Dios se entrega totalmente (II)

Cristo en la casa de Marta y María
Cristo en la casa de Marta y María (Rubens)

Antonio Pavía, Misionero comboniano

Después de insistir Dios ante Moisés en que los ojos de su pueblo han podido ver multitud de milagros, y en que han hecho la experiencia de ser acompañado por Él a lo largo del desierto protegiéndole de todos sus peligros, por medio de Moisés, le invita a confiar en Él. Es como si dijera a todos y cada uno de los que salieron de Egipto: Habéis constatado que soy de fiar, que no soy una figura inanimada incapaz de ayudar como las estatuas. Habéis sido testigos de que hago honor a mi nombre: Soy el que Soy, porque tengo la vida en mí mismo; más aún, soy la Vida y tengo poder para dárosla; sabéis, y por experiencia, que mis palabras son de fiar. Así pues, si las escucháis y guardáis mi alianza, seréis míos y yo seré vuestro.

Nos detenemos un poco en el sentido profundísimo que tiene lo que Dios acaba de decir a Moisés, para que, a su vez, lo transmita al pueblo que, expectante, ha acampado al pie del monte Sinaí, el lugar santo de la alianza. Lo llamamos lugar santo porque su cima es el recinto sagrado escogido por Yahveh para contactar cara a cara con Moisés. Para que nos demos cuenta de la grandeza de este acontecimiento, reparemos en que, cuando Moisés baja hacia el pueblo, no va él solo, sino que va con la Voz porque Dios le ha hablado.

Si escucháis mi voz y guardáis mi alianza. Podemos observar que escuchar y guardar están en orden correlativo. Escuchar y olvidar es propio de los necios, tanto más si es Dios el que habla. Recordemos a este respecto la exhortación del apóstol Santiago: “Poned por obra la Palabra y no os contentéis sólo con oírla, engañándoos a vosotros mismos. Porque si alguno se contenta con oír la Palabra sin ponerla por obra, se parece al que contempla su imagen en un espejo: se contempla, pero, en yéndose, se olvida de cómo es” (St 1,22-24).

Para entender mejor el mandato de Dios a Moisés, hemos de tener en cuenta un matiz importantísimo que acompaña al verbo escuchar en la cultura y espiritualidad del pueblo de Israel. Hablamos de un escuchar entendido como obediencia –no sometimiento- en el sentido de que se escucha desde abajo al que está por encima de alguien. Un ejemplo clarísimo de este matiz es la escucha que hace María, la hermana de Marta, a las palabras de Jesús. Exponemos textualmente la cita evangélica: “Tenía ella –Marta- una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra” (Lc 10,39).

La intención de Lucas al detallar tan significativamente la actitud y la forma de escuchar de María es más que evidente. Esta mujer, con su actitud, está manifestando su intención de guardar, una tras otra, las palabras de espíritu y vida que salen de la boca de Jesús, su Señor y Maestro. Es una actitud impulsada por el amor, no por sometimiento, como apunté antes (Jn 6,63b).

María está abriendo al Hijo de Dios su corazón, como si fuera un cofre capaz de guardar los dones del Espíritu Santo que contiene el Evangelio que brota como un manantial de la boca de su Maestro. Ya había sido profetizado que Dios pondría sus palabras en la boca del Mesías, el Dios con nosotros: “Yo les suscitaré, de en medio de sus hermanos, un profeta semejante a ti, pondré mis palabras en su boca…” (Dt 18,18).

Escuchar y guardar. Escuchar con amor sabiendo que el mismo Dios es quien se está entregando al hombre cuando le habla. Escuchar y guardar, no sea que, por necios, todo el amor que Dios tiene preparado y dispuesto para el hombre rebote en su corazón de piedra y se diluya en los recovecos y esquinas de sus soberbias y desobediencias. Escuchar y guardar, no sea que, como dice el Señor Jesús, terminemos por echar a los perros lo que es santo (Mt 7,6).

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