Me verás entre tinieblas (III)

, Misionero comboniano
Estamos totalmente dentro de la Teofanía: Dios se da a conocer a Moisés. Si al principio de su misión éste tuvo acceso al nombre de quien se le manifestó en forma de fuego ardiente en la zarza, diciéndole: “Yo soy el que Soy”, ahora, en la cima del Sinaí recibe el legado de las diez Palabras; así es como llama a los mandamientos el autor del libro del Deuteronomio (Dt 4,12-13).
Vamos a detenernos sin prisas en este acontecimiento salvífico. Analicemos catequéticamente por qué el pueblo de Israel identifica los mandamientos recibidos en el Sinaí con la Palabra. Esto es importantísimo ya que en nuestra cultura occidental, el término mandamiento tiene un fuerte matiz coercitivo. Ante este término, lo primero que nos viene a la mente es como una especie de obligaciones, órdenes y normas, de cuyo cumplimiento depende que seamos aceptados en un grupo tanto de índole religiosa como social.
Algo no cuadra muy bien si resulta que Dios “se molesta” en escogerse un pueblo, –que, además, está esclavizado- lo libere milagrosamente de Egipto arrancándolo de las garras del faraón y su ejército, lo sostenga en múltiples ocasiones en su travesía por el desierto, para, al final, imponerle unos mandamientos/órdenes, cuyo cumplimiento -bien lo sabemos- está por encima de sus posibilidades.
Algo –repito- no cuadra bien en esta historia de salvación: que Dios se haya empeñado en levantar a unos hombres para, después, dejarlos a su suerte ante el listón inalcanzable que constituyen los mandamientos que les da. Es cierto, algo no cuadra bien, y, para nuestra sorpresa, diremos que lo que no cuadra bien es, indudablemente, nuestro concepto de mandamiento cuando lo vinculamos con orden o precepto.
Israel sabe que con respecto a Dios, mandamiento se identifica con su Palabra. En este sentido, ambos se entienden desde el poder creador de Dios; poder que emerge en las entrañas del que acoge la Palabra y la interioriza. Es un poder –repito- creador que no tiene en sí la ley tal cual la entendemos normalmente. Pongamos un ejemplo. La ley te dice desde el punto de vista religioso, que tienes que ser bueno, generoso, humilde, manso, etc.; pero ella, la ley en cuento tal, no hace nada por el hombre, le deja a merced de sus fuerzas que ya sabemos a qué se reducen cuando la tentación le asfixia.
La ley dice e impone. Dios, con su Palabra, hace. Expresado de otra forma, Dios tiene poder para proclamar: “Yo lo digo y lo hago”, algo que no está contenido en la ley. El Dios que dice y hace traspasa incluso todo aquello que nos parece imposible. Escuchemos lo que hace saber a Israel cuando ha perdido ya toda esperanza de sobrevivir a la cautividad de Babilonia: “Sabréis que yo soy Yahveh cuando abra vuestras tumbas y os haga salir de vuestras tumbas, pueblo mío. Infundiré mi espíritu en vosotros y viviréis; os estableceré en vuestro suelo, y sabréis que yo, Yahveh, lo digo y lo hago” (Ez 37,13-14).
Algo parecido les dice Isaías. Y como garantía de que su profecía será cumplida por Dios, se limita a proclamar algo que todos entienden muy bien: porque Yahveh ha hablado. “Consumirá a la Muerte definitivamente. Enjugará el Señor Yahveh las lágrimas de todos los rostros, y quitará el oprobio de su pueblo de sobre toda la tierra, porque Dios ha hablado (Is 25,8).
Moisés subió al monte, recibió de Dios las diez Palabras de Vida y las puso en los oídos y el corazón del pueblo que le estaba esperando en los límites que le había fijado. Paralelo impresionantemente fidedigno con Jesús que, subiendo al Calvario, desafió la muerte, la venció y, fruto de esta victoria, nos dio sus Palabras que son Espíritu y Vida (Jn 6,63b). Palabras que en su conjunto reciben el nombre sagrado de Evangelio.
El apóstol Pablo, con la sabiduría propia de quien vive la desbordante pasión por el Evangelio, le llama Evangelio de la salvación que nos ata al Espíritu Santo: “En Él también vosotros, tras haber oído la Palabra de la verdad, el Evangelio de vuestra salvación, y creído también en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la Promesa” (Ef1,13).