La hora de Jesús y la nuestra

Cristo en Getsemaní
Fotografía: Lawrence OP (Flickr)

Fr. Rafael Pascual Elías, OCD | Cuando llega su hora, Jesús, con los ojos levantados al cielo, ora de corazón a su Padre. Sabe lo que se acerca, su Pasión, su Muerte y también la Resurrección, pero en ese orden y no otro. El dolor de la Pasión y Muerte de Cristo da paso a la gloria y vida de la Resurrección. Jesús abre su Sagrado Corazón al de su Padre, el Padre de la gloria. Lo hace tanto espiritualmente como físicamente; con los ojos puestos en lo alto, en el cielo, en la verdadera realidad que nos ha prometido. No son teorías o suposiciones. ¡Cristo ora de corazón! ¡Cristo ama al Padre! ¡Cristo es uno con el Padre!

Si recorremos los evangelios no encontramos una oración tan larga y tan llena de contenido en todos los sentidos. Pero vamos a lo que nos importa ahora, a lo que vivimos nosotros en este final de verano e inicio de curso. Son momentos muy distintos y muy unidos; tanto en el descanso como en la vuelta al trabajo o al estudio, nuestro corazón ha de estar puesto en Dios. Y si no lo está pagaremos las consecuencias. Sin fijar la mirada en Dios nos perdemos, sufrimos, nos cansamos, nos alejamos de la fuente de la gracia y al final, nuestra hora llega y no estamos preparados. ¡Tenemos que estar siempre en camino! ¡Con los ojos en Dios! ¡Con el corazón consagrado a Dios! ¡Con los oídos abiertos a Dios!

Y entonces nos damos cuenta que la oración de Jesús hecha en un momento tan especial como es la despedida en la Última Cena, permanece para siempre, sin cambios y fijada en el evangelio de San Juan. Leamos Juan 17 y callemos. Tenemos tiempo. ¡No hay excusas! ¡Tomemos la Biblia en estos días y a leer! Pero cuidado, no basta con leer, además ¡tenemos que orar unidos al Corazón de Cristo! ¡Nos va la vida en ello! ¡Es el Maestro que abre su Corazón para que aprendamos a abrir el nuestro! ¡Todo es gracia de Dios sobre nuestras vidas!

Recemos al Padre con ardor, con corazón encendido, con amor por la salvación de las almas. ¿Y si nos ponemos como objetivo, antes de terminar el verano o durante la vuelta a la vida cotidiana hacer silencio, rezar y dejarnos llevar por el amor de Dios para escribir una oración al Padre unidos al Hijo? No cuesta nada y nos ayuda a que no se enfríe nuestra vida de oración en verano. Además rompemos con las perezas que llegan cuando comienza septiembre. ¡Vamos! ¡Es posible! ¡Miremos al cielo! ¿No podemos? Eso es que rezamos poco en verano y comulgamos sin ser conscientes de lo que supone la presencia real de Cristo en la eucaristía, tanto en la adoración como en la comunión eucarística.

Acudamos a una santa sin par, la gran mística y enamorada de Jesús Eucaristía, Santa Teresa de Jesús, que siempre nos ayuda a estar cerca de Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, para que una vez más rompa con todo lo que nos impide rezar de corazón y dejarnos llevar por el amor de Dios. Es tan fácil como sentirse plenamente unidos al Padre del cielo mientras caminamos con el Hijo en la tierra. Es lo que hace la santa de Ávila cada vez que enristra la pluma; muchas veces después de comulgar. Y eso se nota. Todo cambia cuando tenemos a Dios dentro. ¡Es la hora de Jesús y también la nuestra! ¡Tenemos que orar al Padre! ¡Es hora de escribir!:

“¡Oh mi Dios! ¡Quién pudiera importunaros mucho y haberos servido mucho para poderos pedir tan gran merced en pago de mis servicios, pues no dejáis ninguno sin paga! Mas no lo he hecho, Señor; antes por ventura soy yo la que os he enojado de manera que por mis pecados vengan tantos males. Pues ¿qué he de hacer, Criador mío, sino presentaros este Pan sacratísimo y, aunque nos le disteis, tornárosle a dar y suplicaros, por los méritos de vuestro Hijo, me hagáis esta merced, pues por tantas partes lo tiene merecido? Ya, Señor, ya ¡haced que se sosiegue este mar! No ande siempre en tanta tempestad esta nave de la Iglesia, y salvadnos, Señor mío, que perecemos” (Santa Teresa de Jesús, Camino de perfección 35,5).

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