Con los brazos en cruz (II)

Moisés orando con Aarón y Hur en el monte Horeb
Moisés orando con Aarón y Hur en el monte Horeb (Joseph von Führich)

Antonio Pavía, Misionero comboniano

Impresionante nos parece la figura de Moisés con sus manos levantadas hacia el cielo con la preciosa ayuda de sus amigos Aarón y Jur. Seguimos atentamente el texto bíblico, y leemos que Amalec fue totalmente derrotado. Así como la orilla del mar Rojo quedó sembrada de cadáveres de los egipcios, que querían privar a Israel de su libertad (Éx 14,30), de la misma forma, la explanada que se abría ante el Sinaí, monte donde Dios iba a hacer la alianza con su pueblo, quedó sembrada de los enemigos que le habían salido al paso.

Es muy importante ahora tener en cuenta lo que Dios manda a Moisés, una vez concluida -y con victoria- su batalla: ¡Escribe esto, lo que he hecho hoy por Israel, la fuerza que habéis recibido de mi parte, y que os ha hecho vencedores sobre unos enemigos más fuertes y mejor preparados para la guerra que vosotros! Escríbelo porque este pueblo es rápido y veloz para la rebelión, así como para olvidar lo que he hecho por él. Escríbelo, y que quede grabado en vuestros anales. Serán como memoriales que os ayudarán a resistir toda tentación de desconfianza que os acechará, porque el tentador no descansa.

La mayor fragilidad que acompaña al necio –me refiero al sentido bíblico de esta palabra- es su desprecio a la memoria, al recuerdo. En el contexto que estamos hablando, afirmo que la necedad de un hombre va a la par con su olvido de lo que Dios ha hecho por Él. El necio es tan superficial que ni siquiera se percata de que, en su caminar por la vida, Alguien está a su lado. Le acompaña incluso, o mejor dicho, sobre todo, cuando sus tinieblas son más densas.

En contraposición del necio, tenemos al sabio. Entendemos por sabio al auténtico buscador de Dios. Llamamos sabios a estos buscadores porque saben que aquel a quien buscan no está lejos de sus vidas, por ello y aun sin saberlo, las palabras del salmista se cumplen en ellos: “El Señor es mi pastor, nada me falta. Por prados de fresca hierba me apacienta. Hacia las aguas de reposo me conduce, y conforta mi alma… Aunque pase por valle de tinieblas, ningún mal temeré, porque tú vas conmigo…” (Sl 23,1-4).

Ignorar la Presencia y olvidarse de Dios van de la mano. Israel no es ajeno a esta necedad, de ahí que Dios apremie a Moisés a dejar constancia por escrito de acontecimientos como este: que a los pies del monte Sinaí, cuando Amalec, formado en pie de guerra, retó a Israel, Él vino en su ayuda. Estaban en juego la elección y la alianza, y Dios no iba a consentir que nadie se interpusiera.

¡Pobre Israel! Y también pobres de todos nosotros cuando nos da por olvidar quiénes somos, de dónde venimos y adónde vamos; y más aún, cuando los hechos de Dios en nuestra vida dejan de ser relevantes. En nuestra necedad, tenemos la tentación de catalogarlos en el apartado de las casualidades. Lo dicho, olvido y necedad van de la mano.

Mil y una veces los jueces y profetas de Israel gritaron a los oídos del pueblo, que este olvidarse de las obras de Dios en su favor era un atentado no contra Él, sino contra ellos mismos; pues, al relegarlas al olvido, cualquier pueblo de alrededor podría caer sobre Jerusalén y arrasarla. Mas el olvido es tenaz y la necedad terca. Los israelitas dieron la espalda a Dios y llegaron a ser presa de sus enemigos.

No obstante, Dios jamás se olvidó de su pueblo, no se olvidó porque su amor es más fuerte que la muerte (Ct 8,6). Dios sigue pensando en su pueblo aunque éste se haya olvidado de Él. Así lo dijo el profeta cuando Israel, en Babilonia, pensó que Dios les había soltado de la mano para siempre: “Pero dice Sión: Yahveh me ha abandonado, el Señor me ha olvidado -¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ellas llegasen a olvidar, yo no te olvido” (Is 49,14-15).

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