Su Gran Misericordia abrazó las tinieblas de mi vida

Árbol

Fernando

Me llamo Fernando, soy español y el menor de siete hermanos. Desde pequeño mis padres me hicieron crecer en la fe, en casa siempre se rezaba el rosario pero al mismo tiempo había un clima de tensión con muchos gritos. Empecé a tener miedos y me cerré mucho. No encontraba con quién compartir lo que vivía y fui creciendo con muchas inseguridades, complejos e inferioridad. Odiaba a mi padre y tenía rencor hacia todo el mundo. Tomé el ejemplo de mi hermano mayor escuchando su música y usando su ropa, pero él al poco tiempo se fue de casa. Yo había descubierto en la rebelión mi válvula de escape y en los porros, el alcohol y las veladas en el bar la “paz y libertad” que siempre me había faltado en casa, que consideraba casi una prisión.

A los 16 años me fui a estudiar en un internado pero no sabía relacionarme con los demás y no obedecía, hasta que me echaron. Fue un gran fracaso que no pude aceptar. Termine el año escolar en casa y luego fui a la universidad. Allí traté de acercarme al grupo de oración que frecuentaba mi familia porque no quería ser un fracasado toda mi vida. Pero era débil y estaba herido, comencé a beber todos los días para escapar de todos los problemas que tenía y de la sensación de no ser nada para nadie. Empecé a luchar para salir del mundo de las tinieblas, tristeza y confusión pero no lo logré. Finalmente traté de cambiar las cosas exteriores: ciudad, amigos, chica, trabajo, estudios, en vez de cambiar yo. Cada vez estaba peor, mis padres me habían echado de casa pero logré que me recibieran otra vez contando mentiras. Finalmente, cuando me encontré desesperado, cuando ya no tenía ganas de vivir, busqué información sobre la Comunidad Cenáculo, de la que me habían hablado años atrás sin saber si yo estaba mal. Fui al primer coloquio y desde ese momento enseguida sentí que era el lugar para mí, cuando vi a los jóvenes que tenían una luz nueva, una libertad y una alegría que yo también quería para mí. En ese momento, en ese lugar, renació la esperanza en mí.

El primer período después del ingreso fue difícil, mucha lucha; después me enviaron a abrir la casa de Fátima, lo que yo había deseado desde los primeros días. Llegué como chico joven y aquí viví más luchas y más sufrimientos porque me encontré frente a mí mismo, despojado de las máscaras, con hermanos que decían la verdad que ponía en evidencia al verdadero Fernando. Poco a poco comencé a abrirme, a pedir ayuda a los hermanos, a compartir, a bajar el orgullo y recuperar confianza en mí mismo. La Virgen realizó cosas muy lindas dentro de mí, la más bella fue reconciliarme conmigo mismo, amar mi vida y perdonarme por todo el mal que me había hecho en el pasado. Frecuentando el lugar de las apariciones del Ángel y de la Virgen sentí gracias especiales y sentí que las heridas iban sanando poco a poco.

Recuerdo el 13 de mayo de mi primer año en Fátima, me pidieron que rezase un misterio del Rosario en mi idioma en la plaza llena de peregrinos: allí, cerca de la Virgen sentí su presencia y mis miedos cayeron. Tengo la certeza de que Ella siempre estará conmigo y es lo que me da la fuerza para afrontar lo que la vida me ponga adelante.

Agradezco a la Comunidad por la confianza que ha tenido en mi. Seguir la voluntad de Dios es la elección de mi vida, lo que me está transformando y cambiando el corazón. En mi vida, muchas veces renegué de Dios, pero hoy no puedo dejar de ver su infinita Misericordia que día a día me enseña la importancia del perdón. Hoy sé que el amor de Dios, que es Jesús, es un amor infinito. El milagro de mi vida es la plenitud que siento en el corazón.

Quiero agradecer a Madre Elvira por todos sus sacrificios hechos con alegría gracias a los cuales tuve la oportunidad de cambiar mi vida. Agradezco a Dios Padre que con su Gran Misericordia abrazó las tinieblas de mi vida y todas mis heridas, me amó como era y como soy y me enseñó a amarme y a perdonar a los que me han herido.

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