Un dios de oro (II)

, Misionero comboniano
Hemos dejado a Israel sumido en la incertidumbre e impotencia al ver que Moisés, que ha subido a la cima del Sinaí para recibir instrucciones de parte de Dios, tarda en volver. Cansados de esperar, y también de ser llevados a través del desierto por un hombre que dice ser enviado de Dios para marcar sus caminos, deciden hacerse un dios a su medida; tan a su medida que pueda amoldarse a sus deseos, los de ellos, los israelitas. Aparece en toda su fuerza en la Escritura el dios Dinero, aquel que seduce implacablemente el corazón del hombre, como podemos observar a lo largo de la historia de toda la humanidad.
El problema no es el dinero en sí, sino el hecho de fabricarse un becerro de oro utilizando las joyas, brazaletes, anillos, etc., que los egipcios les dieron cuando se marcharon del país, tal y como Dios les había anticipado proféticamente: “Yo haré que este pueblo halle gracia a los ojos de los egipcios, de modo que cuando partáis, no saldréis con las manos vacías, sino que cada mujer pedirá a su vecina y a la que mora en su casa objetos de plata, objetos de oro y vestidos, que pondréis a vuestros hijos y a vuestras hijas, y así despojaréis a los egipcios” (Éx 3,21-22).
Repito, el dinero, los bienes y riquezas no son algo perverso en sí; de serlo, Dios no hubiese dispuesto el corazón de sus enemigos para que les entregasen sus joyas, brazaletes, etc. El problema viene a ser tal cuando el hombre, en este caso los israelitas, convierten los dones de Dios en patrimonio exclusivo de sus corazones. Es así que los bienes pierden su punto de referencia y procedencia: Dios, y pasan a ser erigidos como bienes absolutos a los que, aun inconscientemente, consideramos nuestros dioses. Este hecho catequético del libro del Éxodo es fundamental para alcanzar un discernimiento evangélico acerca de nuestras cosas. Se trata de escoger a quién queremos tener como huésped de nuestro corazón, pues, como dice el Hijo de Dios, “Donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón” (Mt 6,21).
El episodio del becerro de oro pone al descubierto la debilidad del corazón del hombre; es tan grande que no soporta la ausencia de Dios. La cuestión es que Dios es libertad, y por eso mismo conduce al hombre a situaciones en las que se sienta libre para escogerle como Tesoro de su vida; o bien, rechazarle porque crea que los otros tesoros, los que tiene más a su alcance, los considere más gratificantes y le den más seguridad.
Es cierto que Dios podría no ausentarse de la vida del hombre. La verdad es que nunca se ausenta. Lo que sí se da es que puede no sentir emocionalmente su presencia; o, mejor dicho y hablando en términos de mayor altura, que su estar con Él no sea perceptible para el alma. Podría, efectivamente, no ausentarse, y conseguiría de nosotros unas máquinas perfectas, unos robots eficacísimos e intachables; habría manifestado su voluntad de crear seres sumisos pero sin corazón y, por supuesto, sin libertad. De haber sido así, ¿qué tipo de relación podría tener con nosotros?
Israel no es una máquina, tampoco una multitud manipulada emocionalmente. Es un pueblo de hombres y mujeres que saben de esclavitudes, de golpes de todo tipo, y que al sentirse solos en el desierto son vencidos por sus inseguridades y desconfianzas. No saben qué pasos dar en adelante, y deciden arrancar de su corazón y de su alma toda la andadura milagrosa que Dios ha hecho con ellos.
Israel elige y todos contentos. Levantan a su dios, obra de sus manos, y le aclaman enfervorecidos: “Este es tu Dios, Israel, el que te ha sacado de la tierra de Egipto”. Israel ha resuelto aparentemente un problema: el de la ausencia de Moisés y, con la suya, la de Dios; cuando, en realidad, ha entrado inconscientemente en un drama. Cansados de esperar al Dios escondido, se hacen uno visible, sólo que incapaz de ayudarles en nada. Pasan de ser conducidos por Dios a ser conductores del dios que se han fabricado. Pasan de ser cargados por Dios a llevar sobre sus espaldas la carga que se han hecho.
Al igual que los pueblos vecinos, vemos que Israel tiene también su historia de idolatría. Le da por confiar en ídolos que, como dice el salmista: “Tienen boca y no hablan, tienen ojos y no ven; tienen oídos y no oyen, ni un soplo siquiera hay en su boca. Como ellos serán los que los hacen, cuantos en ellos ponen su confianza” (Sl 135,16-18).