Gloria al becerro (II)

Tierra seca

Antonio Pavía, Misionero comboniano

Hemos dejado a Israel embelesado ante el Dios que se han fabricado a su medida con sus propias manos; y ahí radica su problema, que es un dios hecho por ellos. He ahí la solución que los israelitas han propuesto y decidido como respuesta a la aparente ausencia de Yahveh, Dios de los cielos y de la tierra. En realidad, la actitud de este pueblo no es muy diferente a la de los hombres de todos los tiempos. De una forma u otra, en medio de la tempestad decimos: ¡Si Dios existe, que se manifieste y venga en mi ayuda tal y como yo se lo pido, no como Él quiera!

El problema de fondo, y que a su vez genera una multitud de ellos, consiste en que si el hombre se hace un Dios a su medida, ello implica que ésta, su medida, termina por oprimir su corazón. Esto es así porque las ambiciones más altas del alma y del corazón del hombre son ilimitadas como, por ejemplo, la ambición de perpetuarse en la eternidad.

Todo ello por su debilidad. Es tal el miedo al que le aboca su debilidad que no acepta en absoluto un Dios que no esté a su disposición, siempre dispuesto a suprimir todo aquello que suponga un obstáculo para lo que considera su realización personal. Es por ello que, así como se deshace en amores y alabanzas hacia Dios cuando su actuar con él es perceptiblemente favorable, de la misma forma se deshace en improperios y rechazos cuando aparentemente permanece impasible ante sus problemas.

Debilidad, capricho, inmadurez… y, en el fondo, miedo, mucho miedo a la soledad. Por eso cuando el hombre se siente abandonado por Dios, se asusta como un pajarillo y busca la primera salida que se le ocurre, sin pensar en que puede entrar en un callejón sin salida. Israel, imagen de la humanidad, no soporta la situación de precariedad, por lo que se hace, como todos, su propio Dios.

Repito que esta salida en falso es una constante. El problema se abre en todas sus dimensiones cuando -como he dicho- la salida por la que ha optado se convierte en una especie de trampa en la que queda atrapado. Dicho en términos populares, la salida por la que ha optado le ha explotado en la cara. Esta es la descripción que nos hace Isaías, la situación en la que ha quedado reducido Israel por haber abandonado a Dios: “Palpamos la pared como los ciegos y como los que no tienen ojos vacilamos. Tropezamos al mediodía como si fuera al anochecer, y habitamos entre los sanos como los muertos. Todos nosotros gruñimos como osos y zureamos sin cesar como palomas… Porque fueron muchas nuestras rebeldías delante de ti, y nuestros pecados testifican contra nosotros” (Is 59,10-12).

¡Baja donde tu pueblo! -dice Dios a Moisés- pues no han sido capaces de soportar la soledad en la que les he dejado para probarlos y se han fabricado un Dios que les acompañe; bien pronto se han olvidado de mí y de mis obras. Baja porque son tan inconstantes como inconscientes. Por eso, durante esta prueba, no han sido capaces de esperarme y se han agarrado a un Dios a la medida de su corazón.

He aquí la historia de este pueblo. Y ¿de quién no? Es por ello que se hace necesario que quien baje hacia el hombre sea el mismo Dios, ya que lo que ha pasado con Moisés -recordemos que el pueblo se volvió a la idolatría- se repite con los profetas; son incapaces de obedecerles cuando los miedos se agarran a sus corazones. Es necesario que Dios envíe a alguien que permanezca siempre entre nosotros. Decidió, pues, bajar Él mismo en la persona de su Hijo, dando respuesta así a la súplica desgarradora de los profetas: “¡Ah! ¡Si rompieses los cielos y descendieses!” (Is 63,19).

Bajó, se encarnó, habitó entre nosotros (Jn 1,14) y garantizó su permanencia con el hombre perennemente. Él, el único que no pasa, está por siempre con nosotros tal y como lo prometió a sus discípulos: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,19-20).

Anterior

Dame de beber. Dios se muestra necesitado

Siguiente

Historia del rosario