Variaciones sobre un mismo tema

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Guillermo Camino Beazcua, Presbítero y Profesor de Historia del Arte |

El celo de la Casa de tu Padre
abrasa tus entrañas, Nazareno,
Jesús amado, Hijo del Bendito,
que anuncias con tu signo el nuevo Templo.

Jesús en cruz clavado, en luz surgido,
cumplido está el anuncio de tu cuerpo;
tu Gloria es nuestro templo consagrado,
tu santidad, hogar de nuestro encuentro.

P. Rufino Grández, OFM Cap.

2014, Año de El Greco, y en este cuarto artículo del curso, vamos a conocer algo más de su evolución personal. Lo hacemos de nuevo como en el número anterior, con cuatro versiones de un mismo tema, eso sí, dos a dos: La Purificación del Templo, pasaje narrado por los cuatro evangelios. El comentario del Papa Benedicto es ya un clásico en su estudio para conocer la función del pasaje en el contexto de la pasión. Como sabemos, los sinópticos lo sitúan en el contexto posterior de la Entrada Triunfal de Jerusalén. Sin embargo el evangelista Juan lo incluye en el capítulo segundo, al inicio de la misión de Jesús y es quien más detalles nos da de la acción de Jesús.

Los comentarios a lo largo de la historia de la exégesis han profundizado este signo profético de Jesús (Orígenes, Beda el Venerable, Agustín…) La visión en conjunto nos lleva más allá de la imagen pseudo-revolucionaria de un Jesús al modo del Superstar de los años 70,  y nos hace profundizar  un estrato más hondo que el signo de un inconformista. Ubicados en este nivel,  no debemos justificarnos pensando que sólo en etapas pasadas de la historia de la Iglesia, hemos caído en la simonía y la hipocresía espiritual,  un riesgo y un pecado real tantas veces reconocido, también en nuestra vida personal. Este mensaje es necesario, pero no suficiente. Las versiones del texto avanzan a una comprensión sobre la vinculación de la misión de Jesús respecto a la llegada del Reino de Dios, insisto en la relectura del Papa Benedicto en el segundo volumen Jesús: De la Entrada triunfal a la Resurrección, a propósito del cuerpo de Jesús y el nuevo Templo.

 

AFINANDO NUESTRA MIRADA PARA MUSICAR NUESTRA ORACIÓN.

Son cuatro las versiones que de este tema se mencionan en el inventario de los bienes que poseía el Greco en el momento de su muerte. El catálogo razonado de Wethey señala que fueron cuatro las versiones firmadas y enumera otras ocho obras de taller o copias de las mismas. Es por tanto un tema interesante para el autor, máxime si se tiene en cuenta que la Purificación del Templo, o La Expulsión de los mercaderes del Templo, no  se incluían en los ciclos tópicos sobre la vida pública de Jesús. De las cuatro versiones, dos pertenecen al inicio de su carrera artística (c.a. 1570) en Italia, y las otras dos pertenecen a su periodo de madurez en España hacia 1600. Son pues, un ejemplo interesante para analizar cómo un tema evoluciona técnica e iconográficamente, y por tanto, en su intención y mensaje, a lo largo de la producción del artista. Ya en nuestro anterior artículo, vimos cómo el tema de la Adoración de los Pastores podía ser analizado desde esta perspectiva, pero como vamos a ir descubriendo, en este caso, no se trata sólo de una evolución formal, sino de un cambio de perspectiva intencional, pues el mensaje en sus versiones maduras es más personal e íntimo.

La versión conservada en Washington se considera la primera de las Purificaciones de El Greco y se ha datado durante su estancia en Venecia 1567-70. La técnica está muy vinculada a su etapa de formación; la tradición bizantina es manifiesta: el soporte es madera, tipo icono, la materia pictórica (óleo) emula la técnica del temple al huevo, la pincelada es corta y densa, como quien trabaja en pequeño formato. Los préstamos de la pintura veneciana son más elocuentes aún: las arquitecturas y la composición grandilocuente, el recurso a la representación del enlosado para dar profundidad… los paralelismos con Bassano o Tiziano son evidentes, y el color de Tintoretto, ineludible.

Pero vayamos a la interpretación de las fuentes neo testamentarias: omite los bueyes, pero incluye conejos y ostras, símbolos de animales impuros sobre los que Jesús realiza el signo. Aparece una perdiz, en referencia a Jer 17, 11, que es símbolo del enriquecimiento fraudulento. Están presentes las ofrendas de palomas y pichones, en referencia a la Presentación de Jesús en el Templo, ofrendas que según el texto, Jesús respetó. También apreciamos un grupo de niños jaleando, alusión a los que le aclamaron según Mateo 21, 15: ¡Hosanna al Hijo de David!

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La segunda de las versiones, se conserva en Minneapolis, sus dimensiones son el doble de la primera versión. La composición es idéntica, pero la técnica se ha depurado de tal modo que el uso de la luz y el color facilita la individualización de las figuras y la lectura del conjunto. La figura de Cristo focaliza la atención, gracias a la técnica pictórica “a la italiana” más madura. Incluye en la esquina inferior derecha del espectador, cuatro retratos de artistas (Tiziano, Miguel Ángel, Giulio Clovio y Rafael, posiblemente) a modo de homenaje a estos maestros admirados, como un agradecimiento, sin que tengan, evidentemente, nada que ver con la escena y su intención.

Nos llama la atención la presencia de dos figuras femeninas semidesnudas, casi idénticas, que serían un signo de la corrupción instalada en el Templo.

El mensaje de ambas versiones estaría íntimamente ligado al proyecto de la Contrarreforma, purificar las costumbres y las intenciones, las mediaciones y los mediadores. Y todo ello debía hacerse con el mismo talante con el que Cristo había Purificado el Templo. El comentario de San Jerónimo a la actitud de Cristo, era un buen referente: “sus ojos llameaban de celo y su semblante irradiaba la Majestad de la Divinidad”. Fueron numerosos los apóstoles de la Contrarreforma que encontraron en esta secuencia un lema para su acción pastoral, valga el ejemplo del propio Pontífice Gregorio XIII, en cuyo pontificado (1572-1585) coincidió la estancia de El Greco en Roma, en una de las monedas acuñadas en su mandato, el reverso muestra a Cristo con una soga en la mano, saliendo del templo y la leyenda reza: Domus mea Dom(us) O(rationis), “mi casa será casa de oración” Mc 11, 17, de modo semejante a como años antes había grabado Pío IV (1559-1565). Ya que  El Greco durante su estancia en Roma, se alojó en la residencia del cardenal Alejandro Farnese, nieto de Pablo III, que inauguró el Concilio de Trento, es posible que ambas escenas fuesen sugeridas por iniciativa de este ánimo reformador postridentino.

Hacia 1600 vuelve a la paleta de El Greco este tema, no sabemos si por iniciativa personal o por deseo de un comitente.

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Las dos versiones (National Gallery London y San Ginés de Madrid)  introducen cambios significativos. En ambas, la mirada del artista se centra en el drama acontecido y no en el marco arquitectónico, que queda simplificado a modo de telón de fondo. Las alegorías de la perversión del Templo se han simplificado, los cambistas forman un grupo a la izquierda del espectador, y a la derecha se introduce al apostolado, destacando en primer plano San Pedro, caracterizado al modo convencional en la obra del cretense. El contraste entre ambos grupos se refuerza con la presencia de dos relieves a modo de medallones, el uno representa la Expulsión del Paraíso, tras los cambistas, y El Sacrificio de Isaac (el verdadero culto prefigura el del verdadero Hijo) tras los apóstoles. Así se significa la acción redentora de Cristo que convoca a su derecha a la nueva Humanidad. Su propia figura es más la del Juez del Definitivo Discernimiento  según Mt 25, 31-34.

Otra novedad aparece tras el grupo de los apóstoles, una mujer ignota, que podría representar a la pobre viuda a quien Jesús ejemplificó por su verdadera ofrenda (Mc 12, 44) “de su miseria, ella ha echado cuanto tenía, todo su sustento”. Su presencia sería congruente con el mensaje global de la escena, rechazando Jesús la hipocresía y el tráfico espiritual ilegítimo.

Concluimos, por la imagen que precede el artículo, con la versión conservada en la Parroquia de San Ginés de Madrid. La última limpieza reveló la autoría personal de El Greco. El Greco, le ha dado un formato más vertical, destacando aún más el protagonismo de las figuras. La acción se desarrolla en el Sancta Sanctorum y no en el Pórtico, o al menos esa parece la intención de representar el Tabernáculo, semejante al que El Greco había diseñado para el altar mayor del Hospital de la Caridad de Illescas (Toledo). Curiosamente, aparece dos relieves, el uno coincide con la anterior versión (la expulsión del Paraíso), el otro representa a un hombre desnudo, Adán. San Agustín había comentado la relación entre Adán y el Templo, señalando que las letras del término Adán, en hebreo, son la suma que estas letras poseen en su valor numérico, y que resultan 46,  el número de años que se tardó en construir el Templo.

Estas dos versiones, vemos que poseen un significado más personal. Son el signo del alma, en la que Dios debe reinar, y para ello es necesario dejarle que se señoree de la misma, vaciando previamente cuando no es digno de su estado, leit motiv de la predicación de muchos reformadores españoles, por ello entendemos que la escena sea más una “Purificación” que una “Expulsión”, no es sólo un exorcismo sino una metanoia. Pronto, para nosotros, correrán tiempos cuaresmales, es época de dejar que al Señor le dejemos ser tal, en nuestro corazón. Valga el final del prólogo versificado, que concluye:

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…La Casa de Oración abierta está,
pues eres tú, viviente y verdadero,
la nueva humanidad que a todos junta,
de todo peregrino abrazo y beso.

Tú eres el confín de la esperanza,
destino y unidad del mundo entero,
pureza que nos baña y santifica,
en el altar, purísimo Cordero.

Tú cambias el pecado en alabanza
y en nuestros yerros muestras tu trofeo,
excelso Sacerdote y Santuario,
y de tu eterno Padre, gozo pleno.

¡Oh Trinidad beata y suspirada,
de todos los misterios el secreto,
la eterna gratitud ya desde ahora,
por Él, con Él y en Él un solo anhelo! Amén.

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