La pastoral juvenil desde el corazón de Cristo

Mons. , Obispo de Orihuela-Alicante | Cuando vemos en televisión esas carreras de relevos, de 4 por 100, cuando los velocistas se tienen que entregar el testigo, solemos mantener la respiración en el momento en que se pasan el testigo uno a otro en la mano porque es el momento más delicado, puede caer el testigo al suelo, y si se cae, la carrera se ha perdido. Algo similar vivimos en la vida de la Iglesia cuando en este occidente cuesta pasar y transmitir la fe a las nuevas generaciones. Y es nuestro gran reto.
De alguna manera compartimos el sufrimiento del corazón de Cristo, que dice el Evangelio que viendo a las multitudes se compadecía de ellas, sufría al verlas como ovejas sin pastor. Esta expresión del evangelio se puede aplicar muy especialmente a la juventud viéndoles faltos de una fe viva, de una fe firme, de un conocimiento profundo de Jesucristo.
Recuerdo en Palencia, en la capilla de la adoración perpetua haber tenido un turno de adoración las noches de los sábados al domingo. La capilla de la adoración está en un lugar céntrico, donde los jóvenes tenían “su movida”. Y cuando uno estaba allí en la capilla, en absoluto silencio delante del Señor, recuerdo haberle dicho: “Señor ¿y yo qué hago para hablarles a esos jóvenes de ti? ¿Qué piensas de ellos Jesús? Enséñame a amarles, enséñame a quererles”.
Me parece que es muy importante que llevemos ante Jesús en la Eucaristía, ante el Corazón de Cristo, la petición por nuestros jóvenes.
La pastoral juvenil es el encuentro entre el joven que tiene hambre y sed de felicidad con el encuentro de Dios encarnado en Jesucristo, que tiene hambre y sed de los jóvenes.
San Juan Bosco, comienzos de la pastoral Juvenil
La pastoral juvenil no es un dogma de fe, no siempre ha existido en la Iglesia. Hasta San Juan Bosco prácticamente no existió pastoral juvenil. La Iglesia sencillamente tenía una forma de educar en la fe a todos los cristianos y hacían la iniciación cristiana; y cuando un joven la terminaba se le suponía adulto y se le trataba como tal.
La pastoral juvenil surgió cuando en el momento de la revolución industrial se empezaron a dar una forma de vida en la que la familia dejaba de tener la tutela de sus hijos y dejaba de acompañarles de una manera muy armónica hasta el momento del grado de madurez suficiente en el que a alguien se le puede considerar adulto.
Y más que la familia, comenzaban a pesar determinados factores sociales. Y San Juan Bosco entendió que había que buscar formas específicas de dirigirse a ellos, porque su situación estaba como enquistada.
Lo primero a tener en cuenta es que no hay que idolatrizar el ser joven. Todo el mundo parece que quiere ser joven. Y si uno ve por ahí los anuncios publicitarios, todo el mundo parece ser joven. La juventud no es un fin, sino que es un paso hacia la madurez. Nuestra meta es ayudarles a madurar, hasta que completen el camino que Dios ha puesto en ellos.
En cuanto a las dificultades que encontramos hoy para acercar a los jóvenes a Cristo, me atrevería a hablar de tres heridas principales que caracterizan la cultura de nuestra sociedad y que tienen una especial incidencia en los jóvenes. Hace 20 años hablábamos mucho de una ruptura en la transmisión generacional. Hoy en día no se habla tanto de ruptura, pues la crisis que puede tener un joven está muy compartida en los adultos.
La primera, la herida del narcisismo
Nos condiciona mucho la familia y el entorno social en el que hemos nacido.
A Juan Pablo II el Señor le forjó un alma de acero a través de unas circunstancias en la vida tremendas. No sólo el que quedase huérfano tan temprano y, tuviese que cuidar de su padre y encontrarle muerto siendo él bien joven. Además, tuvo que vivir en la clandestinidad su seminario, en una Polonia invadida por los nazis. Tuvo que celebrar su primera misa solo, sin ningún familiar, en la cripta de la catedral.
Su sacerdocio y su episcopado fueron siempre bajo la persecución del comunismo. Pero nuestros jóvenes son hijos de otra generación muy distinta, en la que no han vivido una guerra, sino una cultura del bienestar como criterio último. Una cultura en la que la natalidad ha disminuido muchísimo, lo cual supone que uno no ha aprendido a compartir con los demás. Se ha criado siendo el rey de la familia, sin capacidad de sacrificio. Y eso suele crear una herida narcisista.
El narcisismo suele tener dos versiones: optimista y pesimista.
La versión optimista del narcisismo es la de aquél que se considera el príncipe de la reunión, y todo el mundo tiene que hablar de lo que él quiere, y todo tiene que girar en torno a él, porque él se piensa y es capaz de mirar a todos como si los utilizase a su servicio.
La versión negativa es la propia de quien se piensa que todo le ha salido mal, nadie le hace caso. Uno se cree víctima y tiene que estar contando sus males a todo el mundo, como dando pena, mendigando afectividad, pero que en el fondo es siempre yo, yo, y yo.
Es imposible creer en Jesucristo que te dice “el que quiera seguirme que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz y me siga”. Quien está afectado al narcisismo eso no lo puede entender.
Es muy importante curar la herida del narcisismo para poder tener fe. Yo creo que el estilo de las Jornadas Mundiales que Juan Pablo II ha impreso en la iglesia es un estilo de pastoral juvenil en el que se quiere enseñar a tener un encuentro con Cristo en un contexto de austeridad, de sacrificio, que sana el narcisismo, desde la experiencia de decir: “he renunciado a la comodidad, al buscarme a mí mismo, y he tenido la experiencia de que la alegría es incomparable en el olvido de mí mismo, procurando ser servicial, procurando estar atento del que está un poco más débil que yo”.
Recuerdo la peregrinación en el año 1991 a Chestocowa. Llevábamos toda la comida nosotros para que saliese más barato. Nos habían regalado todo el pan que había sobrado del día anterior en San Sebastián y las metimos en bolsas de plástico. Los jóvenes se reían de sí mismos y decían: “si viniese mi madre aquí”. Llevábamos ya diez días con ese pan cuando llegamos a Polonia y nuestros jóvenes se quedaron perplejos de ver cómo los jóvenes polacos se acercaban a nosotros y nos pedían de ese pan nuestro blanco, porque el de ellos era negro. Y añoraban nuestro pan. Y nuestros jóvenes que pensaban que estaban haciendo una heroicidad, se quedaban perplejos de lo que estaban viendo.
La segunda, la herida de la desconfianza
Las personas mayores suelen decir muchas veces que ellas han visto los cerrojos de las casas sin llave. Las casas cada vez se van cerrando más, porque cada vez hemos tenido más experiencias del egoísmo humano.
Y no digamos cuando alguien por ejemplo ha nacido en una familia en la que ha experimentado la ruptura del matrimonio de sus padres. También eso es una herida muy grande de desconfianza porque el joven dice “lo más sagrado para mí me ha fallado”.
Y cuando a un joven se le presenta la fe, hay desconfianza. Cuesta mucho creer en la gratuidad en nuestra cultura.
En la terapia de sanación de la desconfianza es fundamental la devoción al Corazón Cristo. El Corazón de Jesús en Ti Confío nos está diciendo: “mira, los hombres te pueden fallar, pero Jesús es el amigo que nunca falla”.
Desde la experiencia de Jesucristo vamos sanando nuestra desconfianza. Y una pastoral juvenil tiene también que ofrecer ámbitos de convivencia, de amistad cristiana. No idolatrizamos a nuestros amigos, pero es importante tenerlos. El que se fía de Dios aprende a fiarse de los demás.
San Juan Bosco se ganaba a los jóvenes precisamente fiándose de ellos, arriesgándose. Porque claro, tú te fías de los jóvenes y te la pueden jugar. Ellos se sorprendían de cómo San Juan Bosco se fiaba de ellos y se arriesgaba mucho fiándose de ellos.
Y la tercera, la herida de la impureza
Esta presión tan grande que hay de un pansexualismo, de una sexualidad separada del amor, de la pornografía, del erotismo, etc… Esto también hace mucho daño en el corazón de los jóvenes, e imposibilita para abrirse al amor de Dios. Nuestra cultura ha divorciado la afectividad de la sexualidad, del amor. Ha utilizado el sexo como un cebo, en primer lugar para el consumismo.
Primero se disoció la sexualidad de la procreación en los años sesenta. Y disociada la sexualidad de la procreación, más tarde se disoció la sexualidad del amor. Y en este momento también está disociada la propia afectividad de la persona.
La pastoral juvenil tiene que tener una propuesta atractiva, fuerte, consistente, de una visión del amor humano conforme con la vocación al amor en la que todos hemos sido creados. Sin eso es muy difícil una pastoral juvenil y ese es un empeño de la escuela católica, de las parroquias. Es curioso que una pastoral juvenil sana es sanadora también de esa herida.