La evangelización y el Espíritu Santo

129-07

Francisco Castro, Diácono Permanente | El Papa Francisco nos ha invitado a todos a evangelizar y ha insistido que no es sólo una tarea del Papa, los obispos, los sacerdotes, los diáconos o religiosos, si no que es una tarea de toda la Iglesia, por lo tanto es una misión de todos nosotros. Cada uno de nosotros debe ser evangelizador, sobre todo con el testimonio personal. Porque como escribió Pablo VI: “evangelizar es la gracia y la vocación propia de la Iglesia, es su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar” (Exhortación  Apostólica Evangelii nuntiandi 14)

Pero, ¿quién nos da fuerza para evangelizar en una sociedad cada día más hostil a palabra de Dios? ¿Quién nos dará la fuerza suficiente para salir de nosotros mismos y lanzarnos al mundo para dar a conocer a Cristo? La respuesta de nuevo nos la dio el Papa Pablo VI: “Es el Espíritu Santo que, hoy como al principio de la Iglesia, actúa en cada evangelizador que se deje poseer y conducir por Él, que le sugiere las palabras que a solas no podría encontrar, disponiendo a la vez la preparación de la mente de quien escucha para que sea receptivo a la Buena Nueva y al Reino anunciado”.

Gracias a la llegada del Espíritu Santo, los apóstoles que estaban atemorizados y confundidos por los hechos acontecidos, experimentaron en sí mismos la fuerza de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad: sus inteligencias y sus corazones se abrieron a la luz nueva. Y porque tienen el Espíritu los discípulos pueden ser enviados a continuar la misión de Jesús. Con la venida del Espíritu Santo quedó confirmada y consolidada la obra exterior de Cristo en los apóstoles y los discípulos, por la transformación de sus corazones y la iluminación esplendorosa de su fe.

Ellos habían seguido a Jesús, y en sus limitaciones, habían acogido con fe sus enseñanzas, pero no siempre acertaban a penetrar del todo en su sentido: era necesario que llegara el Espíritu, para que les hiciera comprender todas las cosas, para que les hiciera fuertes y audaces y de esta manera pudieran proclamar su palabra de forma firme por las calles y plazas de Jerusalén. (Artículo íntegro sólo para suscriptores)

Anterior

Aparición en el Cenáculo (IV)

Siguiente

Es la hora de transformar