Dios se entrega totalmente (I)

Atardecer en el monte Sinaí

Antonio Pavía, Misionero comboniano

“Moisés subió hacia Dios. Yahveh le llamó desde el monte, y le dijo: Así dirás a la casa de Jacob y esto anunciarás a los hijos de Israel. Ya habéis visto lo que he hecho con los egipcios, y cómo a vosotros os he llevado sobre alas de águila y os he traído a mí. Ahora, pues, si de veras escucháis mi voz y guardáis mi alianza, vosotros seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos…” (Éx 19,3-8).

Israel acampa frente al monte Sinaí. Dios invita a Moisés a subir hacia la cima para encontrarse con Él. Le da unas palabras con la finalidad de preparar el corazón de este pueblo para que pueda, al menos en parte, comprender la alianza que quiere hacer con él. No es una alianza que descienda de lo alto sin ningún presupuesto previo, en cuyo caso sería motivo de extrañeza e incluso desconfianza.

Efectivamente, Dios no entra, por así decir, a saco en la vida de nadie. Primero nos hace ver que está a nuestro favor, que no es nuestro enemigo; que eso fue lo que susurró al oído Satanás a nuestros primeros padres (Gé 3,1 y ss.). Dios, para habitar en el hombre, primero le pide permiso. De ahí su deseo de hacer ver a su pueblo sus gestos de amor y cercanía. Y sólo después, al tener experiencia de tantas gestas en su favor, les propone un pacto de amor: su alianza.

Habéis visto lo que he hecho con vuestros enemigos y también lo que he hecho con vosotros. Os he cobijado como si fueseis mis polluelos, bajo mis alas habéis atravesado el desierto, os he alimentado, en definitiva, os he hecho míos por amor.

Nos detenemos en esta forma de actuar de Dios pues hace parte de nuestro camino de fe. Es un estilo de obrar que Juan, en su primera carta, expone y resume magistralmente con estas palabras: ¡Dios nos amó primero! “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo” (1Jn 4,10).

Hemos conocido, tenemos experiencia personal de que Dios nos ama, nos dice el apóstol y evangelista. Que Dios es amor no es un enunciado ni una definición, es algo que lo sabemos por experiencia. Habéis visto, dice Dios a Israel, lo que he hecho por vosotros; sabéis de mi amor porque tenéis una historia de predilección dibujada en vuestras entrañas. El amor de Dios por el hombre no es algo etéreo sino real, está escrito en el libro de la Vida; el hombre que ha conocido este amor lo lleva tatuado en el alma. He ahí el presupuesto que Dios hace con Israel y con todo ser humano para que su alianza brille en todo su esplendor.

“Habéis visto, una y otra vez, lo que he hecho por vosotros desde que os envié a Moisés para libraros de vuestra esclavitud”: He aquí el memorial de fe que todo israelita ha oído de sus padres desde los primeros balbuceos de su existencia. Incluso cuando un hombre, por los golpes que le ha dado la vida, pudiera llegar a pensar que todo esto es una gran mentira, una fábula heredada de sus antepasados, la verdad es que, si le da por buscar en el corazón de Dios, se encuentra a sí mismo en Él.

Dios mismo invita a Israel a fijar los ojos en las etapas que han vivido a lo largo del desierto para que se den cuenta de que siempre estaban cogidos de su mano; que, a pesar de sus continuas rebeldías, no habían sido desplazados del hueco que tenían en su corazón. En este preámbulo de la alianza, Dios insiste en el “habéis visto, tenéis ya experiencia, sois testigos” de que he estado con vosotros en vuestro caminar, tanto en los días felices como en aquellos en que pensabais que ibais a sucumbir, como cuando los egipcios os dieron caza a las orillas del mar Rojo. Aquel día, sobrecogidos por el miedo a morir, gritasteis a Moisés: “¿Acaso no había sepulturas en Egipto para que nos hayas traído a morir en el desierto?” (Éx 14,11…).

Sí, es cierto, Israel pensó que había llegado su fin; sin embargo, sus propios ojos pudieron ver la derrota de sus enemigos: “Aquel día salvó Yahveh a Israel del poder de los egipcios; e Israel vio a los egipcios muertos a orillas del mar” (Éx 14,30).

El pueblo de Israel fue testigo de esto, y también de que Dios les enviaba el alimento de lo alto; asistieron asombrados a la maravilla de la roca que, golpeada por Moisés, dio a luz un manantial  cuyas aguas saciaron la sed de todo el pueblo. Así mismo pudieron ver cómo el poderoso ejército de Amalec caía estrepitosamente bajo sus plantas. Tanto fue lo que vieron, que Dios juzgó oportuno que había llegado el momento de madurez para hacer alianza con ellos. A final de cuentas, es una alianza a la que podríamos dar un título: ¡Seréis mi propiedad personal, seréis míos y yo vuestro: Yo, Yahveh, vuestro Dios!

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