Agradar al Padre

Estudiando en un banco

Fr. Rafael Pascual Elías, OCD | Llega junio y con él la temporada de exámenes finales para aquellos que preparan su futuro en la universidad. Estudian mucho, se esfuerzan todo lo que pueden y más, dedican incontables horas a asimilar aquello que reciben en las clases… y a todo eso se suma lo que algunos añaden a cada hora de estudio: ¡la mirada de confianza al Sagrado Corazón! ¡Es la clave! ¡Es la vida! ¡Es la luz! Así todo se ve de otra manera porque lo que sucede es acogido desde la divina providencia.

¡Rezar con Cristo! ¡Amar a Cristo! ¡Escuchar a Cristo! ¡Abrir de par en par el corazón al Sagrado Corazón! Es el mejor método de estudio para terminar un curso sin suspenso alguno. Podríamos hacer la prueba, pero ya está hecha. Lo pueden decir todos aquellos que en los últimos días del curso se acercan la Sagrado Corazón, celebran su fiesta que coincide casi siempre con los últimos exámenes y se abandonan en Él.

La oración de Jesús hace de la oración cristiana una petición eficaz. Él es su modelo. Cristo es modelo para todo en la vida del corazón orante. No podemos orar sin tener en nuestro pensamiento al Sagrado Corazón. Es el Maestro. El Guía. El Salvador. Tenemos que aprender de Cristo a pedir al Padre. Con confianza filial, leal y plena. Así se abre siempre el Sagrado Corazón cuando mira a su Padre. Pide con el Corazón abierto; un Corazón abierto en la Cruz para mostrarnos el camino hacia el Padre. Un Corazón que nos enseña a amar y elevar nuestra oración al Padre. Es quien mejor nos puede salvar de todo si vivimos a su lado y ponemos todo ante Él. Es lo que hacen los universitarios que aman y se dejan amar por el Sagrado Corazón. Sus corazones se encienden en misa, adoración, confesión,… ¡Están en trato directo con el mismo Dios! ¡Oran pidiendo que el fruto de todo un año de trabajo se pueda recoger para bien de toda la Iglesia! ¡Estudian y ofrecen todo para gloria de Dios y su santa Iglesia! El que así estudia vive con una paz que muchos quisieran y ni siquiera sospechan que pueda existir. Es la gracia de estar abiertos a Dios en oración.

Cuando un joven estudiante descubre y vive en primera persona que Cristo ora en nosotros y con nosotros, su vida da un vuelco, sus ojos miran de otro modo, su corazón late más rápido, su mente se abre a lo más grande, ¡al amor de un Dios hecho carne con un Corazón que late por darle vida, éxito en los estudios y felicidad a lo largo de toda su existencia! Sucede cuando comienza a notarse el calor, se acaba el curso, el mes de junio avanza y se aproxima un verano prometedor para encontrarse durante más tiempo con Él, el que siempre espera en el sagrario.

Terminar un curso con todas las asignaturas aprobadas es lo que sueña cada universitario, cada padre de esos jóvenes que luchan por ser testigos del Sagrado Corazón en sus lugares de estudio y el Padre que desde el cielo mira con amor y tiene todo preparado para bien de esas almas, las de los padres y las de los hijos. Es una historia de amor preciosa que nace de la unión con el Corazón de su Hijo que nos enseña a buscar sólo lo que agrada al Corazón del Padre.

Este pensamiento no es un sueño, es real, es lo que uno puede vivir si pasea por un campus universitario, se sienta en un banco, ve pasar a los estudiantes, escucha los ecos que le llegan y descubre que hay unos que viven en su mundo, con sus problemas, sin importarles nada que no sea su vida y otros que viven en otro mundo, sin problemas y poniendo todo su corazón ante el Sagrado Corazón para agradar al Padre. Es la vida de los que al final de la terrible y horrenda noche del estudio durante todo el curso, encuentran la presencia viva del Sagrado Corazón como nos describe con maestría San Juan de la Cruz:

“Quedéme y olvidéme,

el rostro recliné sobre el Amado,

cesó todo y dejéme,

dejando mi cuidado

entre las azucenas olvidado”

(Final del poema Noche oscura)

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