La manifestación del Resucitado en Tiberíades

| El evangelista explica que “se apareció otra vez a los discípulos -se entiende al grupo de discípulos-, a la orilla del mar de Tiberíades, y fue de esta manera: Hallábanse juntos Simón Pedro, Tomás llamado el Mellizo, Natanael que era de Caná de Galilea, los hijos del Zebedeo y otros dos discípulos. Simón Pedro les dice: ‘voy a pescar’, y le dicen ellos: ‘vamos también nosotros contigo’”.
Se manifiesta en la Iglesia
Jesús se muestra en todo este período en la Iglesia y en orden a la Iglesia. Este grupo que va a ser agraciado con esta manifestación del Señor estaba muy unido. Jesús les había hecho ir a Galilea, conocedor de la naturaleza humana, y conocedor de la necesidad de descanso que tenían. Jesús nos entiende y conoce muy bien. Nunca fuerza la naturaleza humana. Eso quizás lo hacemos nosotros a veces más por reacción -soberbia en ocasiones- que porque El Señor nos lleve por ahí. Jesús sabe que ellos necesitan un descanso. Saben que el aire natal es bueno para ello y les hace volver a Galilea, y allí se les va a mostrar. Y en ese período mientras los prepara para la misión futura se les muestra de vez en cuando.
Ellos siguen ya una vida de unión establecida entre ellos, y así aparece. Se ha creado la comunión entre ellos por Cristo. La relación entre ellos ya nunca será la misma que antes de haber conocido a Jesús. Nuestro trato también cambia esencialmente cuando nos hemos encontrado en Cristo porque ya todo está condicionado por su presencia.
En los de Galilea aparece esa unión ante una sugerencia de Simón Pedro. Simón Pedro no había vuelto al oficio de pescador, más bien diríamos que estaba ahora en ese descanso de unos días. Y lo hace en ese clima de ocio diciendo a los demás: “me voy a pescar”. Como buen pescador conoce que esa noche se dan buenas condiciones.
Y le dicen ellos: “Vamos también nosotros contigo”. Ésta es la unión de ánimos, la unión cordial. La unión, la cohesión, es la expresión de la libertad cuando hay amor. El problema verdadero no está simplemente en la libertad, no es cuestión de poder decir: ‘soy libre’. La libertad puede llevar a extremos opuestos.
El hombre tiene la libertad como condición de su naturaleza. Lo que hay que conseguir es usar de la libertad al servicio del verdadero amor. Esto es lo que hace la caridad: poner la libertad al servicio del amor. Y como entre ellos hay amor, están unidos, esta libertad se expresa en la unión. Alguno les diría: ‘pero, ¿por qué vais juntos? ¿Sois gregarios? ¡Tened libertad!’. Pero iban juntos precisamente porque eran libres.
Nos prepara con la pobreza
“Fueron, pues, y esa noche no pescaron nada”. El bueno de Simón Pedro se lució. O sea que él había predicho que iba a ser una noche estupenda, que iban a pescar cantidad… y no pescaron nada. Y a la mañana siguiente, vuelven hacia la orilla humillados y tratando de ocultar el fracaso. Y ahí, a la mañana siguiente, se les mostró Jesús en la orilla.
De nuevo tenemos ese gran principio. Jesús se puede mostrar en cualquier momento y en cualquier lugar. No le podemos circunscribir a determinados momentos elegidos por nosotros, como es el de la oración, el de la Eucaristía, el momento en el que yo estoy adorando el Santísimo. No. En cualquier momento se puede presentar, y a esto tiene uno que estar disponible, abierto. Sólo el alma que está preparada y está esperando al Señor en una actitud general de espera, con oídos atentos, lo reconoce cuando Él se presenta. Pero si uno baja la guardia y descuida la actitud de espera, y se sumerge en las cosas que hace, puede que el Señor se presente y no le reconozca.
No se imaginaban que, en esas circunstancias, precisamente cuando volvían cansados y humillados, como tratando de entrar escondidamente en el puerto para no ponerse a la vergüenza de todos con la vaciedad de su barca, iba a presentarse Jesús. Se les mostró en la orilla. “Pero los discípulos no conocieron que fuese Él”. Les faltaba la disposición para reconocerle. Aunque veían materialmente a una distancia bastante notable, a más de cien metros, pero no le reconocieron. También nosotros, con argumentos nuestros, queriendo a veces un discernimiento muy racional, pues solemos decir: “Hombre, si fuese el Señor, se podía haber mostrado en la barca, en la barca, porque Él no tiene que pasar por el agua. Y así se muestra más de cerca”.
¿Quién le puede decir al Señor cómo lo va a hacer? Y a veces sí decimos: “Hombre, si fuese del Señor se tendría que haber mostrado de esta manera”. ¿Quiénes somos nosotros para ponerle esas condiciones al Señor? Se mostró en la orilla y no lo reconocieron.
Y Jesús les dijo: “Muchachos, ¿habéis pescado algo?”. La pregunta más desagradable que les podían hacer, porque les ponía directamente al descubierto, cuando volvían cansados y fracasados. Era la pregunta fatal. Responden secamente: ‘No’. Así es el Señor. Antes de intervenir quiere que tomemos conciencia de nuestra incapacidad, de nuestra imposibilidad, de nuestro fracaso.
Esa situación no debe desalentarnos, muchas veces es la preparación de su intervención. Le gusta que caigamos en la cuenta de que no podemos, de que no hemos hecho nada, para que nos convenzamos de que todo tiene que ser bajo su Palabra. Y Él entonces les dice desde la orilla: “Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis”.
Al fin, recuerdan y reconocen
Uno se sorprende de que Simón Pedro no le hubiese dicho: “déjanos de derecha y de izquierda, que entendemos de pesca, y sé dónde está, dónde se echa y dónde no se echa”. Podría ser esa una respuesta de una persona un tanto orgullosa. También podrían ellos sospechar que desde la orilla se veían los bancos de peces. Aquella región es abundante en peces. El hecho es que Simón Pedro sigue la indicación de aquél desconocido que estaba en la orilla, y echando la red a la derecha, no podían sacarla por la multitud de peces que había. No dice que sea un milagro, no lo dice. Es un signo de una realidad superior, pero no precisamente milagro fuera de las fuerzas de la naturaleza.
Jesús los prepara para su encuentro, y suele hacerlo con el recuerdo de las experiencias que han tenido con Él. Es como recordar sus misterios. Les trae a la mente escenas semejantes vividas por ellos con Él, donde Él había intervenido y había obtenido una pesca milagrosa. Juan, que estaba más atento que los demás, quizás se acordó de la pesca milagrosa, y mirando atentamente hacia la orilla, con amor, con la mirada penetrante de los ojos puros, gritó: ‘¡Es el Señor! ¡Es el Señor!’.
De nuevo aquí el binomio Juan-Pedro. Juan es el carisma de la contemplación en la Iglesia. Simón Pedro de la Iglesia jerárquica. Y Juan se adelanta. Es el que tiene esa penetración contemplativa para reconocer a Jesús en sus visitas y en sus manifestaciones. Pero inmediatamente lo somete a Pedro. Va donde Pedro lo primero. Y le dice: ‘¡Pero si es el Señor!’.
Simón Pedro apenas oye que es el Señor, mira allá, se ciñe una túnica y al agua. Se tira al agua dejando las redes, los peces, la barca, a sus compañeros… todo. Y allá se lanza, a brazadas para pasar esos cien metros que le quedaban hasta la orilla. Y allá se va él solo, dejándoles a todos. No tiene tiempo. Ahí se ve el interés que él tenía por los peces que estaba pescando. Lo deja todo eso. Todo eso al lado de Jesús no le importaba nada. “No se anteponga nada al amor de Jesucristo” (Regla de San Benito 4, 21).
Es admirable ese fuego de amor con que se lanza. En cambio Juan se queda. Qué semejanza entre Marta y María, Juan y Pedro. Juan se queda en la barca. Simón Pedro se lanza a nado hasta llegar a la orilla.