Peregrinos en este mundo

Puerta en el Camino de Santiago

Alberto Mateos, coordinador de redacción | Estos días de verano están siendo de sentidas despedidas en la comunidad franciscana a la que pertenezco. Estudié en el colegio que tiene esta comunidad, así es que sé de primera mano que los franciscanos van de un lugar a otro. Eso era algo que de pequeño ni me gustaba ni acababa de entender. No era el único al que le pasaba. Recuerdo una recogida de firmas organizada entre los alumnos del colegio para que no mandaran a otro sitio a un fraile muy carismático. La iniciativa dio resultado a medias, porque sirvió para atrasar lo que, a fin de cuentas, era inevitable.

Como ya llevo unas cuantas despedidas, a estas alturas lo asumo con bastante resignación, aunque me siga dando pena. Los franciscanos, conforme a su regla, no tienen «ni casa, ni lugar», sino que son «peregrinos» y están allí donde los necesitan. Francisco de Asís no quería que se acomodasen. Estos cambios de los que hablo son comunes, con mayor o menor frecuencia, a cualquier parroquia o diócesis. El propio Centro de Espiritualidad de Valladolid al que pertenece esta revista ha tenido varios directores. Cada uno de ellos ha ido dejando en el centro su carisma e impronta, junto a varios años de dedicación.

La vida son etapas. Algunas esperamos que pasen rápido y otras nos gustaría que fueran eternas. Unas son emprendidas por uno mismo y otras simplemente te llegan. Todos somos peregrinos en este mundo, como dice Pedro en su primea epístola. Y en este peregrinar, cada una de nuestras etapas no solo deja huella en nosotros mismos, sino en las personas que tenemos cerca.

No podemos parar el transcurso del tiempo ni los cambios que conlleva. Sin embargo, podemos hacer otras cosas, como poner cada uno de nuestra parte para formar comunidad allí donde nos toque. Y también rezar por las vocaciones, para que no falten los pastores, y dar gracias por el aumento del número de diáconos en los últimos años.

Entre aquello que puede permanecer siempre con nosotros en este peregrinar por el mundo está la fe, si así lo elegimos. El cineasta Andréi Tarkovski declaró que la fe es lo único seguro que tenemos, tras ser distinguido en el Festival de Cannes, mientras pasaba sus últimos días de vida en un hospital de París: «La fe es la única cosa que puede salvar al hombre, es mi convicción íntima. ¿Qué otra cosa podría ser? Es lo único que el hombre posee con seguridad». Nuestro camino lo define tanto lo que pasa -a veces demasiado rápido-, como esa fe que permanece en nuestras vidas.

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