La fe del Concilio de Nicea I

, Diácono permanente | No cabe duda que este año 2025 llega cargado de importantes efemérides: celebramos según la ONU el año internacional de la Paz y la Confianza (que falta nos hace en el mundo actual en el que vivimos), en la Iglesia celebramos el Año Jubilar, un evento trascendental dentro de la Iglesia Católica que se celebra cada 25 años, en el cual se invita a todos los cristianos a un tiempo de renovación espiritual, a la reconciliación y al encuentro, cuyo lema para este Jubileo 2025 es: “Peregrinos de la Esperanza”. Pero hay más efemérides, en concreto nuestra Revista Agua Viva, felizmente cumple precisamente este año 25 años de andadura, primero en formato papel y desde finales del 2013 nos lanzamos al mundo virtual a través de nuestra página web: https://www.revistaaguaviva.org.
Pero este 2025 celebramos una efeméride cuya importancia en el seno de la Iglesia Católica no deberíamos olvidar, me refiero a que en el año 325 D.C, es decir, hace 1700 años en una población llamada Nicea, (era una ciudad de la región de Bitinia en la península de Anatolia. Actualmente esta ciudad sigue existiendo con el nombre de Iznik, en la actual Turquía) se celebró el primer concilio ecuménico que lleva su nombre y que conllevó grandes decisiones teológicas y dogmáticas dentro del seno de la Iglesia que han llegado hasta nuestros días. Con la brevedad que exige mi colaboración intentaré resumir históricamente en qué consistió dicho y sus consecuencias en la Iglesia Católica.
Para entender cuál fue el motivo que provocó la convocatoria del Concilio de Nicea I, debemos tener muy en cuenta a varios personajes del s. IV que fueron de alguna forma protagonistas del conocido con el primer concilio ecuménico de la Iglesia: el Concilio de Nicea I.
El primer personaje a tener en cuenta es Arrio, responsable del movimiento teológico conocido como arrianismo. Arrio (ca. 256-336) fue presbítero de la iglesia de Alejandría, que aceptó de cierta forma la divinidad de Cristo, pero afirmó que la Segunda Persona de la Trinidad no es coetánea con el Padre, la Primera Persona, sino que fue engendrada y no existía con anterioridad a ese hecho. Para Arrio, el Hijo de Dios no era eterno sino creado por el Padre como instrumento para crear el mundo y, por lo tanto, no era Dios por naturaleza, sino una criatura que recibió la alta dignidad de Hijo de Dios ya que fue “engendrado”, debido a que el Padre, en su preconocimiento, sabía de su condición de justo y de su fidelidad incondicional. Es decir que Arrio negaba la divinidad del Hijo y defendía la divinidad del Hijo, consustancial al Padre. Arrio mantiene que Cristo es “Hijo de Dios”, Cristo “es Dios”, pero lo interpreta en un sentido restrictivo; Cristo es Dios, pero solamente en cierta medida, porque para él solamente el Padre es “verdadero Dios”. Con estas teorías Arrio no hacía otra cosa que radicalizar el subordinacionismo, una teoría que circulaba entre los Padres de la Iglesia en los tres primeros siglos, que de alguna manera “subordinaban” el Hijo al Padre. En el fondo, Arrio tampoco reconocía la humanidad de Cristo en sentido pleno, pues el Logos para él no es Dios, sino el “alma del mundo”, que se une a un cuerpo, en cuanto que asume la carne, pero no se hace hombre, sino que ocupa el puesto del alma humana en Jesús de Nazaret; es decir Cristo no es Dios y hombre, sino un ser intermedio.
Arrio contó con fuertes apoyos dentro de la iglesia de Alejandría, incluso encontró partidarios fuera, como los obispos Eusebio de Nicomedia y Eusebio de Cesarea. Éstos intentaron influir en otros obispos a favor de Arrio y en contra de Alejandro, patriarca de Alejandría. Alejandro intento que Arrio se retractara mediante cartas, e incluso convocó un sínodo (321) en Alejandría, sin ningún resultado.
Es aquí cuando entra en acción un nuevo personaje: el emperador Constantino. Constantino había derrotado al emperador Licinio en la batalla de Adrianópolis el año 324, quedando como único emperador del Imperio Romano. Constantino intentó poner paz eclesial en Alejandría rota por el arrianismo y envió a su asesor religioso Osio de Córdoba con sendas cartas para Arrio y Alejandro con el fin de que Arrio se retractara. Como no lo consiguió, Osio recomendó al emperador la convocatoria de un Concilio universal para resolver el problema. Constantino aceptó la idea y convocó un concilio en el que participaran obispos provenientes de Oriente y Occidente, es decir de todo el mundo.
El Concilio fue inaugurado el 25 de mayo del 325 y duró dos meses. Si bien no nos han llegado las actas del Concilio (parece ser que no existieron), sí sabemos sus resultados: el símbolo de Nicea y algunos cánones disciplinares. En el Concilio Arrio fue condenado, depuesto y exiliado junto con dos obispos que le fueron fieles hasta el final. Con el paso del tiempo los arrianos que fueron considerados una secta herética fue perdiendo fuerza y desapareció casi totalmente a principios de la Edad Media.
Al margen de todas estas breves notas históricas del Concilio, como cristianos lo realmente importante fue su resultado teológico, es decir la declaración dogmatica de los contenidos de la formulación de la profesión de nuestra fe cristiana: el CREDO NICENO (que se amplió en el I Concilio de Constantinopla el año 381, conocido con el Credo Niceno-Constantinoplano). Un símbolo de nuestra fe, que rezamos en la Eucaristía dominical. En él, afirmamos nuestra fe cuando decimos: Creo en un solo Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra. Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, que padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos, y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso. Y desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos. Creo en el Espíritu Santo, en la Santa Iglesia Católica, en el perdón de los pecados, en la resurrección de la carne y en la vida eterna. AMÉN.