Jesús está vivo y resucitado en medio de nosotros, su pueblo

Alabanza

Blanca Mediavilla Sánchez | Antes de comenzar mi testimonio, quisiera contaros como fueron mis comienzos en la vida de la fe. Nací en una familia católica, mis padres me enseñaron las oraciones, fui a un colegio de monjas, donde aprendí muy bien el catecismo, la importancia de ir a misa, rezar el rosario, etc. Yo creo que todo eso dejó un poso en mí. Después fue tiempo de instituto, estudios superiores y mi vida tomó otro rumbo. Pensaba en divertirme, hacer deporte, terminar la carrera, y la vida de la fe, se limitaba a ir a misa los domingos, y no todos. Luego empezó mi vida laboral y es en este periodo, cuando mi vida de fe empieza a dar un giro y comienza mi testimonio.

En el trabajo conocí a una compañera que pertenecía a un grupo cristiano que me hablaba de Jesús. Yo la escuchaba, porque ponía tanto entusiasmo en lo que decía que parecía que lo vivía. Todos los días, por ella, escuchaba la Palabra de Dios en el trabajo, yo prestaba toda mi atención a lo que me decía, pero no se lo daba a entender y cuando terminaba, cambiaba de conversación y seguíamos hablando de otras cosas.

Un día me regaló un rosario de diez cuentas, que se puede usar de pulsera, y que yo guarde en un cajón de mi mesilla. Otro día me llevó una postal con una oración al Espíritu Santo, adaptación de la oración de San Juan XXIII. Al final de la oración decía: Derrama tu Espíritu de amor sobre mí, sobre la iglesia y sobre el mundo entero. Yo no había rezado nunca al Espíritu Santo, para mí era un desconocido, pero empecé a rezar todos los días esa oración.

Pasado un tiempo, estando en mi mesa de trabajo, me empezó a venir a la mente lo siguiente: Tengo sed de Ti Señor, dame de beber, quiero dar a los demás agua de tu manantial, Señor. Me quede muy sorprendida con lo que escribí, lo guarde y lo puse fecha (1992). Otro día en el mismo lugar, en mi mesa de trabajo, me empieza a venir a la mente una oración a Jesús y le digo: Qué más puedo pedir si te sigo, qué más puedo pedir si tú eres mi amigo. No daba crédito a lo que escribía, apenas le conocía y le llamaba amigo. Después de esta oración escribí otra al Padre y otra al amor de Dios. En esta última decía: Es tu amor lo que anhela mi alma, es tu amor lo que late en mi corazón.

Me di cuenta de que había escrito al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, a la Santísima Trinidad. No entendía nada de lo que me estaba sucediendo, y en lugar de preguntar, lo que hice fue callarme y guardar todo lo que había escrito.

Al poco tiempo la empresa quebró y nos despidieron. Ella me entregó un dibujo con una dedicatoria y yo tenía la intención de entregarla mis escritos, pero no recuerdo lo que sucedió para no hacerlo. Una vez en casa, sin saber el por qué sentía muchas ganas de ir a misa todos los días. Por aquel entonces tenía 39 años, era la más joven que iba a misa. Un día mi párroco me dijo: la mies es mucha y los obreros pocos, ¿quieres ser catequista?, y le dije que sí. Fui catequista de niños de primera comunión durante 7 años, lo cogí con mucho entusiasmo, pero al final me entró el desánimo, que es lo peor que te puede suceder, y lo deje todo sin pensar en las consecuencias, solo pensando en mi. Con esa decisión se fue apagando poco a poco esa llama que se encendió en mí y volví a mi vida anterior.

Pero el Señor es puro amor, pura misericordia, y no nos trata como merecemos, me lo demostró nuevamente en mi vida. El 30 de diciembre del 2006 tuve que ir a urgencias por unas taquicardias muy fuertes. Entré a las 10 de la mañana y eran las 11 de la noche y no conseguían estabilizarme. Pensaron, como último recurso, darme una descarga eléctrica. Fue en ese momento cuando vi mi vida peligrar y pensé: ‘Señor si salgo de esta rezo todos los días el rosario y voy a misa todos los domingos’. Al terminar este pensamiento vino otro médico que anuló la descarga, me puso un goteo con un medicamento y mi corazón se estabilizó y salve la vida.

Otra vez mi vida cambió de rumbo y gracias a la fuerza del Señor conseguí salir de mi enfermedad, me costó 3 años, y cuando parecía que todo volvía a la normalidad, mi marido cae enfermo de cáncer terminal y fallece en 4 meses. A los 6 meses del fallecimiento de mi marido, llamé a mi compañera, para agradecerla todo lo que me había regalado y la importancia que había tenido en mi vida. La envié lo que había escrito hace más de veinte años.

A partir de ese momento ella me ayudó a entender lo que me había sucedido y surgió una gran amistad. Un día me invitó al quinario al Espíritu Santo, que organizaba su grupo de la Renovación Carismática en la catedral. Ya el primer día me gustó la forma de adorar al Santísimo y fui los cinco días que duraba. Fue una experiencia inolvidable para mí sobretodo en dos momentos determinados: El primero, cuando el sacerdote llevaba la custodia por el pasillo central y paso junto a mí, al mirarla tan cerca sentí la presencia del Señor vivo, algo tan especial que no podría explicar. El otro momento fue el último día, cuando los sacerdotes que oficiaron la misa, se ofrecieron para orar por los asistentes. Yo me puse a la fila y el sacerdote me puso las manos en la cabeza y oro por mí. Sentí una paz que no había sentido nunca. Fue en ese momento cuando decidí ir al grupo de oración carismático ‘Amor de Dios’ al que pertenecía mi amiga y desde el, seguir a Cristo. Estoy muy contenta de haber tomado esta decisión pues aquí he descubierto, principalmente, que la oración de alabanza es una gran medicina que nos regala el Señor. Con ella nos cura de nuestro egoísmo, pues al alabar solo pensamos en El y no en nosotros.

Cuando repaso mi vida y la obra de Dios en ella no puedo dejar de decir: Bendito y alabado sea el Señor por siempre.

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