Caminar de la mano de Jesús

Manos

Zulima | Me llamo Zulima y en el año 2016 tenía 52 años. Trabajaba como psicóloga, y mi entorno familiar y social era bueno. Todo esto que os voy a contar empezó porque decidí operarme debido a unas hernias cervicales que provocaban limitaciones en mi vida diaria y mucho dolor que principalmente se manifestaba en el trabajo. Parecía que todo iba bien, pero no iba a ser así. Por delante me esperaba una ‘aventura’ que nunca imaginé…

Empecé con leves molestias en la garganta y fui a distintos profesionales que no detectaron ningún problema. Después empezó a costarme tragar la comida e ingresé de urgencia en el hospital. Me diagnosticaron una importante infección que afectó a la columna vertebral y al esófago. Permanecí ingresada casi tres meses. Me intervinieron en cuatro ocasiones. La infección me provocó una fisura en el esófago, afectó a una parte de la columna y sufrí otra complicación: una ulcera duodenal con perforación. Estuve bastante grave, con importante riesgo vital. Con antibióticos casi cuatro meses, sin poder comer por boca casi 7 meses, no podía ni tragar la saliva, con curas diarias y un largo etc. Cuantas veces he pensado que no valoramos lo que tenemos hasta que nos falta: el simple hecho de beber un vaso de agua (que yo en ese momento no podía) me parecía una maravilla.

Durante mi estancia en el hospital los dos primeros meses no fui consciente de la gravedad de mi estado. Estaba relativamente tranquila y aceptando que ahora me tocaba estar enferma. Quizá inconscientemente estuve negando la trascendencia de todo lo que me estaba pasando o que en realidad nunca piensas que esto te puede tocar a ti. Pero el último mes estaba más triste y preocupada, tenía más conciencia de lo que había vivido y estaba viviendo. Rezaba y tenía presente a Jesús pero no sabía encontrarle ni experimentar que estaba allí. Durante todo el proceso sentí gran apoyo por parte de muchos profesionales del hospital, de mi pareja, mi familia y amistades. Es a través de ellos donde entreveo Su presencia. Los profesionales me salvaron la vida pero estoy segura que Jesús estaba detrás de ello.

Salí del hospital con un collarín rígido durante 6 meses (día y noche) ya que el sistema de sujeción que me pusieron en las vértebras fracasó y dado mi estado no podían operarme otra vez. Me alimentaba mediante gastrostomía. Caminaba con un andador y precisaba de total ayuda para el desempeño de las actividades de la vida diaria. Los primeros meses de volver a casa estuve muy triste, me sentía una extraña y casi no podía creer lo que me estaba pasando. Tenía pánico ante cualquier síntoma, las múltiples consultas y pruebas que tenía en el hospital las vivía con gran ansiedad, recordaba muchos momentos duros y difíciles del hospital, tardé tiempo en salir a la calle y siempre acompañada, etc. Sólo cuando te ves así te das cuenta lo frágiles que somos.

Poco a poco fue mejorando mi estado de ánimo. Establecí unas rutinas a lo largo del día. La lectura por las tardes ha sido y es una gran terapia para mí. Tengo dos personas que vienen para ayudarme en casa. Mis amistades no fallan, el gran apoyo de mi pareja los fines de semana y de mi familia cuando puede. Actualmente tengo varias secuelas. A nivel del esófago dificultades en la deglución. A nivel motor una alteración en el equilibrio. Tengo poca resistencia a pesar de la poca actividad que realizo y aparece pronto el dolor de espalda que solo cede recostándome. No puedo trabajar. Es una vida limitada. Intento acostumbrarme a que prácticamente soy otra persona con una nueva forma de vida.

Si pienso en mi vida anterior todavía siento tristeza. Trato de pensar solo en cada momento (bueno, eso intento…). Pero aun así tengo que decir que durante todo el año posterior al ingreso así como en la actualidad he ido sintiendo cada vez más la presencia de Jesús. Esto está siendo un proceso, un camino a recorrer… pero que no quiero dejar. Trato de tenerle más presente cada día, de comunicarme con el, de buscar su apoyo, de agradecerle, etc. Cuando me siento más baja o tengo más miedo le digo que no deje de caminar a mi lado. Cuando veo que puedo hacer cosas que no hacía y me siento contenta, lo comparto con el y le muestro mi agradecimiento.

En realidad ha sido a través de la enfermedad como le voy encontrando. El me está ayudando a adaptarme a esta nueva vida. Siempre me he considerado una persona religiosa pero la forma en que Jesús forma parte de mi vida es distinta ahora, de una manera que no esperaba. La tristeza y el miedo han ido desapareciendo porque AHORA TENGO LA CERTEZA DE QUE EL ESTÁ AQUÍ Y CAMINA A MI LADO.

Anterior

Alegría y júbilo pascual

Siguiente

Simeón, el Teólogo