Unión en el altar

Adoración eucarística
Fotografía: Lawrence OP (Flickr)

Fr. Rafael Pascual Elías, OCD | Cuando escribo estas líneas, recuerdo que a esta misma hora, hace exactamente 30 años hacía por primera vez de monaguillo. Qué recuerdos pasan por mi mente y corazón… Personas, lugares, eucaristías, procesiones,… Es algo tan grande vivir la eucaristía tan cerca del altar. Los años pasan y la vivencia crece hasta descubrir que Dios me pide algo más que ser monaguillo, me quiere para ser sacerdote, sacerdote que celebra la eucaristía y lleva almas al cielo, le digo que sí. Años más tarde, estando en el seminario, algo resuena en mi interior para hacerme ver que ese sacerdocio que soñaba de niño y de adolescente en el pueblo era mi sueño, pero que el mismo Jesucristo que tantas veces me ha visto ayudar en el altar tiene otro sueño para mí, ser carmelita descalzo. Me cuesta mucho verlo, mucho. Al principio y durante casi un año me resisto, pero al final gana Él, el que tanto me ama. Según pasan los días y los meses, en el silencio de la oración ante el sagrario no me deja escapar; además me dejo atrapar por ese amor tan singular y desbordante que voy descubriendo al adentrarme en los escritos de Santa Teresa de Jesús.

Oración, silencio y lectura de Santa Teresa me lanzan a dar el paso y a llamar a las puertas del Carmelo Descalzo con 22 años. Desde hace 18 años visto el hábito de la Virgen del Carmen y dejo que Cristo Jesús siga hablando al corazón y dando luz para continuar en el camino empezado. Esta historia no se puede entender si no pongo mi vida ante Él, vivo, real, presente en la eucaristía y recapitulo todo en el amor de Dios que, día a día, desde mi infancia he recibido en el altar siendo monaguillo, luego acólito, más tarde seminarista, después carmelita descalzo y al final sacerdote carmelita descalzo. Vivir la eucaristía en unión a Cristo es la fuente de todo este proceso. Por eso doy muchas gracias a Dios en este día. Miro el pasado y el futuro desde el momento presente y en el centro está la vivencia del sacrificio pascual de Cristo.

Y qué mejor que vivir este día que poniendo los ojos en el Hijo de San José que me llama y me da todo para que yo le de todo día a día. Entre los textos que más llenan mi corazón está ese del capítulo 17 del evangelio de San Juan que mi padre San Juan de la Cruz se sabía de memoria y recitaba cuando iba de camino de un convento a otro por esos campos de Castilla, de La Mancha o de Andalucía. Es la mejor manera de penetrar en las entrañas de Cristo y de su corazón sacerdotal que alienta a todo sacerdote a seguir, a ser fiel, a mirar siempre adelante y superar toda dificultad y al mismo tiempo a mostrar a los que vienen por detrás la grandeza del sacerdocio.

Lo mejor es hacer silencio, orar, abrir el corazón y dejar que el Sagrado Corazón nos inspire lo que quiere de nosotros para ser felices de verdad. En esas palabras que nos recuerda el evangelista San Juan está todo dicho. Seamos fieles y dejémonos asombrar por las palabras de Cristo a los primeros sacerdotes de la historia… Son palabras que nos muestran con mucha fuerza, pasión y unción que todo está unido en Cristo: Dios y el mundo, el Verbo y la carne, la vida eterna y el tiempo, el amor que se entrega y el pecado que lo traiciona, los discípulos presentes y los que creerán en Él por su palabra, su humillación y su gloria.

¿Qué más podemos pedir?

Me atrevo a pedir algo más a Jesucristo, el que penetra el corazón de sus discípulos con palabras tan cargadas de vida, que igual que hace conmigo hace 30 años, lo siga haciendo con los niños que hoy son monaguillos o chicos algo mayores que son acólitos, que en el altar, tan cerca del sacerdote y del mismo Cristo presente en la eucaristía, descubran que pocas vocaciones hay tan apasionantes como la de sacerdote, ser mediador entre Dios y los hombres siendo antes monaguillo, luego acólito, y también seminarista o novicio y al final sacerdote de Jesucristo para siempre.

Todo nace del silencio, de la Palabra, de la Eucaristía, del amor de Dios hecho carne que sigue poniendo los ojos en esos muchachos que un día deciden ser acólitos y abrir su corazón a Dios mientras están felices vestidos de blanco en el altar. Es algo que llena el alma de una manera sorprendente. Y mucho más cuando pasados 30 años la vivencia ha dado la vuelta: el que soñaba con ser sacerdote ya lo es y ahora son otros chicos los que llenos de alegría empiezan a ser acólitos. Todo está en las manos del Padre, en la Palabra del Hijo, en la luz del Espíritu, en la compañía de la Madre y en el trabajo callado de San José en su taller. Es cuestión de tiempo, los planes de Dios siempre se cumplen. A veces nos cuesta descubrirlos, asumirlos y llevarlos adelante. Lo importante es dar el primer paso, como ese que doy hace 30 años sin saber todo lo que vendría después y lo que Dios quería para mí. Así es Dios, así es su amor, así tenemos que vivir. Oremos para que en estos días de Navidad y siempre que vayamos a misa encontremos acólitos en el altar.

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