Confieso que creo en la Adoración

Adoración del Santísimo Sacramento

Mons. Francisco Cerro Chaves, Obispo de Coria-Cáceres | Nos encontramos en el Cenáculo, con Juan (Jn 13) que recuesta la cabeza sobre el Corazón de Cristo. El discípulo amado, que comienza “aquí” la intimidad con el Señor en la Eucaristía, en el Cenáculo, en la noche en que es entregado el Señor. La Adoración siempre ha sido el distintivo de los cristianos. Adoramos largamente la Eucaristía en los grandes momentos de la vida, cada día, en retiros… y lo seguimos haciendo porque el Corazón Eucarístico es Jesús. Sin Adoración volvemos a la esterilidad.

Sed fieles a la Adoración diaria. Dedicadle tiempo a contemplar al Amor de los Amores. No nos quedemos en un amor superficial. Id a lo profundo de la bodega de su Corazón y bebed el vino en la cena que “recrea y enamora”. Sed fieles a la Adoración y estrenad cada día el gozo de vuestra vocación. Sólo adorando seréis felices. Nos lanzaremos a evangelizar desde signos pobres.

Adorar es el distintivo esencial del cristiano como discípulos de Jesús. Con Jesús estáis llamados a una profunda intimidad con el Señor, sin la cual no seréis fecundos en vuestro apostolado. La Iglesia vive en el Cenáculo, donde la pobreza y confianza son las claves que nos lanzan a la evangelización de un mundo necesitado de misericordia. La Adoración-oración-contemplación tiene que ser para nosotros una alegría desbordante que nadie nos puede arrebatar.

En la clave de la contemplación, de ser hombres y mujeres orantes, adoradores “en espíritu y verdad”, sabemos que es desde aquí donde recostamos la cabeza en el pecho del Corazón de Jesús, desde donde día a día vivimos el que somos “discípulos amados”. Todos los cristianos somos discípulos de Cristo por el Bautismo, pero nos convertimos en discípulos amados en la Eucaristía, en la contemplación del Corazón de Cristo. No podemos vivir nuestro ser cristiano sin la Eucaristía celebrada, comulgada y adorada, donde vamos aprendiendo a descansar y a vivir con los sentimientos del Corazón de Cristo.

En la medida en que vivamos unidos al Corazón Eucarístico de Jesús, seremos discípulos amados, que volvemos a experimentarlo cuando junto a la Cruz, con Juan, acogemos a María en nuestra casa. No podemos mantenernos como discípulos amados, mientras que en nuestro corazón, no acojamos a María. En nuestro hogar, en nuestro corazón, entre lo que es necesario para los discípulos de Jesús porque como decía Pablo VI “no podemos ser cristianos si no somos marianos”. En la medida en que acojamos a María en casa nos vamos haciendo cada vez más seguidores de Cristo, discípulos amados.

También por la Adoración, recostando la cabeza sobre el pecho de Jesús y acogiendo a María, somos “discípulos amados” que corremos con la Iglesia, con Pedro, hacia Cristo Resucitado y Vivo, con la convicción de que el sepulcro está vacío. Al discípulo amado le crecen las alas de la libertad y del amor, para correr y anunciar a todos los hombres la Buena Noticia de la salvación.

Por último, el discípulo amado, en la barquilla de la vida, en el lago Tiberíades (Jn 21), descubre al Señor en la orilla de la vida, al amanecer. Porque el limpio de corazón, le ve en la orilla al amanecer, invitándonos con unas brasas y un pez al banquete del amor “tomad comed…” El discípulo amado descubre a Jesús en la orilla de la vida porque sabe que Jesús no puede estar al margen de nuestras pobrezas y necesidades. El discípulo amado es convocado a encontrarse con el Señor en el Lago de la Vida “id a Galilea y allí me veréis”.

Le descubrimos vivo y con el latido de su corazón en todos los acontecimientos de nuestra vida. El Señor espera al discípulo amado para que, con ojos de fe, le descubra porque es una persona orante en todos los acontecimientos y dificultades de la vida. Es necesario saber que el Señor sale a nuestro encuentro y podemos reconocerle, aunque caminemos por cañadas oscuras en la vida cotidiana y en todas nuestras pobrezas.

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