Me verás entre tinieblas (II)

Camino de Emaús
Camino de Emaús (John Linnell)

Antonio Pavía, Misionero comboniano

Hemos dejado a Moisés a solas en la cima del monte Sinaí donde Dios le había emplazado para encontrarse con Él. Si tuviéramos que escoger una analogía poética para describir qué aconteció en lo alto del Sinaí, utilizaríamos este paralelismo: de la misma forma que, por obra y gracia de Dios, cuando Israel pisó las aguas del mar Rojo, éstas se inclinaron casi reverencialmente para dejar paso a su pueblo santo, así, de igual modo, las tinieblas, que se creían dueñas y señoras del monte, también tuvieron que inclinarse, más bien, someterse, ante el hombre de Dios quien, obediente a Dios, había subido a su encuentro.

Moisés obedeció con el corazón en un puño, igual que Abraham cuando subía con su hijo al monte Moria. Al igual que éste, Moisés desafió sus miedos, sus incertidumbres, incluso sus desconfianzas, las que afloran de forma natural e irremediablemente ante la desnudez de la soledad y lo temible de lo tenebroso. Subió, se encontró con Dios y volvió con la antorcha viva de su fe, con la luz de lo que había visto y oído. Bajó hacia su pueblo con esta buena noticia: No era una fábula ni una fantasía, Dios existe y ha llamado a este pueblo nuestro para ser luz de las naciones. Preparaos, pues también se os dará a conocer a todos vosotros.

El cronista del Éxodo inicia la descripción de la Teofanía, Manifestación de Dios a su pueblo, con unas palabras profundamente proféticas: “Al tercer día”. No nos es difícil en absoluto ver en esta especie de preámbulo un anuncio de la Teofanía, Manifestación de Dios por excelencia cuyo resplandor alcanza a toda la humanidad: la Resurrección del Señor Jesús. Teofanía que engloba todas las demás que encontramos a lo largo del Antiguo Testamento, y profetizada por el mismo Hijo de Dios a través de su misión: “Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y escribas; le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles, para burlarse de él, azotarle y crucificarle, y al tercer día resucitará” (Mt 20,18-19).

Profetizado y anunciado por el Hijo de Dios a los suyos que, a decir verdad, no le creyeron; a pesar de lo cual no dejó de recordárselo una y otra vez. Repito, no le creyeron hasta que lo vieron con sus propios ojos. Recordemos aquellos dos discípulos de Emaús que, desanimados y escépticos, decidieron abandonar el grupo apostólico congregado en Jerusalén. Jesús les salió al encuentro; y éstos, como queriendo justificar su abandono e incredulidad, le dicen sin reconocerle: “…Con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó…” (Lc 24,21). A pesar de este su escepticismo, Jesús les siguió hablando catequéticamente a lo largo del camino, hasta que, como bien sabemos, “se les abrieron los ojos y le reconocieron” (Lc 24,31).

Al tercer día resucitó de entre los muertos, venció al mal y a la muerte: he ahí el centro neurálgico de la predicación de la Iglesia apostólica, como atestigua el apóstol Pablo: “Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Pedro y luego a los Doce…” (1Co 15,3-5).

Al tercer día de la llegada de Israel al Sinaí, Dios se le manifiesta. Los israelitas, todos a una, se echan a temblar a causa de los truenos y relámpagos que acompañan la manifestación de Dios. Aun así permanecieron al pie del monte, tenían una garantía en la que apoyarse: Moisés, que, habiendo subido a la cima, atravesado el cerco de tinieblas y hablado con Dios, ¡había vuelto vivo! Asentada su fe sobre esta garantía, esperaron contra viento y marea la Manifestación de Dios.

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Revista nº 197