ofrecerse: en la cruz de manera cruenta, y en la Eucaristía de forma incruenta, es decir, sin derramamiento de sangre (cf. Cc. de Trento: DS 1743).
«En la Eucaristía, el sacrificio de Cristo se hace también sacrificio de los miembros de su Cuerpo. La vida de los fieles, su alabanza, su sufrimiento, su oración y su trabajo se unen a los de Cristo. En cuanto sacrificio, la Eucaristía se ofrece también por todos los fieles vivos y difuntos, en reparación de los pecados de todos los hombres y para obtener de Dios beneficios espirituales y temporales» (CCEC 281).
La presencia de Cristo en la Eucaristía
La Iglesia enseña que, mediante la consagración del pan y del vino, toda la sustancia del pan se convierte en la sustancia del Cuerpo de Cristo y toda la sustancia del vino en la sustancia de la Sangre de Cristo. A esta conversión la Iglesia la llama transustanciación. Sin embargo, permanecen inalteradas las características sensibles del pan y del vino (cf. CCEC 283).
En el sacramento de la Eucaristía están «contenidos verdadera, real y sustancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero» (Cc. de Trento: DS 1651).
La presencia de Cristo en la Eucaristía comienza en la consagración y permanece mientras duran las especies eucarísticas (cf. CEC 1377). Esta presencia «no se conoce por los sentidos, sino sólo por la fe, la cual se apoya en la autoridad de Dios» (Santo Tomás de Aquino, S. Th. 3,75,1).
Después de la Comunión, la Iglesia guarda con el mayor cuidado las hostias consagradas que han sobrado, para que los fieles puedan continuar el culto de adoración que empezó en la consagración (cf. CEC 1378).
La Eucaristía, prenda de la gloria futura
La Eucaristía es garantía de inmortalidad, pues Jesús dijo: «El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día» (Jn 6,54). En la sagrada Comunión, el creyente recibe a Cristo, dador de todo bien y prenda de la gloria futura.
Condiciones para recibir la Comunión
Para recibir al Señor, el fiel cristiano debe estar preparado. San Pablo dice: «Quien coma del pan y beba del cáliz del Señor indignamente, es reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Así, pues, que cada cual se examine, y que entonces coma así del pan y beba del cáliz. Porque quien come y bebe sin discernir el Cuerpo come y bebe su condenación» (1Co 11,27-29).
El creyente, en caso de tener conciencia de estar en pecado grave, debe arrepentirse y acudir al sacramento de la Reconciliación, antes de acercarse a comulgar. Además de esto, debe observar el ayuno eucarístico que consiste en abstenerse, una hora antes de comulgar, de tomar alimentos y bebidas, excepto agua y medicinas.
«La Iglesia establece que los fieles tienen la obligación de participar de la santa Misa todos los domingos y fiestas de precepto, y recomienda que se participe también en los demás días» (CCEC 289). Además, aconseja a los fieles que asisten a la santa Misa recibir también, con las debidas disposiciones, la sagrada Comunión, y establece la obligación de recibirla al menos una vez al año, si es posible en tiempo Pascual (cf. CCEC 290).
Conclusión
La Eucaristía, sobre todo la del domingo, ocupa el centro de la vida cristiana, el lugar donde el creyente es acogido y preparado para escuchar la palabra de Dios, aplicarla a la vida y, por medio de la Comunión, recibir el máximo bien de la Iglesia, es decir, a Cristo mismo.
La participación en la Eucaristía dominical fortalece la fe, crea vínculos de comunión entre los fieles y es un signo de identidad cristiana y de pertenencia a la Iglesia.
Para terminar la celebración, el diácono o el sacerdote despide a la asamblea con el saludo de envío: «Podéis ir en paz», para que cada uno regrese a sus quehaceres alabando y bendiciendo a Dios, dispuesto a dar testimonio de su fe en Cristo en el mundo de hoy.
Frases sobre la Eucaristía
♦ “La Eucaristía es fuente y culmen de toda la vida cristiana. Los demás sacramentos, como también todos los ministerios eclesiales y las obras de apostolado, están unidos a la Eucaristía y a ella se ordenan” (CEC 1324).
♦ “La Eucaristía contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua” (CCEC 274).
♦ “De la Eucaristía proviene la fuerza para vivir una vida en Cristo y el entusiasmo para compartir esa vida con los demás” (San Juan Pablo II).
♦ “Si conociéramos el valor de la santa Misa, qué esfuerzo tan grande haríamos para asistir a ella” (San Juan M.ª Vianney).
♦ “La Eucaristía nos da una gran inclinación hacia la virtud, una gran paz y facilita el camino de la santificación” (San Juan Crisóstomo).
♦ “Para ofrecer bien una Eucaristía se necesitarían tres eternidades: una para prepararla, otra para celebrarla y una tercera para dar gracias” (San Juan Eudes).
Abreviaturas
CCEC: Compendio catecismo Iglesia Católica
CEC: Catecismo de la Iglesia Católica
Cc. de Trento: Concilio de Trento
DS: Enchiridion Symbolorum, Denzinger
“Los creyentes perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones” (Hch 2,42)
