Cerviz de hierro e intercesión (II)

Atardecer en el desierto

Antonio Pavía, Misionero comboniano

Atiesasteis la cerviz más aún que vuestros padres, dirá Jeremías en nombre de Dios a su pueblo cuando, sumido en formalismos que no mueven en absoluto el corazón, dejaron de lado la espiritualidad de la Palabra, la que sí llega hasta el corazón y lo convierte: “Así dice Yahveh Sebaot, el Dios de Israel. Añadid vuestros holocaustos a vuestros sacrificios y comeos la carne. Que cuando yo saqué a vuestros padres del país de Egipto, no les hablé ni les mandé nada tocante a holocaustos y sacrificios… Pero no me escucharon ni aplicaron el oído, sino que atiesando la cerviz hicieron peor que sus padres…” (Jr 7,21-26)

Israel se ha apartado de Dios, mas como no puede valerse por sí mismo, ya que la travesía por el desierto desborda por completo sus posibilidades, se ha visto en la necesidad de hacerse un valedor asequible, a su gusto. Se han hecho una figura inerte con sus manos y le han llamado su dios. Han cambiado el “Yo soy el que Soy” por “tú eres un dios obra de nuestras manos”.

A continuación, tal y como hemos leído, el autor saca a la luz toda una serie de amenazas por parte de Yahveh sobre su pueblo, se habla incluso de exterminio. Seamos cautos a la hora de imaginarnos a Dios resoplando de cólera, demudado por el furor de sus amenazas. En realidad, el autor del libro del Éxodo está plasmando con el género literario de aquellos tiempos, que Israel no podrá sobrevivir en el desierto si pone su seguridad en un dios inanimado y, como tal, incapaz de impedir que las penalidades del desierto le aboquen al exterminio.

Ahora ya estamos preparados para comprender la intercesión de Moisés. Nuestro santo hombre no es tanto una especie de escudo que bloquea las flechas iracundas de Dios cuanto un verdadero intercesor. Todo él se hace súplica amorosa para que el Dios que le llamó desde la zarza ardiente acceda a reconducir a su pueblo a pesar de su rebelión. Es una intercesión que pide que Dios ablande la cerviz plomiza de Israel, tan desconfiado como todas las demás naciones; por lo que, cuando le llega el momento de fiarse, de ponerse en manos del Dios vivo, es vencido por el miedo.

Moisés intercede ante Dios. No usa palabras grandilocuentes, tampoco una lista interminable de letanías imprecatorias, menos aún promesas o propósitos de cambios de conducta, etc. Moisés intercede sacando a relucir la universalidad e inmensidad de su amor. Nos parece oírle diciéndole a Dios: Es necesario que los enemigos de tu pueblo santo vean tu gloria, y la verán en tu forma de perdonar a estos hombres tercos y duros, librándoles de la muerte que les acecha en estos arenales interminables.

Ver la gloria de Dios, reconocerle como tal y adorarle. He ahí unos pasos fundamentales que marcan el itinerario de todo hombre hacia Dios. Ver la gloria de Dios no tiene nada que ver con resplandores ni arrobamientos. Dios manifiesta su gloria “actuando en favor del hombre”. Cada acción de Dios a favor de su pueblo es una manifestación de su gloria que alcanza tanto a Israel como a sus enemigos. He ahí la naturaleza de la intercesión que Moisés hace ante Dios. Le viene a decir que, al conducir victoriosamente a Israel a la tierra que le ha prometido en la persona de Abraham, todos los demás pueblos podrán ver con sus propios ojos la diferencia infinita entre sus dioses y el de Israel.

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