Cerviz de hierro e intercesión (I)

La danza de los israelitas alrededor del becerro de oro
La danza de los israelitas alrededor del becerro de oro (Henri-Paul Motte)

Antonio Pavía, Misionero comboniano

“Y dijo Yahveh a Moisés: Ya veo que este pueblo es un pueblo de dura cerviz. Déjame ahora que se encienda mi ira contra ellos y los devore; de ti, en cambio, haré un gran pueblo. Pero Moisés trató de aplacar a Yahveh diciendo: ¿Por qué, oh Yahveh, ha de encenderse tu ira contra tu pueblo, el que tú sacaste de la tierra de Egipto con gran poder y mano fuerte?…” (Éx 32,9-14).

La escena que ofrece la planicie sobre la que se eleva el monte Sinaí no puede ser más patética. Es como si fuera la primera representación surrealista de la historia. El mismo pueblo que ha sido llevado por Dios como un águila que lleva a sus polluelos sobre sus alas (Éx 19,4), se ha revuelto contra Él cambiándole por una estatua inanimada. Dios se pronuncia con una decisión terrible que da a conocer a Moisés: “Ya veo que éste es un pueblo de dura cerviz. Déjame ahora que se encienda mi ira contra ellos…”

El autor menciona la “ira devoradora de Dios”, expresión que, partiendo de los sentimientos humanos, hace relación al fuego devorador del que nos hablan los profetas. Es un fuego santo que consume todo aquello que no participa de su santidad. El profeta Isaías nos dice lo siguiente: “¿Quién de nosotros podrá habitar con el fuego consumidor? ¿Quién de nosotros podrá habitar con las llamas eternas? El que anda en justicia y habla con rectitud; el que rehúsa ganancias fraudulentas, el que se sacude la palma de la mano para no aceptar soborno…” (Is 33,14b-15).

El temor se abre con motivo de este terrible desplante de Israel hacia Dios. Más que desplante, hablaríamos de desprecio. El salmista nos dirá que Israel cambió a Dios por un toro que come hierba (Sl 106,20).

Sin embargo es necesario abrir de par en par las puertas que nos permitan ver todas las dimensiones de este fuego de Dios; o bien, a este Dios, fuego devorador, que parece que arrasa todo lo que no es Él. Quizá una aproximación a esta comprensión sería lo que nos dice san Pablo: Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia (Rm 5,15).

Dura es la cerviz del hombre ante Dios, ante lo que no entiende ni comprende de Él, ante todo aquello que escapa a su ambición manipuladora. Dura, sí, de hierro -como dicen los profetas- es la cerviz del hombre ante los mandamientos de vida ofrecidos por Dios. Donde Él dice “te propongo estos mandamientos para que tengas vida en abundancia”, el hombre ve una imposición intolerable, por lo que decide atarse a unos ídolos aparentemente inofensivos, pero que en realidad son como sanguijuelas que le arrancan la vida. No le importa esto, pues se hace la ilusión de que se ha librado del “Gran Dictador, que es Dios”. En su necedad, el hombre se resiste a admitir que aquellos ídolos a quienes sirve ya tienen determinadas sus opciones, mejor dicho, opresiones, que van a cargar sobre él. Opciones que éste, en su ingenuidad, cree que son el entramado de su libertad.

Dura es la cerviz que se forma en el hombre que ha roto su conexión con el cielo; de tanto mirarse a sí mismo se ha encorvado tanto que ha quedado encogido. Israel ha hecho un cambio del que, si Dios no lo remedia, va a salir muy mal parado. De ser llevado en volandas por Él a lo largo del desierto, se verá obligado a arrastrarse con el becerro por aquellos arenales intransitables.

Si Dios no lo remedia, repito e insisto. Por supuesto que Dios lo va a remediar, nunca nos dejará a merced de nuestras insensateces. Interviene, pues, en este acontecimiento que vive su pueblo. Pero el autor del libro del Éxodo, con una intención catequética bien definida, hace hincapié en el furor y la cólera de Dios con el fin de resaltar, como veremos posteriormente, la figura de Moisés en cuanto intercesor de este pueblo, duro de corazón y de cerviz.

Anterior

Dios quiere a su madre

Siguiente

Revista nº 203